18.8.11

La confesión


En realidad somos como niños atrapados
en la mansión de un pedófilo. Alguno de
ustedes dirá que es mejor estar a merced
de un pedófilo que a merced de un asesino.
Sí, es mejor. Pero nuestros pedófilos son
también asesinos. (Roberto Bolaño).
La verdad es que la situación se me fue de las manos, Carlos. Nunca pensé decir esto pero sí, se me fue de las manos. Demasiado poder en las manos, demasiado hago lo que se me canta el orto, nadie me ve. No sé si alguien puede con tanto poder. Con el poder de desenfrenarte, de sacarte la careta.
Imaginate un baño con el tamaño de una casa, un espacio delimitado en el cual podés ser inmoral, masturbarte, mirar con cara de pelotudo al espejo, sacar músculos, recortarte los pelos de las pelotas, reventarte los granos que te salen en el tronco de la poronga, sacar las conclusiones más imbéciles. Todo. Pero imaginate un baño con mucha gente. Ni siquiera con mucha gente. Con alguien más, además de vos. Ahí ya cambia la cosa. No sé si el baño es tan baño si uno no está solo. Pero por ahí va la cosa. No sé si me entendés. Pero vamos al grano, como siempre te digo a vos cuando te vas por las ramas. Mozo. La carta, por favor.
Me mandaron a limpiar la zona, como dicen ellos. Era algo bastante fácil, según me dijeron. Entrar en una casa de familia, cuyo sostén es el hijo de puta más grande que te podés imaginar, sacarle la data e irme. Un código del cual no tengo la más puta idea qué es. Mujer, tres hijos, el hijo de puta y yo. Eso es todo.
Ni siquiera me tomé la molestia de entrar sutilmente, por la puerta de atrás, por una ventana o mientras entraba el auto. No. Pateé la puerta de entrada, y listo.
Entré.
Después la cerré pero en realidad la entorné porque la cerradura voló a la mierda. Viste cuando pateás justo en el picaporte y saltan pedazos de metal y astillas de madera por todas partes. Una patada seca, firme. Una sola.
Traeme una ginebra. ¿Vos qué querés? Bueno, una ginebra y una lágrima. Lindo nombre para un tango. O para algo, no sé.
No, no. Ginebra Llave, la única que existe, cuál más.
Bueno, la cosa es que entré y ahí nomás la mina empieza a gritar, tan sordamente que ni siquiera la escuchó el hijo que estaba en el baño. Ponele que de acá a la barra, adonde está la máquina de café. Se tiró al piso haciendo un quilombo bastante grande, porque exageró y arrastró los floreros y todas las mierdas y adornos que había arriba de la mesa ratona. Un melodrama barato. Ahí se dieron cuenta de que había algo mal y vinieron.
Tranquilos, que no pasa nada, les digo, mostrando y digamos que apuntándolos con la nueve. La nueve milímetros que vos conocés, la que es negro mate. Sí, ésa. La que te gusta a vos y nunca presto, sí, esa misma. Les apunté haciendo una barrida general, como para asustarlos y tranquilos, que va a estar todo bien si no gritan. La nenita más chica empieza a llorar como si hubiera visto un monstruo. Le apunto y le digo CALLATE. La pendeja regula el llantito y el gesto modula un sonido que se parece al que hace tu auto cuando se ahoga. Que lo acelerás y sale un humo negro de la puta madre. Ese ruido, casi igual. Hasta que se apaga. Hasta que se calla.
Pero no nos vayamos de tema porque estamos hablando de otra cosa. Me tengo que justificar ante alguien, no me creí capaz de hacer lo que hice, pero te juro que lo disfruté. Lo disfruté hasta que terminé de hacerlo. Cuando hubo silencio se fue todo al carajo. No pude haber hecho eso. Gracias, y traeme un carlitos, por favor. ¿Vos no querés nada para comer? No, traeme eso, nomás. La puta, a esta hora de la mañana me da  hambre, dos horas después de levantarme. Es un reloj, che. No hay con qué darle.
Te estaba diciendo que cuando le apunté se calló. O el gemidito ese de mierda que tenía ya no molestaba, que es lo mismo. Las cosas que no molestan están al mismo nivel de las cosas que no existen, viste cómo es.
Pero bueno, tampoco podía pretender que dejara de llorar mientras le apuntaba con una automática. Pero escuchame una cosa: estos pendejos son más sensibles que la mierda. El barrio no es como el mío. En éste no se ven chumbos ni puntas por ningún lado. Acá todo es nuevo y prolijo. Todo de colores claritos, lugares luminosos, ventanales gigantes. Todo redondeado y sin puntas, sin contaminaciones, todo puro, no hay olor a lavandina, ni a mierda. Ni a tierra. Todo parece la mezcla de una propaganda de dentífrico con una de desodorante de ambiente. Mierdas artificiales con olor a limpito.
En ese momento apunto a la nena y te juro que ni la madre se animó a ponerse adelante, tanto era el miedo que tenía. Todos se callaron de repente y, arrodillados en el piso, me miraron temblando hacia donde estaba yo, apuntándoles. Me acuerdo y me cago de risa, vos sabés. La cara de pelotudos que tenían todos. Increíble.
Ése es el punto en el que se me sale la cadena. El momento en el que me empieza a patinar la correa,  en el que se me corre el coágulo. En ese momento noté que tenía todo el poder, que ellos no podían hacer nada. Podía hacerles lo que quisiera, estaban a mi disposición. Háganme un lomito completo, les hubiera dicho si tenía algo de hambre. O si hubiera pensado en eso, al menos. Pero no, la adrenalina me hizo un nudo en el estómago. Sentía un ardor como el que se siente al mediodía cuando desayunás café solo, sin medialunas ni nada. ¿Me entendés?
Llamo al padre, con el que teníamos que arreglar el asunto, y levanta la cabeza. Es increíble que la gente se pueda hacer la pelotuda incluso en esas situaciones. Le estoy apuntando directamente en el ojo con una puta automática nueve milímetros y me pregunta ¿yo? Como si yo fuera un profesor y apuntara a una multitud incierta. Sí, vos, la concha de tu madre. Quién más. Los tres chicos estaban adelante, la madre detrás, abrazándolos. El padre estaba atrás, acurrucado como un papel abollado. Cola de paja.
Lo levanto del saco, del hombro, y le digo vamos a un lugar más apartado. Creo que dije algo así como privado, viste que los lugares muy solemnes casi cambian las palabras. O te hacen hablar más bajo, pero no era el caso.
La cosa es que lo llevo a la habitación y le digo dame fuego. Me da un encendedor de bencina de los caros y me prendo un cigarrillo. Atino a devolvérselo, mirá si seré imbécil. Como si fueras vos o un amigo, al que le devolvés el fuego automáticamente. Se lo estiro y se me queda mirando como preguntándome qué estoy haciendo. Como si un intruso no pudiera devolver las cosas, como si la educación no pasara por otro lado. Le digo tenés razón y me lo guardo en el bolsillo. Dame el código, le digo después. Me siento en la cama, una que parece un aeropuerto entero, con torres de control, pistas y todo. Como dieciocho plazas tenía esa cama. Apoyo los codos en las piernas y largo la primera bocanada. Le doy otra seca y esta vez lo miro. Le tiro el humo en la cara y la aparta como si no fumara o como si le molestara en los ojos.
Dale, no te hagás el gil. No tengo idea de qué código hablás. Escuchame, tengo que salir de acá con el código. Los que me esperan afuera se van a enojar, si salgo sin nada. Y si se enojan conmigo por tu culpa, yo me enojo con vos de antemano. Chupo y casi mastico la colilla. Te juro que no lo sé, no sé nada. Te confundiste de persona. No, no me confundí. Le largo el humo en la cara de nuevo. Sos vos, hijo de puta.
Después le pongo una mano, en el ojo. El ruido que produce el golpe se debe haber escuchado de afuera, porque todos empezaron a llorar más fuerte. Los que estaban afuera.
Me voy a coger a tu mujer acá mismo si no me decís el código, le digo en el oído con una voz que, en voz baja, debe sonar asquerosamente sensual. Es una frase que suele funcionar. En la mayoría de los casos. Entendés lo que digo, Carlos. La frase que nos gusta usar…
Me la cojo, acá, delante de los cuatro, le digo, levantando un poco la voz. El muy hijo de puta baja la cabeza, se arrodilla y me hace el teatro de tratar de ponerse a llorar, como un puto arrepentido. No la sé, se atraganta, tose y repite no la sé, te juro que no la sé. No les hagás nada. Ahoga una arcada.
Ahí es cuando le pongo un puñete en la mandíbula, se cae para atrás, o más de costado que para atrás, lo agarro y lo llevo al living, casi arrastrando, donde esperan los otros.
Apuntando ahora a la puta de la mujer, tan linda ella con sus tetas y sus liftings, la subo arriba de la mesa de la sala de estar. No, por favor, me dice el hijo de puta que todavía no puede expulsar una gangrenada lágrima de mono, el muy cajetilla. Ella no se mueve, apenas respira pero me mira con una cara de terror que es indescriptible. Calculo que debe ser tan indescriptible la cara como lo que siente. Me acerco lentamente. Mirándome la bragueta y a mí, ida y vuelta; ida y vuelta. No, no, delante de mis hijos no. Justamente, delante de tus hijos, puta de mierda. Le abro las piernas le corro la tanga y se la pongo hasta el fondo. Cuesta un poco por la tensión, pero se la pongo y grita. El chiste del relájate y goza es cierto. Si no te relajás, se te raja a lo largo y es muy doloroso. Y por el orto ni te cuento. Te tienen que hacer diez puntos. Mínimo.
Grita y sigue teniendo los ojos grandes, mira a sus hijos y a su marido, llorando y gritando al ritmo de mis empujes. Se le corre la pintura de los ojos y se ve más linda, me calienta más. Sus hijos, gritando mamá, mamá, lloran. Mientras se la pongo les apunto, claro. El padre está sentado en el piso, la espalda contra el espejo que cubre toda la pared, ya la corbata desajustada, el primer botón desprendido, con la cara entre las manos, tapándose los ojos con los puños y haciéndose el que llora. Basta, ya está. Nada de ya está, le digo y te juro que la hago terminar. El orgasmo es psicológico, dicen. Sí, claro, tomá que es psicológico. No sé de dónde puta sacan que es psicológico. La hice terminar, un orgasmo que disfrazó de llanto, de autoconmiseración, pero la sentí temblar, sentí esa succión casi imperceptible, cuando se abre más para sentirla más adentro. Terminó delante de los hijos, la degenerada. ¿Podés creer? Y terminamos al mismo tiempo, largando un suspiro que me dio vergüenza ajena. Escuchando los nenes, qué bárbaro. Los nenes a la distancia de acá a la puerta, ponele. Como de acá al auto ese estacionado.
Mientras me limpio le digo que mejor tome pastillas. La del día después. Porque se viene un hermanito para los pendejos, le digo a ella, abierta como está. Un hermanito nuevo, le digo a los pendejos.
Bueno, bueno. Se viene la nena, hijo de puta. Te doy el tiempo que tardo en fumar este cigarrillo, le digo. Agarro el Zippo de la mierda esta, saco la etiqueta de la campera y prendo uno, después de cerrarme la bragueta.
Me siento en uno de los sillones y miro por la ventana. De vez en cuando pasa un auto, gente del barrio de mierda con sus perros de raza, pero nadie parece saber lo que pasa acá adentro. Pienso en vos y me imagino lo bueno que estaría que me acompañaras y nos divirtiéramos en esa casa. Descontrol.
No, mi hija no, por dios. Ella no, ella no hizo nada. ¿Y tu mujer sí, pedazo de mierda? Ella se merecía que me la cogiera, ¿no? La mujer, en ese momento mira con tanta cara de mierda a su marido que pienso que cuando me vuelve a mirar ya me mira con cariño. Como queriendo que me la coja de nuevo. Por el comentario de mierda del marido. Ni se dio cuenta de lo que decía.
Con esto que me pasó, que hice que pasara, en realidad, he aprendido varias cosas de la psicología humana, hasta dónde cosas horripilantes pueden hacer que otras igualmente horribles pasen a segundo plano. Como una violación, por ejemplo. Una violación y la muerte. Viste que cuando le preguntás a alguien te dice que prefiere que la maten a que la violen. Típico de pelotuda a la que no le pasó nunca nada. Pero en la realidad se puede seguir viviendo con el agregado fortuito de haber tenido un orgasmo con un desconocido, por la fuerza. No podés comparar una violación con la muerte. No pueden ser tan idiotas, tan delicadas. Querría ver qué sienten viviendo en nuestro barrio, a ver si tienen tantas consideraciones.
El tema es que le dije que si no me largaba el código me cogía a la hijita, también. Espero a que se me pare de nuevo y me la cojo, eh. Dale, que ya se me acaba el cigarrillo y que no lo termino en el filtro, que lo termino cuando llega al dibujo de la marca. Le digo que no me gusta el gusto a filtro quemado en mis pulmones, que me hace doler la cabeza. Y eso significa menos tiempo.
Dale, la concha de tu madre, le digo, agarrando a la nena y sacudiéndola con la bronca que me da el padre. La siento donde ya había estado cogiendo, donde todavía quedan las manchas del flujo de su hermosa y multiorgásmica madre. Le agarro la pierna y la empiezo a acariciar. ¿Me decís el código?
Y no me lo dice, vos sabés.
Pero se me ocurre otra. Vení, vení, le digo al hijo de puta. Te la vas a coger vos, le digo. Y si no lográs que se te pare, le vuelo la cabeza. En ese momento el muy puto se pone a llorar desconsoladamente, diciendo que no puedo hacer esto, que cómo voy a hacer eso, que es muy chiquita. Te doy todo el tiempo que quieras, le digo. Podés excitarte con una foto, con algo. Pero si no te la cogés, la mato adelante tuyo. Vos elegís, le digo. Juan, por favor, dale lo que te pide. No queda otra, dice la que me acabo de coger. A la nena no, dice la madre. Te juro que se lo dice como si no la dejara ir al kiosco o como si le estuviera diciendo que deje a la hijita que pruebe lo que a ella le había gustado mucho. Es eso, en realidad. Dice eso casi literalmente. No lo dice, pero lo insinúa, que para el caso es lo mismo. Con toda la pintura corrida y despeinada. Recién cogida. La veo y me caliento de nuevo. Y después dicen que es mejor morir que ser violada. No dijeron nada del sexo con gente conocida, ¿qué tal coger con gente muy conocida?
Cuando digo eso, como si pudiera elegir, en realidad, me pide que le alcance la computadora portátil. La abre y se va directo a una página porno y empieza a ver un video. No tarda en lograr una erección acorde, después de lo cual levanta la pollera de la nena, le saca la bombacha y trata de ponérsela muy suavemente, para no lastimarla. O no lastimarse. Ahí es cuando uno de los hijos mayores larga un sollozo, como un espasmo. Cierra los ojos y trata de no mirarla, centrándose en la pantalla de su computadora. Pero no, lo veo y de reojo la mira. Mira a la computadora para que no notemos que se calienta con la hija, el muy asqueroso. Pero la nena empieza a llorar. La voy a lastimar, no puedo seguir, dice. La quemo, le respondo. La quemo y de ésa no hay vuelta. Me voy de atrás y le pego una patada en el culo, después de lo que se escucha un grito desgarrador que casi tapa el sonido como de sandía crujiendo, el ruido que hace un pollo cuando lo partís a la mitad con las manos. Desde donde estoy se pueden ver dos piernas abiertas muy finitas, pero que conservan la forma femenina que se puede apreciar en la madre; el padre vestido de traje con el pantalón por las rodillas, un hilo bastante grande de sangre cayendo al piso. Primero un hilo que no salpica, pero después, cuando se hace más finito, cae de a poco, de a gotas que sí salpican en las rodillas desnudas y peludas del padre.
A ver, a ver, digo. Vamos a ponerle un poco de emoción. La cara de la nenita ya se desvaneció, ya está pálida y no tiene, incluso, la cara de sorpresa que tenía al principio, cuando sintió la verga de su propio padre entrando donde no sabía que se podían introducir cosas. Le pego una cachetada y se despierta y ya no está debajo de su padre sino que está arriba, subiendo y bajando como una autómata. La abrazo y miro a su padre que transpira como un deportista. Puedo sentir la embestida rítmica, el entrar y salir de la verga en lo que dejó de ser un orificio cándido para ser una rajadura sangrienta y chorreante. La suelto y ya te juro que se me paró, me excita ver eso, la expresión de sus hermanos mayores, de su madre que no puede creer nada de lo que está pasando, se da la cabeza contra el piso queriendo desmayarse. Pero no, no se desmaya y sigue siendo testigo del subir y bajar de su hija sobre su marido. Qué lindo que es, si pudieras verlo te emocionarías.
Dame el código, le digo, ahora enroscando el silenciador en la nueve y apuntándole en el sien a la pendeja. Dale, dame el número y podés llevarla a coserla, podés limpiarte la pija del flujo y de la sangre de tu hija, ya fuiste muy lejos, ¿no te parece?
Pero ni así me lo da. Me dirás que no sabe el código, que nadie soportaría eso en vez de decir un código alfanumérico. Pero yo conozco a estas mierdas y sé que son capaces de licuar a su familia entera y después tomársela con vodka antes de perder algo, antes de dar algo a quien se los pide con respeto. Porque todavía lo estoy respetando. No dije ni hice nada que no se mereciera.
Entonces trato de colocar la punta del silenciador en la sien de la pendeja y es difícil apuntar porque el padre sigue abriendo la rajadura, y todavía no termina. Hasta que no termines no la largás, le digo. Y veo que pone sus manos en las piernas de la nena para acelerar el ritmo y cuando va a terminar le vacío la cabeza a la nenita, le vuelo la tapa de los sesos y ahí la madre grita. Más que de horror de sorpresa por los pedazos de masa encefálica que disfraza al living de matadero. Y con la mitad del cerebro de su hija sobre el pecho sigue metiéndosela hasta que termina y grita y sonríe con placer, escupiendo pedazos de cosas inidentificables pero tibias. No sé si se ríe, no creo que se ría. Pero el gesto es como jovial, es la alienación del orgasmo. Eso dura tres segundos, cinco a lo sumo, y se la saca de encima y me grita, todavía escupiendo, que soy una asquerosidad y que la voy a pagar, una por una. Yo me cago de risa mientras me limpio la cara, que tengo algún despojo.
Y repito que me dé el código. Dale, no hagás que tus hijos se cojan a su madre, que no sabés la enfermedad que me puedo haber contagiado en la cárcel. O que te coja a vos. Te la pongo ahora. ¡Dale, decime el puto código! Nada de esto hubiera pasado, si me lo decías.
Bueno, dale. Ponete en cuatro, le digo. No me calienta el hijo de puta, me da hasta asco, te digo, pero todo sea por el putísimo código.
Dale, ponete en cuatro que ahora te toca a vos. Y los hijos agarran a su hermana y se fijan si está muerta, los muy ingenuos.
Y recién ahí lo larga, larga el código después de cogerse a la hija y hasta de coger el cadáver tibio de su hija.
Y el código es una cosa espeluznante que no me atrevo a reproducir pero que los hijos bien saben de qué se trata.
Y me da el código y me voy. Y lo mejor es que abro la puerta, salgo, y después la entorno de nuevo y me quedo cerca para escuchar si dicen algo. Y estoy un rato escuchando. Y no dicen nada. Hacen un silencio que me conmueve, tan nítido que es.
Y después me voy.
A tomar algo para sacarme esas imágenes de la cabeza. A tomarme una ginebra como ésta.
Y vos siempre al lado mío, escuchando mis travesuras, como cuando éramos pendejos. Cómo te gusta la chanchada, hijo de puta, ¿no?
Si serás degenerado, che. Pago yo. Mozo, la cuenta.
Contame algo vos, ahora. Y sacá esa cara, que tampoco es para tanto.
Tomá. Y no me traigas el vuelto, todo bien.

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