24.12.10

El presidente


“Se necesita señorita de 18 a 25 años. Excelente presencia. Para tareas administrativas en reconocida empresa.”

Después, un número de celular.

Éste era el anuncio que, si uno se atreve a investigar, apareció todos los días a lo largo de diez años desde principio de siglo, aproximadamente. No sé si en algún momento dejará de publicarse.

Era cierta la necesidad, era cierta la edad requerida, era cierto que la empresa era reconocida. Lo que no era cierto –es evidente en todo anuncio de tales características- era la competencia administrativa que resultaba necesaria a los fines empresariales.

El presidente de la empresa, que rondaba los treinta y cinco años, prescindía minuciosamente de su oficina, de la secretaria, del intercomunicador, hasta del teléfono.

Toda esta parafernalia se ponía en escena sólo para satisfacer sus más variadas fantasías pornográficas, no ya sexuales. La lámpara, el pisapapeles, el lapicero, eran excusas para tirar todo a la mierda en el momento en que la secretaria se arrodillaba debajo del escritorio, o cuando subía su pollera y, agarrando el tubo del teléfono se rozaba el clítoris, con esos lentes cuadrados sin marco. Digamos que era la reproducción interactiva de una porno de las que abundan, de las que no tienen argumento.

La empresa, en rigor, sólo administraba campos, tarea que no hacía, de hecho, el presidente de la empresa. Ningún presidente de ninguna empresa hace nada. Está claro.

El tema era que las actividades durante la semana consistían en seleccionar personal competente. La competencia, según una etimología que había acuñado él señor presidente, era la capacidad de hacer una mamada entre dos. Com-petencia, decía, levantando un dedo y señalando el techo.

Nada de esto tenía que implicar necesariamente que su mujer supiera a qué dedicaba su tiempo, pero la otra cosa que hay que saber de los presidentes es que en ningún caso sus esposas tienen la más remota idea acerca de qué se trata el puesto que desempeñan, o es lo que él pensaba.

El anuncio en el diario podría haber sido perfecto, sí, pero donde se explicitaba la excelente presencia de las aspirantes hacía que las chicas más inseguras pintaran sus labios, lo que aseguraba la distribución más o menos uniforme de rouge a lo largo de la pija del ejecutivo. Y si hay algo que una mujer nota, por más estúpida que sea, es el rouge en la pija de su marido. Incluso en la oscuridad, mirá lo que digo.

Sin embargo, guardó silencio. Guardar silencio, agregamos, es otra aptitud de las mujeres de los presidentes.

*********************

Un hermoso día de primavera, y porque las cosas suceden en desacuerdo perfecto con la meteorología, el presidente sufrió un ACV arriba de su caballo Babieca, en el hípico del country. Según el médico, el accidente podría haberse sorteado con rehabilitación. Eso si la caída del caballo no hubiera producido la fractura de la médula espinal a la altura del cuello, claro.

A partir de ese momento, todo cambió. No es para menos.

Todos sus amigos se acercaron a la protoviuda a dar las condolencias o, para hablar más sinceramente, a asfaltar el camino que lleva a coger con ramas de un árbol caído. Ella, sin más, mostró el fiambre vivo que era ahora su esposo, sujeto con lo que parecían arneses de la silla de ruedas.

Con los amigos más allegados, pasado un tiempo, hacía chistes pavlovianos de distintos tipos. El más común era la sabida “erección en primer grado”. Era muy simple. La esposa, que tenía unas piernas perfectas, subía su pollera, poniendo una de ellas, sin medias, sobre la silla. Flexionándola a noventa grados, marcaba sus gemelos, haciéndolos subir y bajar mientras se daba la vuelta para sonreírles con complicidad. La erección no tardaba en ocurrir. Los amigos reían, suponiendo, como ella les había dicho, que el daño era cerebral y que no había conciencia en ese cuerpo conectado a un respirador artificial. Ese sonido, ¿escuchás?, es el respirador, el que entra en su cuerpo por la tráquea. Suponían, además, que en privado ella se encargaba de vaciar a su marido, mientras él miraba fijamente.

Mentira. Todo mentira.

Su estrategia era un reloj. Una perfección. Da gusto saber que existen personas tan inconscientemente sabias, meticulosas, infalibles. Tan mujeres, digamos.

Mostrar esas piernas marcadas, que dejaban ver las inserciones musculares, servía para calentar a todos y cada uno de los amigos de su esposo. Y así, caían como moscas. Y los hacía coger en la cama matrimonial. Nadie se le niega a la esposa de un amigo cuadripléjico. Y más si se dona tan eficazmente, tan putamente bien.

Uno a uno fueron cayendo los amigos de su esposo, que casualmente llevaban una vida laboral similar al presidente. Antes de paralizarse, claro.

Los hacía ponerse en las más variadas posiciones, siempre usando unas botas altas que dejaba ver al momento en que se abría y gritaba al ser penetrada, sin sacarse la pollera, soltando su pelo habitualmente atado, que después se pegaba a sus mejillas, catalizado por la transpiración. Gritaba, los tocaba, tragaba gota a gota su semen profuso, dejaba que le volcaran en la cara, en sus ojos claros, en el cuello, en las rodillas, mientras sonreía diabólicamente, jugando con el imperecedero instrumento de su lengua, hurgando en la uretra irrigada.

A la silla de ruedas –con el presidente incluido, para más detalles- la dejaba en la cabecera de la cama, donde ninguno de sus amantes lograba ver. Cuando terminaba de sorber la última de las gotas eróticas, y luego de sonidos guturales que denotaban un manjar delicioso, se apuraba a ir en busca de su marido, que enarbolaba la más consistente erección. Y no, no se la chupaba. Lo peor es que no se la chupaba, y eso que el pobre testimoniaba día a día ese desenfreno de gritos y siluetas transpiradas. Con los ojos fijos. Fijos en la oscuridad. Y no, no se la chupaba.

Eso se lo dejaba al que se encargaba de la rehabilitación. A mí, un viejito de muchos años. Como si no tuviera cosas mejores que hacer.

Yo me encargaba de ordeñarlo.

Eso hacía, la muy puta.

Sergio A. Iturbe

21/12/10

20.12.10

Servicios domésticos

"... es un impulso del hombre el de bastarse a sí mismo,
y es asunto del sirviente prestar dignidad a un proceso
contrario a la naturaleza". (Mosquitos - William Faulkner)
El día que llegó a su casa -para colmo de males a la hora de siempre- abrió la puerta de entrada y se dirigió a la cocina.
Su marido machacaba vehementemente a la empleada doméstica contra el lustroso mármol de la cocina. Las ollas y los cucharones parloteaban al unísino. Ella gritaba algo en guaraní, algo que parecía un sapucay. La luz que entraba desde la ventana, con un fondo que parecía una cartulina verde pegada en la ventana, concedía a esas piernas groseramente abiertas un brillo ensordecedor que, intermitente, era capaz de generarle una erección a un inglés.
Una de ellas dos, no importa cuál, abrió una cartuchera que parecía preparada desde siempre. Disparó con exactitud sobre ambos testiculos.
La otra, aunque sorprendida, siguió haciendo sin inmutarse.
Mirando o cogiendo, da igual.

28.10.10

La morgue


La gente habla de la insensibilidad de los médicos, nos llama carniceros, sepultureros, sádicos, violadores de anestesiados.

La vida moderna se ha encargado de tapiar la muerte mediante pedantes casas de sepelios, autos encerados, pastos verdes, flores pestilentes.

Cuando la muerte no era parte de mi oficio, cuando no había desvestido este concepto, viajando en el Mercedes negro de la pompa, viendo los álamos que corrían al costado de la ruta. Un policía que nos detenía para que encendiéramos las luces de posición, el horror que significó comunicarles que éramos parte de la procesión. Sigan, sigan, disculpen, qué desconsideración, no respetan ni a los muertos.

La misma percepción del tiempo se anula, todo ese día, el velar los restos, contrastar las cruces con las conversaciones heréticas, el café aguado, azucarado, la cama de rigor, las miradas que dirigían los asistentes hacia los más allegados. Terminadas las exequias, no se puede más que denostar la insensibilidad del mundo que, aparentemente, sigue su curso.

Ahora que lo recuerdo, no puedo más que situarlo en un lugar onírico, presente constantemente. Cuando recuerdo a mi abuelo, por ejemplo, no tarda en llegar la imagen de su cara maquillada, sus labios pegados con un poderoso adhesivo de contacto. Parece dormido, sí. Si se lo pusiera en el cajón como viene, con los ojos abiertos, el maxilar gigantescamente extendido, las mejillas amoratadas del lado en que se dio la cabeza al caer después del paro cardiorrespiratorio habría que ver si parece dormido. Nada más lejos.

Nosotros, los forenses, sabemos cómo es la muerte sin sordina. Eso te lo puedo decir.

Al igual que los médicos deciden cuándo se muere, nosotros decidimos cómo. Y no es un decir.

Cuando me nombraron Director de la Morgue Judicial, todavía no había desempeñado ningún cargo vinculado a la medicina forense, aunque los cadáveres ya eran percibidos por mí como muñecos, los mismos que utilizábamos en las prácticas en la Facultad de Medicina.

Para sentirme el responsable de todo eso, de todas esas camillas de acero inoxidable, de los piletones atestados de cuerpos grises, de las heladeras de nitrógeno líquido, tuve que tomar las llaves, comprar mi capuchino de rigor y mis tres medialunas saladas y encerrarme acompañado del ruido de los tubos fluorescentes, que es una clase de silencio.

Cerré con llave, bajé las escaleras que se encontraban inmediatamente cruzaba la puerta de entrada –porque las morgues se encuentran, por lo general, en los subsuelos, y, muchas veces, sobre Neonatología-, y me ubiqué en mi despacho, apoyando primero el vaso y después las medialunas. Di la vuelta al escritorio, que guardaba un lógico parentesco con las camillas, y me senté a desayunar. Desde ese lugar, mientras tragaba la espuma de mi capuchino, se podía ver una interminable fila de camillas atornilladas al piso. La camilla que más cerca estaba de mi escritorio era la que sostenía la amoladora, la cortadora, el separador muscular, los bisturís. Todos estos elementos estaban investidos de una deliberada falta de higiene, por lo que algunos instrumentos conservaban sangre y pelos de diversos colores y formas. Recordé un consejo de mi abuelo, que nunca pude ejercitar, de guardar la navaja con sangre. En este momento veo la sonrisa de conmiseración que me devolvió por toda respuesta cuando le pregunté cómo hacía si la sangre no salía naturalmente.

Las tareas eran más bien rutinarias, dentro de las actividades relativamente exóticas que representaba la profesión para el común de los mortales.

Quizá lo único que nos pesaba, a mí y a los forenses a mi cargo, era la identificación de cadáveres. Más que la identificación eran las reacciones de los familiares ante el espectáculo de la mutilación de un niño, la violación de un bebé, entre otros sucesos menos felices.

La rutina del reconocimiento de cadáveres era un ritual, más que una rutina. En una habitación apartada del resto de los cuerpos, camillas y piletones, alguno de los médicos de la morgue llevaba a los familiares, corría la sábana hasta debajo del cuello, sin hacer ninguna mueca, a lo que luego se pasaba a cerrar la puerta, dejándolos solos. Los que identificaban afirmativamente los cadáveres, se quedaban un tiempo prudencial, chillando, desgarrándose, convulsionando, vomitando. El tiempo terminaba cuando no se escuchaba nada más desde afuera. Por lo general, cuando entrábamos, habían dos cuerpos: un cadáver en la camilla y un desvanecido en el piso.

Cuando va a pasar algo, siempre siento algo al salir de mi casa, en el momento en que huelo el aire, a la intemperie. Ese día no sentí nada.

Al llegar al trabajo, con mi capuchino y mis tres medialunas, me encontré con un señor que tendría unos treinta y cinco años. Me pidió, casi de rodillas, entrar para identificar un cuerpo. Casi me tira el café a la mierda. Hacía dos semanas que no encontraba a su mujer, y las características del cuerpo que había entrado de madrugada eran similares a las del cuerpo que buscaba. Le dije que se tranquilizara, que tenía que llenar unos formularios antes que se hiciera nada. Cada día había que contar los cadáveres, archivar los papeles de los identificados, agregar los NN de la madrugada. Eso no se lo dije, claro.

Con mi secretario, que también era forense como todos los que estábamos ahí, dispusimos el cadáver en el centro de la habitación de reconocimiento. El cadáver estaba realmente deteriorado, ya que lo habían encontrado en la rivera de un río. Una de las piernas, aunque conservaba una forma medianamente femenina, estaba prácticamente descarnada. El olor era insoportable.

Lo hicimos entrar.

Corrí la sábana.

Cerré la puerta.

No escuché nada, salvo un gemido.

Llegó una mujer, en el momento que iba a entrar en la habitación a sacar al hombre. En el momento en que agarraba el picaporte. Mi marido, me dice. Qué marido, le digo. Mi marido, me dijeron que estaba acá. Espere un momento, ya le digo.

Entro en la habitación, veo esta situación que el aire de la mañana no me había vaticinado.

Disculpe, ya sale, le digo.

Qué hace ahí, me pregunta.

Despidiéndose, respondo.

¿Despidiéndose?, me frunce el seño.

Sí, despidiéndose, respondo, y hago las comillas con las manos, al momento que le alcanzo un café y le pregunto el nombre, casi naturalmente, para hacer tiempo.

Es que no había terminado, el pobre hombre.

13.8.10

Psicosis


Yo estaba haciendo la última materia. Le llamaban Práctica Profesional y se suponía que servía en lugar de hacer la tesis.

Como me cuesta un poco redactar, elegí trabajar ad honorem a cambio de la cartulina. Licenciatura en Psicología orientada en Psicopatología.

Se puede decir que tuve mala suerte, que creo que es la verdadera suerte de principiante.

El que estaba a cargo de que cumpliera los horarios y las tareas asignadas era un psicólogo que se había recibido hacía diez años. Su padre todavía ayudaba en los gastos que demandaba el consultorio, ya que era un lugar grande y ubicado en el centro de la ciudad.

Su negocio, si se podía llamar de esa forma, consistía en ofrecer su consultorio como lugar de residencia en las universidades, a cambio de obtener mano de obra gratuita. Sólo tenía que proveer de guardapolvos blancos a los practicantes, artilugio que convertía en profesional a cualquier persona. Como pasa en los hospitales, también.

El primer día de residencia llegaba una nena de seis años. Nuestra tarea, según tenía entendido, era averiguar el tipo de trato que tenía con su maestra. Iba a primer grado. Desde el incidente, no hablaba. Ni un sonido, nada.

La habitación donde tenía lugar la entrevista me hacía acordar a la típica película en la que el FBI interroga a una persona. El espejo falso y, detrás, un grupo de profesionales muy idóneos en lo concerniente a las deducciones. Toda la entrevista estaba minuciosamente filmada.

Todo el equipo de trabajo se instalaba en la habitación adyacente. Detrás del espejo.

Una persona –yo- interrogando a la nena.

Inmediatamente entré en la sala, miré al espejo como en busca de clemencia. Pidiendo ayuda a los que miraban.

El espejo, inmutable, me devolvió una perfecta cara de imbécil. La mía.

*********************

Contame lo que te hizo, dale. Sé buena y decime. No te va a hacer nada, si nos decís. Te lo prometo. Mirá, no estoy cruzando los dedos. Mostré las manos. Sonreí.

Ella tenía cabeza bajada, se escuchaba el ruido del reloj. Nada. Tic. Tic. Tic.

Bueno, vamos a ver. ¿Querés jugar? Agarré una muñeca y se la di. Tomá.

Me miró por primera vez. Miró la muñeca y sonrió, exhalando una ínfima dosis de aire.

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Nuevamente miré hacia el espejo, esta vez con el entusiasmo de quien logra un objetivo anhelado por largo tiempo. Pude ver sucesivos chispazos y luego una llama que, al apagarse, se perpetuó en un punto rojo que generaba extrañas formas al desplazarse a través del espejo. Mi cara olvidó la satisfacción y frunció el seño: el día anterior había pedido encarecidamente que no fumaran en el estudio.

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La nena tomó el juguete y lo miró de cerca. Lo tomó por las piernas y miró debajo del vestidito. Luego lo sentó en la mesa y comenzó a desvestirlo. Cuando la muñeca estuvo completamente desnuda, alcanzó un bastoncito que hacía de eje de uno de los numerosos juguetes que había acomodados en la esquina de la sala y lo colocó a su lado. Se acercó la muñeca a la boca y, con los dientes, comenzó a cortar la costura que unía una pierna con la otra. Cuando logró sacarle varios puntos, introdujo el eje del camión y expandió el hueco que ya había hecho. Terminada la tarea, logró separar un poco más las piernas, casi mutilándola. El eje penetró a la muñeca hasta que perforó uno de los hombros, esparciendo pedazos de goma espuma en la mesa. Mientras hacía esto, nunca dejó de mirarme.

De nuevo miré el espejo. Sentí como si los ojos fueran a salírseme de las órbitas.

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Tuve que mirar todo, cada detalle, cada movimiento. Sus gestos. Al hacer un análisis pormenorizado del video, no nos quedó más que una conclusión, aunque la evitamos con todas nuestras fuerzas. Nos resistíamos a creerlo.

Lo viví dos veces. Mientras veía lo que hacía con la muñeca, veía muchas cosas, menos una muñeca. Imaginaba un pizarrón, una puerta cerrada con llave, un gemido. A la noche soñé con una pileta de carne molida. Me deslizaba hacia el fondo, abriendo la boca. Sentía un gusto entre agrio y salado. Sangre y limón.

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No tardamos en avisar al juez que entendía en la causa. Mostramos los videos extraoficialmente y el resto fue, simplemente, manipulación mediática. Se condenó a la docente a cadena perpetua y todos quedaron muy conformes.

Tuve fama por un tiempo. Fui invitado a varios programas de televisión. Me sacaron muchas fotos. El diploma, debido a la repercusión que tuvo el caso, ya no me servía. Sin embargo, el tribunal que me examinó consideró, entre miradas de aprobación que sólo referían al caso de la docente, que ya podía ejercer. Me dieron el diploma.

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Dos meses después de la condena, la docente se suicidó ahorcándose con una sábana luego de escribir una carta. Más que una carta, era una exhortación que ya había referido en el juicio pero a la que, enceguecidos, nadie hizo caso.

“Miren en el armario de la sala de profesores. Que se considere mi última voluntad”.

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Ante el asombro de todos, al abrir el armario, pudimos ver que había innumerables muñecos remendados. Era el juego que, secretamente, entretenía a la maestra y a su alumna. Tras revisar los muñecos, pudimos ver que estaban rellenos de pedazos grisáceos de lo que parecían lenguas de animales. Entre ellas, encontramos una que era considerablemente menor que las restantes, además de tener otro color.

Entendimos, era de esperarse, el silencio de la nena.


Sergio A. Iturbe

13/08/10

13.7.10

Parkinson


Me di cuenta de su enfermedad, paradójicamente, una vez que caí en cama por una gripe, recuerdo.
Me despertó de una pesadilla provocada por la fiebre, me abrazó, y luego me dio una bandeja de madera que portaba un café con leche y medialunas.
Era invierno, pero el calor que sentía era insoportable. Debajo de las muchas frazadas yacía mi cuerpo sudoroso y temblequeante. El frío, sin embargo, me atornillaba las articulaciones ni bien trataba de despegarme las sábanas.
Cuando se alejó de mí para buscar la bandeja, que había puesto en la mesa de luz para no tirar las cosas al despertarme, noté un leve esfuerzo de ella para lograr sostener el equilibrio. Me extrañó en una persona con pulso de neurocirujano.
A partir de ese momento, todo empezó a empeorar. Llegó un punto en el que todos sus miembros comenzaron a retraerse sobre sí mismos, como pasa con las arañas muertas.
Su columna se arqueó como un fósforo consumido.
Su mentón se apretaba con fuerza contra el hombro derecho.
Después de que hablé con el médico, estuvimos preparados para la más perfecta enfermedad, diseñada para destruir progresiva y minuciosamente el sistema nervioso: temblor en reposo, ausencia de expresión facial, marcha característica, flexión anterior del tronco, rigidez y debilidad muscular, incontinencia, terminando en un lento paro cardiorrespiratorio por rigidez del músculo diafragma.
Uno a uno los síntomas fueron sucediéndose. Los espasmos de dolor eran insoportables, y eso que sólo los escuchábamos. Los gritos que emite una persona con esta enfermedad son muy particulares: suenan como si alguien le estuviera tapando la boca, ya que por la rigidez de los músculos faciales terminan apretando la mandíbula, no pudiendo emitir más que sonidos guturales bastante aleatorios.
Según el médico, estar en esa etapa de la enfermedad es como notar la rigidez muscular originada por un susto muy grande. Aunque de manera permanente.
El descanso, me decía, es una formalidad. No existe el descanso para una persona con esa enfermedad, me decía. Condenada a la vigilia. Dolor permanente.
Yo dormía en una habitación más apartada, hasta que tuve que moverme a la del lado. Para ayudar.
En la etapa más álgida de su enfermedad, cuando ya no podía mejorar sino en una nada sin sufrimiento, seguía durmiendo en la cama matrimonial con mi padre. Con el tiempo, la porción de colchón que ocupaba ella fue aceptando su ergonomía alterada. Se podía ver, cuando la luz estaba prendida, un hueco en la mitad de la cama, un círculo de ochenta centímetros de diámetro. Un hundimiento. Ese círculo era la marca que dejaba su cuerpo encorvado. En los alrededores de la figura se solían ver manchas rojas o anaranjadas. Azuladas, algunas. Vómitos y emanaciones de los medicamentos. Relajante muscular. Mesilato de benzotropina.
Una noche, a la madrugada, el volumen de los gritos aumentó. Me desperté y corrí a la habitación adlátere. Abrí la puerta.
Mi padre, para evitar inconvenientes, había atado los brazos y piernas de mi madre a las puntas de la cama. Para ello, se había valido de numerosos cintos de cuero. Entré en el momento en que mi padre eyaculaba sobre las rugosidades que dejaba la atrofia muscular en la piel, a la altura de la rodilla medio flexionada. Mi madre trató, inútilmente, de soltarse. Marcas de color violáceas, degradando en rosa, en sus muñecas y tobillos. Había un pedazo de mierda en el vértice que generaban las piernas atadas. Una parte de la leche había caído en la mierda, también.
No dije nada.
Qué iba a decir.
Al tiempo nos dimos cuenta de que estaba embarazada. Saqué la cuenta y supe que había asistido a la concepción.
La rigidez se sostenía. Una araña muerta.
Sobre que no podía hablar, el daño neurológico empezó a actuar sobre el razonamiento. Sonaba como una homilía. En latín.
Aunque no entendíamos, nos llegaba algo en el tono, en la cadencia, en esa manifestación tan visceral de sufrimiento. No se escuchaba como sufrimiento, pero sabíamos que era sufrimiento.
Mátenme, creí escuchar una vez entre balbuceos.
A veces es difícil obedecer a los padres.
Al año siguiente empezó el trabajo de parto. Optamos por sacar al chico de la misma manera como había entrado: le atamos los pies y las manos a cada punta de la cama. De otra manera, la contracción muscular no hubiera dejado despejar la zona afectada.
Cuando salió la cabeza, en medio de vociferaciones horrendas, uno de los cintos que sostenía la mano derecha se rajó, yéndose directamente hacia la cabeza del bebé. No tardaron en romperse también las otras cintas sujetadoras.
La tarea era imposible. El bebé, mi hermano, estaba muriendo.
Ante esa situación, el médico ordenó la amputación inmediata de los cuatro miembros. Los gritos que efectuó, cuando la sierra eléctrica empezó a hacer su trabajo, no diferían en mucho de los gritos a que estábamos acostumbrados. Escénicamente, eso sí, era distinto. Algo más espectacular. Las sábanas eran blancas.
Pensamos, correctamente, que el dolor no sería descabelladamente mayor. De hecho, el médico decía que para una paciente con esta enfermedad, era un alivio librarse de sus miembros, ya que la tensión hace insoportable el músculo más chico e insignificante.
La lengua, me decía el doctor, termina corroyendo la parte superior del paladar. Tanta es la fuerza de la contracción.
Sólo así pudo nacer mi hermano. Los miembros amputados de mi madre estuvieron largas horas luego del nacimiento. Estaban distribuidos en varias bolsas de supermercado en la cocina, hasta que un camión de Recolección de Residuos Patógenos pasó a buscarlas. Yo entregué la bolsa como quien le da ropa al tintorero.Nunca más se habló del tema, aunque uno llegaba a recordarlo cuando veía esa masa informe reposando en la cama, arqueada como un feto, mutilada como un fiambre.
A las regurgitaciones de los medicamentos, a la mierda que se derramaba por el pañal para adultos se les sumaban, ahora, las frecuentes manchas de sangre coagulada que manaban de los muñones.
Los gritos, hay que decirlo, disminuyeron a partir del momento de las amputaciones. Una noche, escuché nuevamente un leve elevamiento en el tono. Como siempre, me levanté a ver qué pasaba. Para ayudar.
Corrí hacia la habitación contigua. Pude ver que mi padre seguía haciendo de las suyas, aunque estaba a oscuras. La luz entraba desde el hall de distribución. Ataduras, muñones, mierda, sangre, leche.
Me indigné. Prendí la luz. Esta vez tenía algo que decir. Avanzando hacia la cabecera de la cama, saqué a mi padre de encima de mi madre, tirándolo al piso. Luego grité:

- ¡Basta, hijo de mil putas! ¿No ves que es un torso indefenso?

Mi madre, como alegrándose, frunció el gesto deforme de su rostro hasta esbozar lo que parecía un estremecimiento. Mientras acariciaba su húmeda frente supe que, pese a mi interrupción, el orgasmo era inminente.
No dije nada.
Qué iba a decir.

Sergio A. Iturbe
13/07/10

[Este cuento, salvando leves detalles, está basado en una historia tan familiar como real. El dibujo está inspirado en este cuento y su autor es Amadeo Aizenberg].

2.4.10

Especulación


Seguimos sin hablarnos.

Nos miramos en la oscuridad. Pero nada más. Algunos reflejos, algunas simetrías.

Nos ocultamos al mismo tiempo.

Intuyo que al no mirarlo, la evasión se hace recíproca. Como espejos enfrentados.

Hoy entré en la habitación y me miró. No soporto el peso de sus ojos, su mirada errónea. Alguna mueca sin empatía. Siempre igual.

Si hablamos, nos solapamos, pero eso nunca pasa. Como el silencio: nunca se dice nada.

Finalmente, una iluminación. Un fulgor intermitente. Luz fluorescente.

Toma una afeitadora y desangra su patilla. Me mira. Un gesto ridículo.

Seguimos sin hablarnos. Como pasa con los espejos.

Sergio A. Iturbe

02/04/10

27.3.10

La continuidad de los parques







































[Fotografía: Florencia Aizenberg. Modelos: Guadalupe Espinosa, Marco Demicheli, Segio A. Iturbe. Historia: "La continuidad de los parques" de Julio Cortázar, adaptada y modificada].

La continuidad de los parques. (De Julio Cortázar).
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.






26.3.10

Take a walk on the wild side (Reseña crítica de Otras Muertes) por Natalia Torres.

En los campos de concentración alemanes, la leyenda “Arbeit macht frei” que lucían los portones de entrada funcionaba como el “Abandonad toda esperanza” que adornaba el umbral de entrada al infierno descrito por Dante. Y, en el blog Otras muertes, que lleva adelante Sergio A. Iturbe, la foto del encabezado, que precisamente muestra uno de aquellos portones, la frase no es fortuita: los cuentos cortos que el autor publica allí tienen como inspiración las zonas más ásperas del espíritu.
Provocador, Sergio busca siempre la reacción extrema en el lector. Es seguro decir que nadie que lea sus relatos podrá encabezar su opinión con cualquier tipo de expresión de duda. Acá no valen los “eeeh” ni los “mmm”, sólo la repulsión, la aguda risa cínica, la sumergida de cabeza en las sombras de la nada y la profunda perturbación.
El escritor trabaja en pos de estas reacciones colgándose de varias líneas que van dibujando su estilo personal. Así, por ejemplo, la torsión de la idea de la inocencia infantil aparece en relatos como La inmoralidad de los parques o El sueño de los justos, donde la aparición de una debilidad aún inferior a la de ellos mismos hace nacer el sadismo en los niños. Por otra parte, textos como Kornilova y Argumento alumbran otro eje dual: el de los cuerpos sometidos al dolor físico, y el de las mentes que navegan en la incertidumbre del vacío, dos presiones que encuentran en esos relatos sendos escapes viscerales (aunque con diferentes resultados).
Pero quizás esta enumeración de círculos infernales pueda dibujar la idea de un blog demasiado solemne. Nada más lejos de la realidad. Es que Sergio nunca, jamás, deja de lado una buena dosis de humor corrosivo lo cual, en fin, termina redondeando un efectivo descenso a las zonas cavernosas de la mente… pero sin poder evitar materializar en la cara con una salvaje torsión de los labios, la risa del que abandonó toda esperanza.

24.2.10

La justificación de un blog...

"Ninguna muerte está bien justificada, ni siquiera para detener otras muertes” (Friedrich Nietzsche).

[La única vez que lo he visto mandarse una pelotudez, modestia aparte].

28.1.10

Jerome David Salinger (1919 - 2010)


[Si bien sufrimos de una aguda intriga acerca de su obra inédita, que posiblemente sea publicada a la brevedad, no por eso dejamos de entristecernos por la pérdida del genial escritor, muerto ayer a los 91 años, en su casa y solo como un perro, así como tanto le gustaba. Esperamos, desde Otras Muertes, que su espectro flote solitariamente en la inmensa Nada a la que estamos destinados todos, pero que él disfrutará especialmente.]

16.1.10

La cena




“Ico, ico, caballito, vamos a Belén,


que mañana hay fiesta y pasado también…”


(La máquina de picar carne –Almafuerte).



El otro día fui a cenar con el que era mi compañero en la secundaria.

Creo que el encuentro surgió una vez que nos encontramos en una peatonal de canteros circulares, y en diez minutos hablamos más tiempo del que habíamos hablado durante todo el colegio, incluyendo los recreos.

Ante la simpatía imprevista de mi interlocutor –otrora un imbécil consumado- quedamos en que nos juntaríamos a comer algo en algún lado la semana siguiente. Las excusas fueron posibles negocios que combinarían nuestras aptitudes profesionales, aunque en la cena, una semana después, ni siquiera se insinuó el tema. Por eso les llamo excusas, ahora.

Nunca imaginé que al restorán asistiría con su hija, que en aquel momento tendría unos cuatro años y puede que los siga teniendo. Lucía una pollera que a una adolescente le hubiera quedado eficazmente provocativa.

Él tenía el aspecto clásico del empleado bancario after office, con su camisa arrugada, la corbata desajustada y los dos primeros botones desprendidos. El saco viajaba en su antebrazo derecho, y más que saco parecía un repasador usado. Calculé que el olor guardaría una correspondencia con su aspecto. La camisa, indicio de su profesión, iba arremangada hasta antes del codo; y la mano izquierda sostenía una delicada manito derecha.


**********


Ya me había acomodado en una mesa adyacente a la ventana que daba a la calle, y cuando giré los tenía casi encima. La nena, sin preludio, me abrazó y besó ruidosamente. El padre, un poco más prudente, me estiró la mano de una manera que consideré artificiosa, pero que se debía a la incomodidad fruto del afecto desmedido de su hija.

Todo el tiempo que siguió a la introducción se desenvolvió entre anécdotas del colegio, rebeldías adolescentes, fiestas multitudinarias. El vino corría como un río dispuesto a ahogarnos. En un momento pensé en la nena que nunca dejó de clavarme sus ojos verdes mientras apoyaba su mentón en su pecho. Prudencia con el vino, es lo que pensé como siempre me pasa desde los treinta años.

En un momento de la noche, la nena empezó a jugar en la alfombra del piso, debajo de la mesa. Mientras, yo charlaba distendidamente con su padre. De vez en cuando sentía un roce en mi zapato, pero no le prestaba atención. No había por qué.

Al rato, el padre se levantó para ir al baño porque una albóndiga había rodado a lo largo de todo su pantalón gris claro. Me reí para amedrentar su torpeza. Antes me dijo que en caso de que se pusiera molesta, que le cantara la cancioncita infantil que dice


Ico, ico, caballito…


**********


La nena, ni bien el padre desapareció, se me subió encima, mirando hacia la ventana y dándome la espalda. Yo, condescendiente, empecé a moverla, a lo que respondió dándose la vuelta y poniendo una pierna a cada lado de la silla.

Traté de sacarla de esa posición que me resultaba algo incómoda en vista de la cantidad de gente que había en el lugar. Sin dejar de mirarme y de sonreír, se me subió a una de mis rodillas. Su movimiento, al hacer fuerza al compás del Al paso, al paso, al trote, al trote, al galope, galope, galope, marcaba rítmicamente sus muslos y pantorrillas. Mientras, me miraba, sonreía y mordía su labio inferior. Se mostraba brutalmente entusiasmada.

Al rato, el padre volvió sacudiéndose la aureola que le había quedado en el pantalón como si el agua y el aceite se fueran de esa manera. Con la nena todavía encima, lo miré con férrea culpa.

Motivado por la situación, moví la cabeza a un lado y a otro como volviendo a reírme del percance, mientras me desencajaba a la niña de mi rodilla.

Seguimos hablando como si nada hubiera pasado porque, eventualmente, nada había pasado. Cuando me pude levantar para ir al baño la nena me agarró el zapato con ánimo lúdico. Me solté y me fui. Cuando volví, él estaba mirándome. Al bajar la vista, se empezó a reír.


-No soy el único torpe, veo- me dijo, riéndose con malicia y señalando una aureola en mi pantalón, cerca de la rodilla.

- Salsa que no has de beber, déjala correr –respondí riéndome también, al mismo tiempo que intentaba no pisar dos piernitas torneadas que se dejaban ver debajo del mantel.


Sergio A. Iturbe

16/01/10



8.1.10

El sueño de los justos


“Al pez le falta cualquier medio de comunicación con nosotros


y no puede inspirarnos compasión. ¡Si es que da boqueadas


incluso cuando está sano y salvo en el agua! Ni siquiera la


muerte altera su aspecto. Su dolor, si existe, está perfectamente


oculto bajo sus escamas”. La conciencia de Zeno. (Italo Svevo).



Ese día terminé de comprar el conjunto de suplementos que hacía falta para la pecera. No es que me guste tener animales aprisionados, pero en este caso se justificaba y paso a contar por qué.


Antes de que muriera, mi esposa tenía lo que se podría llamar una relación literaria con mi hija. Todas las noches ésta le pedía que le contara el mismo cuento, que trataba de unos pescados que hablaban y especulaban acerca de lo que habría fuera de esa lámina transparente. Los pescados de colores sostenían que afuera estaba la libertad, mientras que los pescaditos negros, por el contrario, le llamaban infierno. Tanto unos como los otros dormían de noche, soñando con que la lámina se volvía blanda y podían traspasarla. Los primeros tenían sueños; los segundos, pesadillas; aunque soñaban lo mismo. Lo onírico terminaba siendo la solución a todos los problemas de la vigilia, aunque no me explicaba cómo se podía diferenciar lo uno de lo otro.


Nadie tiene conciencia de lo difícil que es encontrar cuentos infantiles en forma de fábula que no tengan moraleja o, como le digo yo, moralina. Simple variación en el matiz del despectivo, pero algo es algo.


Un día encontré este libro de cuentos del que hablo. El autor era una persona con formación psicoanalítica, cosa que me hizo sospechar de sus intenciones, pero al menos aplaudí que no las hiciera explícitas.


Cuando murió, tuve que hacer algo decisivo para tapar tan terrible hueco en sus noches. No podía leerle el cuento sin que mi voz contrastara cruelmente con la de su madre. Pensando cómo podía hacer, decidí, en contra de mis principios como tantas veces, realizar la fábula en cuestión. Compré una pecera excesivamente grande para disimular la crueldad del encierro, además de comprar todos los suplementos estúpidos como el aireador, las plantas artificiales, cuevas de corales auténticas, calentador, etc. Llené la pecera de agua y de seis pescaditos: tres de colores y tres negros. Los negros costaban diez veces más que los de colores, pero tenían que estar también: el cuento lo decía claramente. La literatura puede llegar a ser muy cara si se la representa en la realidad, y eso que en este caso se trata sólo de pescaditos.


Lo que buscaba era atenuar mi voz con la maravillosa pecera, pero las cosas terminaron siendo muy distintas. Cuando volví el primer día después de comprar todo, la encontré en frente de la pecera, leyéndoles el cuento en cuestión. Como tenía cuatro años, la lectura era pausada y entrecortada, pero en estas pausas miraba a su audiencia.


Aunque me pareció que la ficción se me estaba yendo de las manos, dejé la valija y pasé a mi habitación a dormir mi cansancio, a ver si el sueño solapaba a la oficina.


A mitad de la noche, en la oscuridad, me levanté a tomar agua. Al pasar por el living, la vi dormida en el sillón. La luz tenue y fluctuante de la pecera la iluminaba de manera espectral.


Cuando me acerqué a darle un beso en la frente, cosa que no podía evitar al verla durmiendo, pude ver que los seis pescaditos reposaban a su lado, ordenados uno al lado de otro, fuera de la pecera.


La desperté suavemente mientras la luz ondulaba en su rostro y me preguntó qué pasaba. Sin responderle, le pregunté qué había pasado con los pescaditos.



- Les hice noni-noni hasta que se durmieron –me respondió mientras los arropaba a su lado.



Sergio A. Iturbe

08/01/10

[Dedicado a Florencia Aizenberg, que me aportó la anécdota; y a Amadeus Aizenberg, que la sufrió].