31.7.07

Ventanas iluminadas. "Aguafuertes porteñas" (Roberto Godofredo Christophersen Arlt)


Porque es curioso. Todo hombre que ha traspuesto la una de la madrugada, considera la noche tan perdida, que ya es preferible pasarla de pie, conversando con un buen amigo. Es después del café, de la ronda por los cafetines turbios. Y juntos se encaminan para la pieza, donde, fatalmente, el que no la ocupa se recostará sobre la cama del amigo, mientras que el otro, cachazudamente le prende fuego al calentador para preparar el agua para el mate.
Y mientra que sorben, charlan. Son las charlas interminables de las tres de la madruaga, las charlas de los hombres que, sintiendo cansado el cuerpo, analizan los hechos del día con esa especie de fiebre lúcida y sin temperatura, que en la vigilia deja en las ideas una lucidez de delirio.
Y el silencio que sube desde la calle, hace más lentas, más profundas, más deseadas las palabras.
Ésa es la ventana cordial, que desde la calle mira el agente de la esquina, sabiendo que los que la ocupan son dos estudiantes eternos resolviendo un problema de metafísica del amor o recordando en confidencia hechos que no se pueden embuchar toda la noche.

30.7.07

Asociación [Pelos Locos] Nivel Rojo.

Al Señor Sergio Alejandro Iturbe : En la reunión de la CD (Comisión Directiva) el presidente de la asociación, el señor Pelos Locos, nombro que usted había querido afiliarse a la Asociación. Después de revisar detenidamente su expediente (A saber: Ingresos Económicos, Contactos, Visitas al peluquero, etc) se aceptó su ingreso a la Asociación, con un Rango dos (rojo) (los rangos son 5, se dividen por colores y van en orden decreciente: Violeta, Negro, Verde, Rojo, Azul). Por sus relaciones de padrinaje con el Presidente de la Asociación, usted comenzará con ese rango, en vez de hacerlo con el uno (azul). A la brevedad se le entregará el estatuto de la Asociación y posteriormente, se firmará el documento. Una vez firmado este, le será entregado su carnet.
Sin mas saluda a usted atentamente.

Jefe de Staff De Pelos Locos S.R.A

24.7.07

Psicología Atomística (Quasi-Fantasía) Macedonio Fernández. Frag.


Vemos que si hubiéramos de reconstruir la escala biológica, mejor dicho, cósmica, según un concepto verdaderamente racional, habríamos de resignarnos a descender uno a uno todos sus grados y sentarnos en el último, para dejar al átomo inorgánico el puesto que le habíamos usurpado, pues, ¿qué jerarquía podría llamarse racional sino aquella que, formada con el criterio de la riqueza de conciencia, colocase al átomo libre, ese anarquista modelo, en el grado superior, y al átomo cerebral humano (designándolo por su ambiente) en el infinito, escalonando los seres en orden inverso al de su sociabilidad, es decir, invirtiendo totalmente la escala de nuestros libros, que, consagrando como ideal la más ínfima asociación, ni siquiera dan al átomo libre un puesto en ella?
Izoulet, Ferri, De Roberty, Spencer, Guyau, toda la escuela biosocial moderna, repite que el átomo no vive, que todfo lo que vive es una asociación. Comprendo perfectamente que sea socialista, o asociacionista: mi átomo está muy dispuesto a serlo, pero sólo como un modus-vivendi, mientras no podemos vagar por el universo como anarquistas perfectos (átomos libres); sin embargo, no veo la necesidad de ir a buscar en una mezquina hipótesis sobre el sustractum de la conciencia una justificación superflua del socialismo. Yo no estoy más seguro de mi teoría que debieran estarlo los psicólogos de la suya: me parece sencillamente, más notable, sobre todo por no estar en contradicción con hecho alguno, cualidad que niego a la opuesta.
La objeción más fácil a mi tesis sería la siguiente: si nuestro "yo" ha existido siempre ¿cómo es que nada recordamos de nuestra vida anterior al nacimiento?
Respondo: 1º) Que tampoco recordamos muchos sucesosde nuestra niñez; 2º) Que la identidad del "yo" no depende de la memoria; un hombre que experimenta primero una sensación (táctil, por ejemplo) y luego una sensación diferente (muscular) es reconocido como el mismo, aunque la segunda no es el recuerdo de la primera; 3º) En fin, el recuerdo es simplemente la repetición de la sensación o emoción primitiva, repetición que sólo es posible cuando el ambiente inmediato del átomo que es substractum del yo que recuerda, permanece idéntico.
(El cuadro es de Escher)

23.7.07

"Dédalus Joyce" (Alejandra Pizarnik)


Hombre funesto de claves nocturnas y cuerpo desnudo junto al río profundo de brillantes escupidas. Hombre de ojos anti-miopes exploradores de infinidad. Hombre de rostro en sombra y cuerpo genio abstracto. Hombre sin miedo de pluma en mano ni de ojos en ser ni sonrisa suprema. Hombre dios llegaste solo de infinitudes asombrofantasmales ornado de láfrimas de superioridad vergonzante. Hombre destructor de tabúes y cielos estrellados. Hombre de los frágiles vestidos que caen dejando hermanos desnudos. Hombre sin alimento para otorgar a los que buscan. Hombre de altos mares de surcos desolados. Hombre-barco blanco. Hombre que arrancaste el vómito para sepultar el mito. Hombre de tiempo y espacio que arrastran cuerdas locuras. Hombre superhombre, frialdad y tibieza en conjunción. Hombre.


("La tierra más ajena" -1955)

22.7.07

Rough Justice Revolver (Oscar Chichoni)


Ulysses (James Joyce) Fragmento 5. (Cap 14) Maternidad

Entonces, a través de ese tubo vio que estaba en la tierra de Fenómeno donde debía de seguro morir algún día en cuanto que era, como el resto de los hombres, una apariencia pasajera. ¿Y no aceptaría morir como los demás y desaparecer? De ningún modo lo haría ni tampoco más de esas apariencias según hacen los hombre con sus mujeres como Fenómeno les ha mandado hacer por el libro Ley. Entonces ¿no tenía sospecha de esa otra tierra que se llama Cree-en-Mí, que es la tierra de la promesa que está asignada al rey Deleitoso y siempre lo estará donde no hay muerte ni nacimiento tampoco ni conjugamiento ni maternidad y a donde llegarán todos cuantos crean en ella? Sí, Piadoso le había hablado de esa tierra y Casto le había señalado el camino pero la cuestión era que por el camino cayó con una cierta puta de exterior placentero a los ojos cuyo nombre, dijo, es Pájaro-en-Mano y ella le atrajo por mala senda apartándole de la verdadera ruta con las lisonjas que le decía, como, Ea, hombre lindo, vuélvete acá y yo te mostraré un hermoso sitio, y ella se dio a él tan lisonjeramente que le tuvo consigo en su gruta que se llama Dos-en-las-Matas, o, por algunos doctos, Concuspicencia Carnal.
(Cuadro: "Maternidad" de Oswaldo Guayasamín).

16.7.07

Tantalia (el mundo es de inspiración tantálica) Macedonio Fernández

Tercer momento: el torturador de un trébol.

Por múltiples modos y males me veo sin placeres ni de inteligencia o arte ni sensuales, que se brindan en torno. Me voy quedando sordo habiendo sido la música mi mayor goce; los largos paseos entre los cercos se hacen imposibles por mil detalles de decadencia fisiológica. Y así en las demás cosas... Esta plantita de trébol ha sido elegida por mí para el Dolor, entre otras muchas; ¡elegida! ¡pobrecita! Veré si puedo hacerle un mundo de Dolor. Veré si su inocencia y su Tortura llegan a tanto que estalle algo en el Ser, en la Universalidad, que clame y logre la Nada para ella y para el todo, la total Cesación, pues el mundo es tal que no hay siquiera muerte individual; el cesar del Todo o la eternidad inexorable para todos. La única cesación inteligible es la del Todo; la particular de que el que ha "sentido" una vez cese de sentir, quedando existente, cesado él, la restante realidad, es una contradicción verbal, una concepción imposible. Elegida entre millones, te tocó a ti serlo, serlo para el Dolor. Aún no; ¡desde mañana seré contigo un artista en Dolor!

15.7.07

Abismo-Noche-lo Lúgubre.


El hecho es puramente fortuito. Un acantilado en mi haber parecía contener la inmutabilidad, la contemplación de lo ilusorio de la materialidad.
El acantilado es la pared sur, que mira ciclópeamente, vaciando la percepción.
Hay problemas con la atribución, con la muerte, con los límites. La muerte convence, y no es que alguien pueda elegirlo.
Una familia ilusoria (sí, las convenciones son performativas), tan ilusoria como el hecho de que puedo decir algo al respecto.
Es melancólica la reseña porque no se compadece, porque la familia en cuestión es tanto ilusoria como interrogativa. Lo que se presenció es vacuo, pero palpable. Viento.
Un fanático de la trascendencia, una manía que no aplaca corrupciones del todo unívocas.
Se me figura el padre -que sería, en rigor, la familia- arropando por años a sus siete hijos, acariciándolos, besando sus frentes putrefactas, dándoles de comer en la boca, leyéndoles historias absurdas que harían pensar en un panficcionismo deliberado, una metaliteratura.
Los diarios locales lo recuerdan, en un sepia muerto, como uno de los colmos sintomáticos de una psicología trascendental, como "La Peste", pero algo más comprometida con la propia ficcionalidad, con los álamos que abrazan el recinto. Una trascendencia mitigada por una esquizofrenia semiológica: lo ilusorio no son los cuerpos ni pensar que sólo duermen, sino la melancolía de pretender que la peste -una grieta en los álamos- no se signifique en soledad, que la atribución de conciencias sea unilateral.
Hay un informe que no logré rastrear en ningún tratado de psicopatología, se acerca a una literaturización de la causalidad eficiente aplicada a una crónica policial. Confirmé la hipótesis de una esquizofrenia anómala, una que no obedece a los olores (cuestión que no está presente en ninguna variante de la enfermedad).
Si la toxicidad se desprendiera de emanaciones fétidas no percibidas, habría que postular a la toxicidad como una realidad no avizorable. Pretendió otorgarle status científico a un longevismo literario protoborgiano. No me sorprendió: la literatura en prosa debe justificarse. Veo una vinculación tentre la prosa y la justificación; entre la poesía y el dogma emotivista, "percepcional".
Filosofía-Literatura-Poesía-Silencio-Nada.
Nueve habitaciones sostenidas por columnas que quieren ser dóricas. Veo al padre recorriendo los pasillos, abriendo y cerrando puertas; la muerte (la única muerte) de su esposa haciendo sobrar una habitación, ya preparada para el día eterno del never-more.
Never-ever-éter-eternidad. Abgrund-Nacht-Morge.
Lo veo paseando ausente por la rivera de un río posible. Hay un olvido ritual que embarga al desposeído de la alteridad. Una cara manchada por los jugos cadavéricos. Olor lacrimoso.
Trasnocha en una realidad que todavía no es cronicable, condenada al lúgubre abismo que da la noche azul pena.
Las enredaderas posesivas se aferran a una mundanidad impenetrable.
La muerte aumenta las dimensiones de un pórtico.
Pórtico de la entrada principal deja poseerse por verde absurdo hojas.
Las habitaciones se acostumbran a la corrupción debajo de las sábanas: uno, dos, siete cuerpos hijos incrustados en tejidos antes ajenos.
Tres diarios recrearon el acontecimiento, de manera literaria (¿Cómo, si no?). No acuerdan en los años necesarios para terminar en tales despojos hígados, arropados y alimentados con el sumo cuidado paternal, sobreprotección de vísceras licuadas, desear los requisitos de un pulso vital, muchos factores para manejar manualmente. Con cuidarlos del frío y con alimentarlos se asegura la existencia de lo único otro que ya se fue. ¿Se fue? ¿Arropaba a cadáveres, a sus hijos, o a los agentes descomponedores en manuales de Ciencias Naturales?
Todavía se nota en los informes forenses cierta magnanimidad en la derrota, se puede determinar el tiempo casi exacto en que se murió casi cualquier cuerpo.
Pero hay otros factores: los siete cuerpos yacían casi momificados, cuidados como si fueran enfermos convalecientes.
"Pasada la semana, una chispa hubiera hecho estallar la estancia, las ventanas permanecieron siempre cerradas: el gas metano debería haber sido insoportable hasta la asfixia".
"Los forenses no han podido precisar el tiempo de los decesos, pero oscila entre siete y diez años".
"Se calcula que la enfermedad de uno de los niños pudo desencadenar la enfermedad de los demás, pero no se explica que una persona haya pasado en medio de siete apestados sin contagiarse".
"Sólo el convencimiento del bienestar (ilusorio) de los cadáveres pudo sostener a una persona en la salud más plena y consciente".
Se especuló acerca de un posible homicidio múltiple agravado por el vínculo, por paternidad, por filiación.
Siempre se le negó naturalidad al hecho. Los medios fueron consecuentes con sus manías.
Me censura la autocrítica, pero no hay vuelta: el hecho es puramente fortuito.
(Nota del editor: las cuatro citas -entre comillas- están sacadas de cuatro diarios locales. "El matutino", "La Vertiente", "La realidad hoy" y "El Consejero", respectivamente. Los dos primeros son diarios ilusorios, los restantes son sólo posibles).
Sergio A. Iturbe
14/07/07

14.7.07

Funes, el memorioso (Jorge Luis Borges)


Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano,viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera.
Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora.
Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve ysin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorioen el Uruguay-, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras.
Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, «un Zarathustra cimarrón y vernáculo»; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones. Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco.Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dosveredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: «¿Qué horas son, Ireneo?» Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: «Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco». La voz era aguda, burlona.Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro. Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. Elochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el «cronométrico Funes». Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado Tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en bocade mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lovi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De vires illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, «del día siete de febrero del año ochenta y cuatro», ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año,«había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó», y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario «para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín». Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum, de Quicherat, y la obra de Plinio. El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba «nada bien». Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentaciónde dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaba el Gradus y el primer tomo de la Naturales historia. El Saturno zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche,después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor lascreía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de ese noche, supe que formaban el primer párrafo del vigesimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron «ut nihil non iisdem verbis redderetur auditum».Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando.Me parece que no le vi la cara hasta el alba creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre.Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldado de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Conevidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombre propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido con quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles. Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: «Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo». Y también: «Mis sueños son como la vigilia de ustedes». Y también, hacia el alba: «Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras». Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando.Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) «Máximo Pérez»; en lugar de siete mil catorce, «El Ferrocarril»; otros números eran «Luis Melián Lafinur», « Olimar», «azufre»,«los bastos», «la ballena», «el gas», «la caldera», «Napoleón», «Agustín de Vedia». En lugar de quinientos, decía «nueve». Cada palabra tenía un signo particular, una especiede marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije quedecir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis que no existe enlos «números» El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
Locke, en el siglo XVII, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol, de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aúnde clasificar todos los recuerdos de la niñez. Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso.Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor yla presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el tundo del río, mecido y anulado por la corriente.Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar,abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra. Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras(que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.
1942.
(Es "una larga metáfora del insomnio", según el autor)

11.7.07

Una novela que comienza (Macedonio Fernández) -Fragmento


(...) Libre sin límite sea el arte y todo lo que le sea ajeno, sus letras, sus títulos, el vivir de sus cultores. Tragedia o Humorismo o Fantasía nada deben sufrir de un Pasado director ni copiar de una Realidad Presente y todo debe incesantemente jugar, derogar.
Es axiomático error definir el arte por copias: la vida la comprendo sin copias; una situación nueva, un carácter nuevo encontrado en el vivir, sería eternamente incomprensible si las copias fueran necesarias. Efectividad de autor es sólo de Invención... (...)

Odradek (bis)


Odradek


10.7.07

Historia (Julio Cortázar)


Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de la calle en la mesa de luz, la mesa de luz en en dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.

Alice in Chains - Would?

If i would, could you?

Las preocupaciones de un padre de familia (Franz Kafka)


Algunos dicen que la palabra «odradek» precede del esloveno, y sobre esta base tratan de establecer su etimología. Otros, en cambio, creen que es de origen alemán, con alguna influencia del esloveno. Pero la incertidumbre de ambos supuestos despierta la sospecha de que ninguno de los dos sea correcto, sobre todo porque no ayudan a determinar el sentido de esa palabra.
Como es lógico, nadie se preocuparía por semejante investigación si no fuera porque existe realmente un ser llamado Odradek. A primera vista tiene el aspecto de un carrete de hilo en forma de estrella plana. Parece cubierto de hilo, pero más bien se trata de pedazos de hilo, de los tipos y colores más diversos, anudados o apelmazados entre sí. Pero no es únicamente un carrete de hilo, pues de su centro emerge un pequeño palito, al que está fijado otro, en ángulo recto. Con ayuda de este último, por un lado, y con una especie de prolongación que tiene uno de los radios, por el otro, el conjunto puede sostenerse como sobre dos patas.
Uno siente la tentación de creer que esta criatura tuvo, tiempo atrás, una figura más razonable y que ahora está rota. Pero éste no parece ser el caso; al menos, no encuentro ningún indicio de ello; en ninguna parte se ven huellas de añadidos o de puntas de rotura que pudieran darnos una pista en ese sentido; aunque el conjunto es absurdo, parece completo en sí. Y no es posible dar más detalles, porque Odradek es muy movedizo y no se deja atrapar.
Habita alternativamente bajo la techumbre, en escalera, en los pasillos y en el zaguán. A veces no se deja ver durante varios meses, como si se hubiese ido a otras casas, pero siempre vuelve a la nuestra. A veces, cuando uno sale por la puerta y lo descubre arrimado a la baranda, al pie de la escalera, entran ganas de hablar con él. No se le hacen preguntas difíciles, desde luego, porque, como es tan pequeño, uno lo trata como si fuera un niño.
-¿Cómo te llamas? -le pregunto.
-Odradek -me contesta.
-¿Y dónde vives?
-Domicilio indeterminado -dice y se ríe. Es una risa como la que se podría producir si no se tuvieran pulmones. Suena como el crujido de hojas secas, y con ella suele concluir la conversación. A veces ni siquiera contesta y permanece tan callado como la madera de la que parece hecho.
En vano me pregunto qué será de él. ¿Acaso puede morir? Todo lo que muere debe haber tenido alguna razón be ser, alguna clase de actividad que lo ha desgastado. Y éste no es el caso de Odradek. ¿Acaso rodará algún día por la escalera, arrastrando unos hilos ante los pies de mis hijos y de los hijos de mis hijos? No parece que haga mal a nadie; pero casi me resulta dolorosa la idea de que me pueda sobrevivir.

9.7.07

Nirvana - Smells like teen spirit...

Eliminá el contenido de las especulaciones así los posibles desencantos suceden unos a otros.

1.7.07

Chau, idiota

Primero de Julio de dos mil seis, a las veintidós y cuarenta y cinco. Muerte por defecto, cuando la comunicación es una anécdota y las cosas ya se saben demasiado, cuando no hay nada que saber porque lo que se sabe es que nada se sabe, y lo que se sabe es la nada que nunca se supo.
Valga la redundancia, pero el cansancio ontológico es tautológico y de eso estamos seguros, como que sos un animalito a punto de suicidarte en la plena conciencia de tu abyección, como un mate con edulcorante en jarrito de plástico y yerba saborizada con naranja. Nada de cáscaras secas, eso sería muy natural.