6.5.07

El golpe del puño de hierro. (Crónica del recital de Motörhead)

“We are Motörhead. And we play rock and roll”. Cuando Lemmy
introduce a su banda de esta manera, es casi un acto de humildad.
Porque Motörhead no solo toca rock and roll, es el rock and roll.
Es su espíritu más profundo, la viva encarnación de la honestidad
y la tracción a sangre que son la raíz mas profunda del género.
Y que mejor que empezar el recital con Doctor rock, llamando
a la mejor medicina para esas 1500 personas que miraban, con
los ojos brillantes de admiración, a los tres personajes que
ya comenzaban a sudar pasión arriba de las tablas.
Fue una verdadera pena que las características físicas de Palm
Beach atentaran contra la claridad del sonido. Motörhead es
una banda amante de los decibeles, y en un lugar relativamente
pequeño y no del todo preparado para tanto peso sonoro, la
saturación convierte a la música en masa. La voz preñada de
whisky de Lemmy casi no se escuchó en Stay clean, y los solos
de Phil Campbell lucharon demasiado para hacerse notar.
De todas formas, ni el grupo pareció distraído por esa dificultad
(un testamento a su profesionalidad), ni al público pareció
importarle. Además, las canciones del último álbum de Motörhead,
Kiss of death, tuvieron un excelente recibimiento. Los riffs
atonales de Be my baby y el rock genuino y festivo de One
night stand levantaron puños y pogo como cualquier clásico.
Lemmy no es un frontman histriónico ni mucho menos. Pero
justamente en eso reside su enorme poder magnético. Guiños,
sonrisas, un cigarrillo colgándole de los labios, su dedo que
apunta a alguien del público de vez en cuando, gestos como
esos son suficientes para tejer la complicidad entre él y los
fans. Su figura se parece cada vez más a la de un personaje
de historieta, esos que jamás se cambian de ropa (la camisa
y los pantalones negros de Lemmy ya parecen pintados en
su cuerpo) y que, por más que estén presentes ahí, en carne
y hueso, no se puede terminar de aceptar su existencia.
Es el baterista Mikkey Dee el encargado de animar a la
concurrencia con recursos más rimbombantes, como mover
los brazos arengando el cantito futbolero y llevarse la mano
al oído para incitar al grito máximo.
Remate fatal
El último tramo del recital fue, sin duda, el más sustancioso.
Primero, un cover de Rosalie de Thin Lizzy, se coló en el set
list (Lemmy lo dedicó a Phil Lynott, el fallecido líder de la
banda irlandesa). Luego, Mikkey Dee practicó sus malabares
con baquetas a gusto y piacere durante su solo de batería (que
dividió en dos la enorme Sacrifice) y que llegó a su punto
máximo en Killed by death, tremendo clásico con sabor
épico que ameritó una lluvia de baquetas volando por el aire.
Para Just ´cos you got the power, Lemmy dejó de lado por
un momento su inseparable bajo Rickenbacker para colgarse
otro con el cuerpo modelado a semejanza de llamas (Phil
Campbell se colgó una guitarra de modelo similar). Luego
de Iron fist vendría la primera salida falsa, con el público
clamando por el infaltable Overkill.
Pero antes, habría una pequeña sorpresa, un refrescante cambio
de paradigma. Desde el backstage, Lemmy volvería sin su bajo,
mientras que Phil y Mikkey portaban sendas guitarras acústicas.
El escenario se iluminó de rojo, y la banda comenzó a desgranar
Whorehouse blues, al mejor estilo de bar decadente de los años
’30. La voz de Lemmy le fue de perlas a la canción, y el líder
hasta se animó a puntear el colchón de acústicas con un solo de
armónica. Fue como tomar una gran bocanada de aire para lo
que venía: Ace of spades y Overkill en pareja fatal, para terminar
de cortar las pocas cabezas que aún estaban fijas en sus cuellos.
afuera, esperaba una tormenta de proporciones bíblicas. Se
sabe, el karma, a veces, es molesto. Pero a nadie debe haberle
importado demasiado.

(Crónica por Natalia Torres, la foto sacada por mí con su cámara)

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