14.10.11

La primera te la regalan


¿Dónde puta están esos bares
donde te meten pastillas en el trago,
 dónde la filantropía es alucinación?
 Decime, abuela, dónde carajo
 te drogan el porrón.  (Anónimo).

Y el viejo que jamás tomó más de un vaso de vino te dice que la primera te la regalan. No sabe que te venden la primera, la segunda y también la que no te dan.
Y parece que tanto reírse de estas apreciaciones termina pasando que una gota transparente, inocua como el agua misma, cae sin ruido ni sospechas en un vaso de whisky con hielo.
            Mientras mira su vaso, tambaleante pero todavía consciente, se pregunta -es lo último que se pregunta- si tomar whisky en ayunas se ha vuelto tan inspirador. Y después ve flashes, luces, camisas desprendidas y mojadas de transpiración que se sacuden al ritmo de la música electrónica. Y después una chica con rasgos masculinos, muy femenina ella, se acerca a su sillón y le coloca una pierna desnuda en el medio de su campo visual.
            Y después de eso, nada.
            Aunque lo que se dice nada, nada, no.

****************

            La primera sensación con la que se despertó fue con un mareo, cosa que coaguló su intento de erguirse en donde yacía. Y no pudo porque estaba atado. Cuando abrió los ojos, o cuando intentó hacerlo, se encontró con un sabor entre salado y dulzón, no ya con una imagen.
            Y después de ese sabor, que ya conocía bien, una figura humana que se recortaba invertida contra los reflectores, descargando toda su leche en la cavidad semicerrada de su boca. Después una arcada y el semen que se derrama por la comisura de los labios y después por el cuello hasta la sábana oscura.
            Y un gemido bestial, como de orco.
            No pasa nada, es lo primero que escucha y que suena a falacia. Trata de deshacerse de la sustancia coloidal que se adhiere a su garganta, pero vuelve una y otra y otra vez hasta que tiene que tragarla. Un hilo áspero conecta la rugosidad de su lengua con las secreciones que ya han llegado a su estómago.
            Y cuando empieza a desvanecerse el dulzor amargo, aparece una reminiscencia: el whisky que no recuerda haber terminado/las piernas cruzadas/el jueguito de seguir el ritmo de la música con el hielo del whisky.
            La chica de las piernas, la del bar, le acaba de descargar todo su semen en la boca. Recuerda y resignifica los rasgos masculinos que había notado.
            Vos, dice.
            Yo, responde la chica de las piernas. Sonríe de un solo lado de la cara. Es una sonrisa entre tierna y libidinosa.
            Da vuelta la cabeza y un mechón de su pelo se le adhiere en el cuello, donde el semen se seca dejando una costra entre flexible y quebradiza. Una sustancia fría que dejó de ser tibia.
            Considera sus extremidades, estira las piernas, abre las manos y las cierra como probando su corporalidad. Gira la cabeza y puede ver otros cuerpos, inmóviles, acostados en unas camillas de parto, con las piernas muy abiertas. La mitad inferior desnuda/atados con esposas/camillas de parto.
            Y trata de levantar la cabeza, si pensaba que estaba en una cama. Pero puede ver sus propias piernas, abiertas, atadas, como los cuerpos cercanos. A través del vértice que forman sus propias piernas, pasa la chica de las piernas. Le tira una mirada, se detiene casi sin dejar de caminar y sigue.
            Vuelve con una erección desproporcionada con sus piernas descomunales, perfectas. Una pollera negra de cuero que brilla con los reflectores. La verga, aunque erecta, pendulea, superando los límites de la pollera. Con las manos se la estimula y venas azuladas adquieren características épicas.
            Agarra un frasco, abre la tapa y saca una crema -violácea pero transparente- y se la unta.
            En la camilla, ya resignado, deja de ver esos preparativos y fija su mirada desenfocada en un reflector. Unos insectos indefinidos juegan a asarse vivos.
            El reflector desaparece y una silueta se interpone. Es ella. La de las piernas. Uno de sus muslos roza su brazo y la piel se siente más fría y plástica que el cuero de su pollera. La chica de las piernas saca un sobre de nylon de un bolsillo de su campera. Un polvo que parece bicarbonato.
            Tomá, dice.
            Te juro que lo preferís, sigue.
            No, hablemos, responde. Por favor. No.
            Hablamos después de que te lo tomes, dale, abrí la boquita, dice estirando uno de sus brazos para buscar un vaso demasiado limpio con agua hasta la mitad.
            No vamos a hablar, estoy seguro.
            No sólo hablando se entienden los cuerpos, y le da el vaso, se lo coloca en la boca. El polvo hace espuma y emana un olor parecido al amoníaco.
            La cabeza, luego de beber, cae sobre la camilla y lo último que ve es a la chica de las piernas que deja el vaso al lado de un bisturí que brilla como una virgen inmaculada.

10/10/11

11.10.11

Los vecinos

Era el vecino que siempre miraba lo que hacían los otros. Los de al lado, los del frente, los que viven en diagonal.
La pareja del frente era a la que prestaba más atención por el simple hecho que se veían particularmente infelices.
Había algo con el bebé, ya que a veces salían temprano en el auto y después volvían solos. La sillita vacía.
El vecino, obviamente, sabía cuándo sacar la reposera, cuándo mirar las caras apesadumbradas.
Las lágrimas de la madre le deleitaban en particular.
Cuando el padre entraba el auto miraba por el espejo retrovisor por si viene algún intruso. Siempre, religiosamente, la cara risueña del vecino, husmeando en la intimidad.
Un día, los padres llegaron más tarde de lo habitual. La madre bajó del auto particularmente contrariada y se metió rápido en la casa. El padre accionó el control remoto del portón y entró el auto, mirando por el retrovisor. La carita del vecino, sonriente, se manifestaba con un esplendor inusitado.
Si bien el portón estaba a medio abrirse, prendió el auto, puso reversa y arrancó el marco, frenando el baúl justo antes de la reposera del viejo que ya había dejado de sonreír.
El padre se baja rápidamente del auto y da la vuelta al auto para abrir el baúl violentamente.
Adentro, un cajoncito blanco reluce al reflejar las luces de la calle.
Alza el cajón, lo abre temblorosamente y se lo pone en la falda del viejo.


-Está muerto, hijo de mil putas. Reíte ahora, que te quiero ver de cerca. Dale, que tengo muchas ganas de verte riendo, la concha de tu madre.


11/10/11

El crimen

Siempre le había temido a los criminales callejeros. Teme principalmente los cuchillos, las navajas, las sevillanas. No sabría qué hacer si alguien le mostrara un arma con filo.
Sin embargo, para su propia seguridad, lleva siempre consigo una punta que antes era cuchillo.
En la oscuridad de la noche, en el callejón que debe cruzar para llegar a su casa, cree ver el destello de una hoja afilada en la mano de alguien desconocido que se recorta en un cielo claro, esperando debajo de una escalera.
Rápidamente saca la punta del mango rojo -que nadie sabe que tiene- y corre en sentido contrario.
Corre cuadras y más cuadras, hasta que el cansancio lo hace resbalarse y caer sobre su brazo hábil.
Al día siguiente, a los pocos minutos de haber amanecido, encuentran un cadáver apuñalado en la calle.
Pese a que la policía busca al culpable, jamás dan con las huellas dactilares que encuentran en el arma asesina.
Las cosas que con más razón demuestran que el crimen es premeditado son las siglas que encuentran en el arma.
Sobre el mango rojo, reluciente, brillan tres letras doradas que coinciden con el nombre de la víctima.

11/10/11

26.9.11

El baño


Ya había pasado muchas veces: soñaba con una lluvia, con agua caliente que choca contra el vidrio de una ventana. Con agua que cae sobre la calle. Una lluvia fuerte de verano. Sentía la humedad y me levantaba. Me despertaba agitada, pero no era por miedo ni nada. Es que sentía que me faltaba el aire. Y si hay algo que me molesta es no poder dormir.
Ya había llamado a todos los plomeros, a todos. Y nada.
Había una gota, no digamos agua, sino el ruido de una gota. Cada segundo y medio caía, la hija de puta.
Y no me dejaba dormir.
Y vivo sola: soy la única imbécil que no puede dormir en mi puta casa.
Y bueno, lo que hago es levantarme y cerrar la puerta del baño. Es que la teoría habla de la presión del agua de los edificios. Que la bomba de agua tiene tanta fuerza que rompe el teflón, rompe las cañerías, las válvulas, y también abre grifos.
Cerraba la puerta y me levantaba casi asfixiada. Salía de la cama y me iba derecho al baño. Abría la puerta, prendía la luz y adentro había un vapor tan denso que no me veía las manos. Con esa rejillita de mierda que tiene la ventilación era como si no hubiera nada. El agua caliente prendida, el vapor.
Corría la cortina de la ducha, cerraba el grifo y volvía a dormir.
Eso pasaba hasta ayer.
Hasta que me cansé de levantarme asfixiada. Entonces apagué el calefón antes de acostarme y que saliera el agua, nomás.
Como a las tres de la mañana me levanté con la misma sensación de asfixia de siempre. A través de la puerta de la habitación veo que la luz del baño se cuela por debajo de la puerta. Y el vapor de mierda que lengüetea el pasillo.
Y el calefón apagado.
Y la asfixia.
Pero lo que hago es simple. Le digo dale, bueno, vení.
Y se escucha la cortina de la bañera que se corre, el agua que se apaga, la luz desaparece antes de que la puerta del baño se abra. Después se escuchan unos pasos, el colchón que se hunde en el lado izquierdo.
Y el vapor desaparece. Como si nunca hubiera existido.

[Inspirado en una anécdota de J.G.]

18.8.11

La confesión


En realidad somos como niños atrapados
en la mansión de un pedófilo. Alguno de
ustedes dirá que es mejor estar a merced
de un pedófilo que a merced de un asesino.
Sí, es mejor. Pero nuestros pedófilos son
también asesinos. (Roberto Bolaño).
La verdad es que la situación se me fue de las manos, Carlos. Nunca pensé decir esto pero sí, se me fue de las manos. Demasiado poder en las manos, demasiado hago lo que se me canta el orto, nadie me ve. No sé si alguien puede con tanto poder. Con el poder de desenfrenarte, de sacarte la careta.
Imaginate un baño con el tamaño de una casa, un espacio delimitado en el cual podés ser inmoral, masturbarte, mirar con cara de pelotudo al espejo, sacar músculos, recortarte los pelos de las pelotas, reventarte los granos que te salen en el tronco de la poronga, sacar las conclusiones más imbéciles. Todo. Pero imaginate un baño con mucha gente. Ni siquiera con mucha gente. Con alguien más, además de vos. Ahí ya cambia la cosa. No sé si el baño es tan baño si uno no está solo. Pero por ahí va la cosa. No sé si me entendés. Pero vamos al grano, como siempre te digo a vos cuando te vas por las ramas. Mozo. La carta, por favor.
Me mandaron a limpiar la zona, como dicen ellos. Era algo bastante fácil, según me dijeron. Entrar en una casa de familia, cuyo sostén es el hijo de puta más grande que te podés imaginar, sacarle la data e irme. Un código del cual no tengo la más puta idea qué es. Mujer, tres hijos, el hijo de puta y yo. Eso es todo.
Ni siquiera me tomé la molestia de entrar sutilmente, por la puerta de atrás, por una ventana o mientras entraba el auto. No. Pateé la puerta de entrada, y listo.
Entré.
Después la cerré pero en realidad la entorné porque la cerradura voló a la mierda. Viste cuando pateás justo en el picaporte y saltan pedazos de metal y astillas de madera por todas partes. Una patada seca, firme. Una sola.
Traeme una ginebra. ¿Vos qué querés? Bueno, una ginebra y una lágrima. Lindo nombre para un tango. O para algo, no sé.
No, no. Ginebra Llave, la única que existe, cuál más.
Bueno, la cosa es que entré y ahí nomás la mina empieza a gritar, tan sordamente que ni siquiera la escuchó el hijo que estaba en el baño. Ponele que de acá a la barra, adonde está la máquina de café. Se tiró al piso haciendo un quilombo bastante grande, porque exageró y arrastró los floreros y todas las mierdas y adornos que había arriba de la mesa ratona. Un melodrama barato. Ahí se dieron cuenta de que había algo mal y vinieron.
Tranquilos, que no pasa nada, les digo, mostrando y digamos que apuntándolos con la nueve. La nueve milímetros que vos conocés, la que es negro mate. Sí, ésa. La que te gusta a vos y nunca presto, sí, esa misma. Les apunté haciendo una barrida general, como para asustarlos y tranquilos, que va a estar todo bien si no gritan. La nenita más chica empieza a llorar como si hubiera visto un monstruo. Le apunto y le digo CALLATE. La pendeja regula el llantito y el gesto modula un sonido que se parece al que hace tu auto cuando se ahoga. Que lo acelerás y sale un humo negro de la puta madre. Ese ruido, casi igual. Hasta que se apaga. Hasta que se calla.
Pero no nos vayamos de tema porque estamos hablando de otra cosa. Me tengo que justificar ante alguien, no me creí capaz de hacer lo que hice, pero te juro que lo disfruté. Lo disfruté hasta que terminé de hacerlo. Cuando hubo silencio se fue todo al carajo. No pude haber hecho eso. Gracias, y traeme un carlitos, por favor. ¿Vos no querés nada para comer? No, traeme eso, nomás. La puta, a esta hora de la mañana me da  hambre, dos horas después de levantarme. Es un reloj, che. No hay con qué darle.
Te estaba diciendo que cuando le apunté se calló. O el gemidito ese de mierda que tenía ya no molestaba, que es lo mismo. Las cosas que no molestan están al mismo nivel de las cosas que no existen, viste cómo es.
Pero bueno, tampoco podía pretender que dejara de llorar mientras le apuntaba con una automática. Pero escuchame una cosa: estos pendejos son más sensibles que la mierda. El barrio no es como el mío. En éste no se ven chumbos ni puntas por ningún lado. Acá todo es nuevo y prolijo. Todo de colores claritos, lugares luminosos, ventanales gigantes. Todo redondeado y sin puntas, sin contaminaciones, todo puro, no hay olor a lavandina, ni a mierda. Ni a tierra. Todo parece la mezcla de una propaganda de dentífrico con una de desodorante de ambiente. Mierdas artificiales con olor a limpito.
En ese momento apunto a la nena y te juro que ni la madre se animó a ponerse adelante, tanto era el miedo que tenía. Todos se callaron de repente y, arrodillados en el piso, me miraron temblando hacia donde estaba yo, apuntándoles. Me acuerdo y me cago de risa, vos sabés. La cara de pelotudos que tenían todos. Increíble.
Ése es el punto en el que se me sale la cadena. El momento en el que me empieza a patinar la correa,  en el que se me corre el coágulo. En ese momento noté que tenía todo el poder, que ellos no podían hacer nada. Podía hacerles lo que quisiera, estaban a mi disposición. Háganme un lomito completo, les hubiera dicho si tenía algo de hambre. O si hubiera pensado en eso, al menos. Pero no, la adrenalina me hizo un nudo en el estómago. Sentía un ardor como el que se siente al mediodía cuando desayunás café solo, sin medialunas ni nada. ¿Me entendés?
Llamo al padre, con el que teníamos que arreglar el asunto, y levanta la cabeza. Es increíble que la gente se pueda hacer la pelotuda incluso en esas situaciones. Le estoy apuntando directamente en el ojo con una puta automática nueve milímetros y me pregunta ¿yo? Como si yo fuera un profesor y apuntara a una multitud incierta. Sí, vos, la concha de tu madre. Quién más. Los tres chicos estaban adelante, la madre detrás, abrazándolos. El padre estaba atrás, acurrucado como un papel abollado. Cola de paja.
Lo levanto del saco, del hombro, y le digo vamos a un lugar más apartado. Creo que dije algo así como privado, viste que los lugares muy solemnes casi cambian las palabras. O te hacen hablar más bajo, pero no era el caso.
La cosa es que lo llevo a la habitación y le digo dame fuego. Me da un encendedor de bencina de los caros y me prendo un cigarrillo. Atino a devolvérselo, mirá si seré imbécil. Como si fueras vos o un amigo, al que le devolvés el fuego automáticamente. Se lo estiro y se me queda mirando como preguntándome qué estoy haciendo. Como si un intruso no pudiera devolver las cosas, como si la educación no pasara por otro lado. Le digo tenés razón y me lo guardo en el bolsillo. Dame el código, le digo después. Me siento en la cama, una que parece un aeropuerto entero, con torres de control, pistas y todo. Como dieciocho plazas tenía esa cama. Apoyo los codos en las piernas y largo la primera bocanada. Le doy otra seca y esta vez lo miro. Le tiro el humo en la cara y la aparta como si no fumara o como si le molestara en los ojos.
Dale, no te hagás el gil. No tengo idea de qué código hablás. Escuchame, tengo que salir de acá con el código. Los que me esperan afuera se van a enojar, si salgo sin nada. Y si se enojan conmigo por tu culpa, yo me enojo con vos de antemano. Chupo y casi mastico la colilla. Te juro que no lo sé, no sé nada. Te confundiste de persona. No, no me confundí. Le largo el humo en la cara de nuevo. Sos vos, hijo de puta.
Después le pongo una mano, en el ojo. El ruido que produce el golpe se debe haber escuchado de afuera, porque todos empezaron a llorar más fuerte. Los que estaban afuera.
Me voy a coger a tu mujer acá mismo si no me decís el código, le digo en el oído con una voz que, en voz baja, debe sonar asquerosamente sensual. Es una frase que suele funcionar. En la mayoría de los casos. Entendés lo que digo, Carlos. La frase que nos gusta usar…
Me la cojo, acá, delante de los cuatro, le digo, levantando un poco la voz. El muy hijo de puta baja la cabeza, se arrodilla y me hace el teatro de tratar de ponerse a llorar, como un puto arrepentido. No la sé, se atraganta, tose y repite no la sé, te juro que no la sé. No les hagás nada. Ahoga una arcada.
Ahí es cuando le pongo un puñete en la mandíbula, se cae para atrás, o más de costado que para atrás, lo agarro y lo llevo al living, casi arrastrando, donde esperan los otros.
Apuntando ahora a la puta de la mujer, tan linda ella con sus tetas y sus liftings, la subo arriba de la mesa de la sala de estar. No, por favor, me dice el hijo de puta que todavía no puede expulsar una gangrenada lágrima de mono, el muy cajetilla. Ella no se mueve, apenas respira pero me mira con una cara de terror que es indescriptible. Calculo que debe ser tan indescriptible la cara como lo que siente. Me acerco lentamente. Mirándome la bragueta y a mí, ida y vuelta; ida y vuelta. No, no, delante de mis hijos no. Justamente, delante de tus hijos, puta de mierda. Le abro las piernas le corro la tanga y se la pongo hasta el fondo. Cuesta un poco por la tensión, pero se la pongo y grita. El chiste del relájate y goza es cierto. Si no te relajás, se te raja a lo largo y es muy doloroso. Y por el orto ni te cuento. Te tienen que hacer diez puntos. Mínimo.
Grita y sigue teniendo los ojos grandes, mira a sus hijos y a su marido, llorando y gritando al ritmo de mis empujes. Se le corre la pintura de los ojos y se ve más linda, me calienta más. Sus hijos, gritando mamá, mamá, lloran. Mientras se la pongo les apunto, claro. El padre está sentado en el piso, la espalda contra el espejo que cubre toda la pared, ya la corbata desajustada, el primer botón desprendido, con la cara entre las manos, tapándose los ojos con los puños y haciéndose el que llora. Basta, ya está. Nada de ya está, le digo y te juro que la hago terminar. El orgasmo es psicológico, dicen. Sí, claro, tomá que es psicológico. No sé de dónde puta sacan que es psicológico. La hice terminar, un orgasmo que disfrazó de llanto, de autoconmiseración, pero la sentí temblar, sentí esa succión casi imperceptible, cuando se abre más para sentirla más adentro. Terminó delante de los hijos, la degenerada. ¿Podés creer? Y terminamos al mismo tiempo, largando un suspiro que me dio vergüenza ajena. Escuchando los nenes, qué bárbaro. Los nenes a la distancia de acá a la puerta, ponele. Como de acá al auto ese estacionado.
Mientras me limpio le digo que mejor tome pastillas. La del día después. Porque se viene un hermanito para los pendejos, le digo a ella, abierta como está. Un hermanito nuevo, le digo a los pendejos.
Bueno, bueno. Se viene la nena, hijo de puta. Te doy el tiempo que tardo en fumar este cigarrillo, le digo. Agarro el Zippo de la mierda esta, saco la etiqueta de la campera y prendo uno, después de cerrarme la bragueta.
Me siento en uno de los sillones y miro por la ventana. De vez en cuando pasa un auto, gente del barrio de mierda con sus perros de raza, pero nadie parece saber lo que pasa acá adentro. Pienso en vos y me imagino lo bueno que estaría que me acompañaras y nos divirtiéramos en esa casa. Descontrol.
No, mi hija no, por dios. Ella no, ella no hizo nada. ¿Y tu mujer sí, pedazo de mierda? Ella se merecía que me la cogiera, ¿no? La mujer, en ese momento mira con tanta cara de mierda a su marido que pienso que cuando me vuelve a mirar ya me mira con cariño. Como queriendo que me la coja de nuevo. Por el comentario de mierda del marido. Ni se dio cuenta de lo que decía.
Con esto que me pasó, que hice que pasara, en realidad, he aprendido varias cosas de la psicología humana, hasta dónde cosas horripilantes pueden hacer que otras igualmente horribles pasen a segundo plano. Como una violación, por ejemplo. Una violación y la muerte. Viste que cuando le preguntás a alguien te dice que prefiere que la maten a que la violen. Típico de pelotuda a la que no le pasó nunca nada. Pero en la realidad se puede seguir viviendo con el agregado fortuito de haber tenido un orgasmo con un desconocido, por la fuerza. No podés comparar una violación con la muerte. No pueden ser tan idiotas, tan delicadas. Querría ver qué sienten viviendo en nuestro barrio, a ver si tienen tantas consideraciones.
El tema es que le dije que si no me largaba el código me cogía a la hijita, también. Espero a que se me pare de nuevo y me la cojo, eh. Dale, que ya se me acaba el cigarrillo y que no lo termino en el filtro, que lo termino cuando llega al dibujo de la marca. Le digo que no me gusta el gusto a filtro quemado en mis pulmones, que me hace doler la cabeza. Y eso significa menos tiempo.
Dale, la concha de tu madre, le digo, agarrando a la nena y sacudiéndola con la bronca que me da el padre. La siento donde ya había estado cogiendo, donde todavía quedan las manchas del flujo de su hermosa y multiorgásmica madre. Le agarro la pierna y la empiezo a acariciar. ¿Me decís el código?
Y no me lo dice, vos sabés.
Pero se me ocurre otra. Vení, vení, le digo al hijo de puta. Te la vas a coger vos, le digo. Y si no lográs que se te pare, le vuelo la cabeza. En ese momento el muy puto se pone a llorar desconsoladamente, diciendo que no puedo hacer esto, que cómo voy a hacer eso, que es muy chiquita. Te doy todo el tiempo que quieras, le digo. Podés excitarte con una foto, con algo. Pero si no te la cogés, la mato adelante tuyo. Vos elegís, le digo. Juan, por favor, dale lo que te pide. No queda otra, dice la que me acabo de coger. A la nena no, dice la madre. Te juro que se lo dice como si no la dejara ir al kiosco o como si le estuviera diciendo que deje a la hijita que pruebe lo que a ella le había gustado mucho. Es eso, en realidad. Dice eso casi literalmente. No lo dice, pero lo insinúa, que para el caso es lo mismo. Con toda la pintura corrida y despeinada. Recién cogida. La veo y me caliento de nuevo. Y después dicen que es mejor morir que ser violada. No dijeron nada del sexo con gente conocida, ¿qué tal coger con gente muy conocida?
Cuando digo eso, como si pudiera elegir, en realidad, me pide que le alcance la computadora portátil. La abre y se va directo a una página porno y empieza a ver un video. No tarda en lograr una erección acorde, después de lo cual levanta la pollera de la nena, le saca la bombacha y trata de ponérsela muy suavemente, para no lastimarla. O no lastimarse. Ahí es cuando uno de los hijos mayores larga un sollozo, como un espasmo. Cierra los ojos y trata de no mirarla, centrándose en la pantalla de su computadora. Pero no, lo veo y de reojo la mira. Mira a la computadora para que no notemos que se calienta con la hija, el muy asqueroso. Pero la nena empieza a llorar. La voy a lastimar, no puedo seguir, dice. La quemo, le respondo. La quemo y de ésa no hay vuelta. Me voy de atrás y le pego una patada en el culo, después de lo que se escucha un grito desgarrador que casi tapa el sonido como de sandía crujiendo, el ruido que hace un pollo cuando lo partís a la mitad con las manos. Desde donde estoy se pueden ver dos piernas abiertas muy finitas, pero que conservan la forma femenina que se puede apreciar en la madre; el padre vestido de traje con el pantalón por las rodillas, un hilo bastante grande de sangre cayendo al piso. Primero un hilo que no salpica, pero después, cuando se hace más finito, cae de a poco, de a gotas que sí salpican en las rodillas desnudas y peludas del padre.
A ver, a ver, digo. Vamos a ponerle un poco de emoción. La cara de la nenita ya se desvaneció, ya está pálida y no tiene, incluso, la cara de sorpresa que tenía al principio, cuando sintió la verga de su propio padre entrando donde no sabía que se podían introducir cosas. Le pego una cachetada y se despierta y ya no está debajo de su padre sino que está arriba, subiendo y bajando como una autómata. La abrazo y miro a su padre que transpira como un deportista. Puedo sentir la embestida rítmica, el entrar y salir de la verga en lo que dejó de ser un orificio cándido para ser una rajadura sangrienta y chorreante. La suelto y ya te juro que se me paró, me excita ver eso, la expresión de sus hermanos mayores, de su madre que no puede creer nada de lo que está pasando, se da la cabeza contra el piso queriendo desmayarse. Pero no, no se desmaya y sigue siendo testigo del subir y bajar de su hija sobre su marido. Qué lindo que es, si pudieras verlo te emocionarías.
Dame el código, le digo, ahora enroscando el silenciador en la nueve y apuntándole en el sien a la pendeja. Dale, dame el número y podés llevarla a coserla, podés limpiarte la pija del flujo y de la sangre de tu hija, ya fuiste muy lejos, ¿no te parece?
Pero ni así me lo da. Me dirás que no sabe el código, que nadie soportaría eso en vez de decir un código alfanumérico. Pero yo conozco a estas mierdas y sé que son capaces de licuar a su familia entera y después tomársela con vodka antes de perder algo, antes de dar algo a quien se los pide con respeto. Porque todavía lo estoy respetando. No dije ni hice nada que no se mereciera.
Entonces trato de colocar la punta del silenciador en la sien de la pendeja y es difícil apuntar porque el padre sigue abriendo la rajadura, y todavía no termina. Hasta que no termines no la largás, le digo. Y veo que pone sus manos en las piernas de la nena para acelerar el ritmo y cuando va a terminar le vacío la cabeza a la nenita, le vuelo la tapa de los sesos y ahí la madre grita. Más que de horror de sorpresa por los pedazos de masa encefálica que disfraza al living de matadero. Y con la mitad del cerebro de su hija sobre el pecho sigue metiéndosela hasta que termina y grita y sonríe con placer, escupiendo pedazos de cosas inidentificables pero tibias. No sé si se ríe, no creo que se ría. Pero el gesto es como jovial, es la alienación del orgasmo. Eso dura tres segundos, cinco a lo sumo, y se la saca de encima y me grita, todavía escupiendo, que soy una asquerosidad y que la voy a pagar, una por una. Yo me cago de risa mientras me limpio la cara, que tengo algún despojo.
Y repito que me dé el código. Dale, no hagás que tus hijos se cojan a su madre, que no sabés la enfermedad que me puedo haber contagiado en la cárcel. O que te coja a vos. Te la pongo ahora. ¡Dale, decime el puto código! Nada de esto hubiera pasado, si me lo decías.
Bueno, dale. Ponete en cuatro, le digo. No me calienta el hijo de puta, me da hasta asco, te digo, pero todo sea por el putísimo código.
Dale, ponete en cuatro que ahora te toca a vos. Y los hijos agarran a su hermana y se fijan si está muerta, los muy ingenuos.
Y recién ahí lo larga, larga el código después de cogerse a la hija y hasta de coger el cadáver tibio de su hija.
Y el código es una cosa espeluznante que no me atrevo a reproducir pero que los hijos bien saben de qué se trata.
Y me da el código y me voy. Y lo mejor es que abro la puerta, salgo, y después la entorno de nuevo y me quedo cerca para escuchar si dicen algo. Y estoy un rato escuchando. Y no dicen nada. Hacen un silencio que me conmueve, tan nítido que es.
Y después me voy.
A tomar algo para sacarme esas imágenes de la cabeza. A tomarme una ginebra como ésta.
Y vos siempre al lado mío, escuchando mis travesuras, como cuando éramos pendejos. Cómo te gusta la chanchada, hijo de puta, ¿no?
Si serás degenerado, che. Pago yo. Mozo, la cuenta.
Contame algo vos, ahora. Y sacá esa cara, que tampoco es para tanto.
Tomá. Y no me traigas el vuelto, todo bien.

19.7.11

Eva


Es evidente que los hoteles son para las trampas y para los complots. Para la intimidad silenciosa, nada mejor que un monoambiente.

Está bien que en este momento reposa en su sillón, uno de tres cuerpos, viendo la televisión que relampaguea en su cara, dándole una tonalidad que nadie aseguraría de que es azul.

Parece ser un departamento lúgubre, de esos a los que le entra poca luz. Ventanas chicas y pocas. Olor a heladera de soltero, esa humedad de hongos mezclada con la acidez de la descomposición.

Volvemos al sillón, desde donde puede acceder a la heladera sin levantarse, y lo vemos regado de lo que parecen papas fritas. Alguna mancha que, contrastada con el color del tapizado, nos depara una incertidumbre acerca de la naturaleza de la sustancia derramada. Ese color disfraza de ocre, a lo sumo de un tono más oscuro, todo lo que cae en él.

La televisión muestra, por medio de un locutor oficial que nació anacrónico, la imagen de Eva Duarte de Perón dando el famoso último discurso en el que se desvanece en los brazos de su esposo, que sonríe y toma su cabeza como quien consuela el llanto de un niño encaprichado con algo inminente. A la imagen clásica le sigue la de la peregrinación masiva para dar la despedida a los restos de la líder, la gente que camina maquinalmente hacia el ataúd de cristal blindado. La ausencia del General.

Pero eso es la introducción. Las imágenes muestran un matiz enrarecido de los eventos. Mientras se refriega en su sillón, mientras se hunde en las aureolas aceitosas del tapizado, mientras juega con un trozo de goma espuma anaranjada que sobresale de uno de los almohadones, comprende que en ese enrarecimiento hay una música de fondo. Es un conjunto incierto de violines que van ascendiendo lentamente. Si uno abstrae las imágenes, el sonido nos predispone a anticipar que el asesino está pronto a aparecer, que los planos cortos y los travelings lentos desembocarán en la aparición de la monstruosidad. Pero no.

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Sólo más imágenes de Evita y los violines de fondo. El locutor anacrónico.

En su izquierda, el vaso de rigor. Sin hielo. Titila en dorados sucios. Herrumbrados. Le da un trago, que no encuentra lugar y chorrea a través de su mejilla. Se limpia con la manga de la bata. Una bata con las mangas deshilachadas, que cuelgan como un anillo lo haría de una cadenita de plata.. Tiene sandalias de cuero reseco. Los ojos que brillan un cuadrado esférico intermitente.

Estira la mano derecha que no sostiene un cigarrillo y sí una mano blanca y delicada. O parece que la acaricia, con leves vaivenes rítmicos. Se diría que el ritmo es el de la pantalla. Pero no.

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El final, después de la lentitud, se precipita con un vértigo insospechado. Lo que pasa es que una agencia de inteligencia internacional descubre el refugio donde anida el ladrón del cadáver de Evita, que descansa todavía en el sillón, con su cara apoyada inverosímilmente contra el respaldar. Los miembros de su cuerpo embalsamado ya tienen nuevas articulaciones que la asemejan a un muñeco de madera hecho por un fabricante de muebles. Como toscos. La madera es tan blanca que parece violeta. Podría tener algún resto de comida, alguna suciedad. Pero no.

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Las fuerzas parapoliciales se apuran y reducen al delincuente, mientras todavía las imágenes de Evita parpadean en la pantalla. Lo esposan y se lo llevan de los pelos, mientras arrastra los pies en zigzag. Las sandalias yacen en el piso, al lado del sillón. La claridad irrumpe en la habitación y muere sólo cuando queda vacía. La momia de Evita recostada en el sillón, ya desierto. Su mirada vacía no parece mirar al televisor apagado. El vidrio del tubo refleja una sombra que opaca la nueva claridad que entra cuando se entorna la puerta con un chirrido agudo que no es siniestro. Es como un ruido de utilería. Nada serio. Unos pasos alrededor del sillón y dos botas de cuero y pantalones camuflados, como los de Infantería. Una mano temblequeante parece acomodarse la bragueta, alguna incomodidad. Una incomodidad leve porque los movimientos no son bruscos. Roza su cinturón. Luego da la vuelta al sillón nuevamente, la puerta se cierra y la pantalla deja de reflejar el sol. Parece haberse quedado sola, al fin. Parece, pero no.


[Este cuento no habría podido escribirse sin la participación de José Platzeck, con quien prontamente tomaremos las riendas del cortometraje denominado "Mario, el gorila"].


23.2.11

El escuadrón


Hubo una vez en que un escuadrón entero tomó por asalto una aldea ubicada en el medio del bosque.
Se diría que, aunque estuvieron de acuerdo en atribuirle una existencia, lo cierto es que para los mapas era completamente invisible. Algo así como una invisibilidad deliberada que resultó en principio sospechosa para los soldados, aunque después decidieron hacer lo mismo que hacían con lo que encontraban con un mínimo atisbo de vida: destruirlo, exista o no exista. Da igual.
Entonces los soldados se preparan, sus ojos detrás de las miras, calzadas sus bayonetas. El plan es entrar al mismo tiempo en todas las casas, reventar las puertas y entrar con un grito que inhiba toda reacción, cualquier reflejo.
Dada la orden, una seña que parece un grito más que una seña silenciosa, cada uno de los soldados asignados al asalto patea la puerta que tiene en frente. Quince puertas que suenan como cinco enciclopedias al caer al piso.
Entran.
No hay luz, lo que parece la consecuencia inevitable de que ninguna chimenea emana humo.
Se escuchan quince chillidos desesperados que disfrazan de sala de parto a toda la aldea.
No se escucha ningún disparo.
Un tiempo después, y creo que es demasiado tiempo después, los soldados empiezan a salir de las cabañas.
Salen como sonámbulos. Se miran entre sí, pero no, no se miran. Son miradas que se apilan encima de otras como se apoya un fusil en un árbol.
Los llantos siguen sonando dentro de las cabañas, en tanto que los ecos resuenan en el bosque. Dejan sus armas en el piso, primero apoyando la culata y después dejándolo caer del todo.
Algunos tapan sus ojos con las manos y emiten un gemido gutural como el del que no sabe llorar o llora por primera vez.
Ahora se escucha algo en el bosque, el ruido de hojas secas pisadas con cuidado, pisadas que se acercan.
Los soldados conservan las manos en los ojos y creen mirar hacia el bosque en el mismo momento en que el ruido termina, dando lugar a un silbido que se distingue de los sollozos persistentes. Un silbido seco y corto como un disparo irrumpe entre los árboles.
Sólo en ese instante, cuando se hace un silencio que más que silencio parece una piedra, los acribillan a todos los soldados a balazos.
Mientras los cadáveres humean en la tierra regada de sangre, los sollozos comienzan de nuevo.
Se oyen ramas que se quiebran cuidadosamente, como quien no quiere hacer ruido. Los pasos pisan hojas secas, pero esta vez se alejan entre los árboles.

Sergio A. Iturbe
23/02/11

18.1.11

La profecía

“Ante la asfixia, lo primero que hace la víctima es sacarse los zapatos.
Después patalea convulsivamente durante el transcurso
de tres a cinco minutos. Quince minutos, los cuerpos
más livianos. Los menos afortunados.” (Informe forense).

Todo empezó con una frase insignificante. No le presté atención, no inmediatamente, cuando lo dijo, sino que más bien diría que no podría recordarlo si no fuera por el eco que generan todas las frases cortas después de un silencio largo.
Los voy a matar. Así lo dijo, mirándome. Luego cerró los párpados lentamente y ya no me miraba cuando volvió a abrirlos. Miraba a mis padres.
Después me miró de nuevo. Sonrió con dulzura.
Se fue.
Olvidé el asunto como se olvida el recuerdo de un sueño.

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A la semana mis padres murieron.
Bah, a la semana… Murieron al otro día, sólo que los encontré una semana después.
Ahorcados.
Llegué a la casa. En la reja había una cantidad excesiva de folletos enrollados en los firuletes, en el picaporte y hasta debajo de la puerta. Algunos sobresalían como guirnaldas.
Toqué la puerta y no atendió nadie. Sorprendió la capa de tierra que opacaba el vidrio.
Es que mi madre era muy cuidadosa con la limpieza. Como todas las madres.
Abrí con la copia de la llave y los encontré balanceándose en la viga del living, lo que primero se mira al entrar a la casa. Al frente de la puerta de entrada.
Murieron con los zapatos puestos, justo como no hay que morir.
No voy a redundar en otras percepciones concernientes a los detalles que derivan de ver a los propios padres podridos y colgados de la viga de living, una semana después de sus muertes. No hace falta.

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Los de la Policía Científica dijeron, básicamente, que habría que recurrir a un deus ex machina para explicar cómo habían llegado ahí. O por qué.
Decían que era como si hubieran nacido en ese lugar, colgando. No había ninguna marca, ninguna sobra material de los preparativos: ni de la colocación de las sogas, ni del movimiento de sillas, ni marcas en la tierra sobre la viga. No hay propósito, dijeron.
La hago corta, de una vez: nunca se supo cómo habían llegado ahí, cómo habían podido conservar los zapatos puestos después de ser ahorcados. Eso no pasa nunca.

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Hace ya unos años de eso.
Hoy paseaba por el mercado de abasto. Estaba lleno de gente, de comerciantes, de clientes. En el medio del tumulto alguien pasó tan rápido que no logré ver su cara.
Te voy a matar, dijo.
Giré la cabeza para verlo, pero la gente ya lo había tragado y escupido lejos.

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Después de cerrar la puerta con llave me di cuenta de que no traía ninguna de las bolsas del mercado.
Me senté en el escritorio y me saqué los zapatos.
Es que estaba agitado y me faltaba el aire.
Por eso.

Sergio A. Iturbe
18/01/11

3.1.11

Exxxpo Erótica (Video)

2.1.11

Cómo me hice linyera


No tuve opción. Siempre llega el momento trágico en el que uno no tiene opción.
Era muy chico, estaba en mi casa con mi papá, mi mamá y mi hermano menor. Ellos eran la única familia de que yo disponía. No tenía amigos.
Recuerdo que estaba lavando un vaso y oía el ruido que hacía el agua al caer al desagüe. Imaginaba las tuberías podridas y el agua sucia cayendo a la cloaca.
Mi mamá, que justo estaba haciendo un bizcochuelo, me mandó al supermercado, a tres cuadras, a comprar harina.
Me puse las zapatillas, crucé el pasillo, vi a mi padre frente al televisor prendido y salí. No me apuré y me quedé viendo a unos cachorros en una veterinaria, pese a que mi mamá estaba apurada y el horno ya estaba prendido.
Cuando volví a mi casa, no pude encontrarlos. Donde antes estaba la casa sólo había yuyos altos, más altos que árboles medianos. Fui a la casa de uno de mis vecinos, preguntando qué pasaba con mi casa, con mi gente. No supieron responderme y te diría que ni me reconocieron.
Desde ese momento vivo acá, en este baldío. Acá estaba mi casa. ¿Ves eso, ese hueco circular? Bueno, ése es el desagüe del que te hablaba. No me explico cómo crecieron tan rápido los yuyos. Tampoco entiendo por qué no me avisaron que se iban, si les dije que volvía rápido.