1.2.16

La guerra y la muerte

En tiempos de Enrique III de Inglaterra, se promulgó una ley que condenaba a muerte a quien "matare, hiriere y mutilare un hada". Como los guerreros estaban investidos de un halo de existencia mítica, el comandante en jefe de su ejército prohibió que se diera muerte a los enemigos en el campo de batalla mediante métodos violentos, es decir mediante el uso de armas de guerra.
En esa primera batalla luego de la promulgación, varios miles de soldados quedaron tendidos en el suelo. A lo largo de varios kilómetros se sentía el zumbido de los gemidos.
Al despuntar el alba, los campesinos de las inmediaciones, no pudiendo soportar ese murmullo, les dieron santa sepultura.
Las crónicas no aclaran si alguno de los enterrados estaba muerto.

18.11.14

Rotech X5

No fue como siempre, saliendo del banco o de alguna empresa multinacional. No. Se podría decir que fue en un lugar patético, cotidiano y falto de todo romanticismo: en la División Estatal de Alimentación.
                Salía con sus dos carmatics manejados por un solo control sincronizado con los dos aparatos. En uno venían los óvulos no fecundados de aves de corral y en el otro, las verduras deshidratadas.
                Está bien que los Guardianes no le dieron tiempo de reconfigurar el trayecto y desacoplarlo de su cuerpo, pero extrañamente el control remoto cayó encima de los óvulos, lo que generó que ambos carmatics terminaran sincronizados consigo mismos y que, eventualmente, finalizaran como un residuo electrónico más de los que flotan en la alcantarilla de Metrox.
                Hay que decir que no fueron originales en la forma de traslado: los Guardianes se lo llevaron en los típicos copjets federales. La nave celular, lejos de permitir que el cautivo se moviera, disponía de los famosos Dispositivos Ergonomic X4, que no dejan siquiera fruncir el ceño o hacer una mueca de desagrado.
                Cuando llegaron al Centro de Detención, no es que el cautivo se sorprendió de las inmensas proporciones de acero blindado de que estaba hecho el edificio, sino que más bien miró con apatía el piso como si fuera un Establecimiento Electrónico de Educación, y casi que previó que el Rotech X5 lo inmovilizara en la mesa de cirugía telecomandada en la que se transformaba cuando el paciente se dormía ayudado por la anestesia peridural y de una dosis casi letal de suero de la verdad.
           
            –No hace falta que te pregunte nada. Hablá.
            –Tengo el sopor del suero de la verdad. Y esta vez parece que se pasaron. Ya me deberían haber interrogado durante lo que duraba el efecto.
            –Las respuestas han estado al borde de la poesía y queremos respuestas concretas.
            –Mi forma consciente de hablar no difiere en mucho de la otra. Tengo el entrenamiento que ya saben: el de poesía y manipulación de robots de tortura. Y trabajo para ustedes. No pueden hacerles hacer nada para lo que no hayan sido diseñados. En eso se parecen a nosotros.
            –No los subestimes.
            –Me parece que son ustedes los que los están subestimando. Conozco a Rotech X5. Yo lo programé.
            –Precisamente. Ese modelo tiene un detalle. Quiero saber cómo se desprograma. La convivencia pacífica con robots humanos ha sido catastrófica, con consecuencias dignas de Sodoma.
            –Su diseño no se basa más que en afecciones positivas. La negación no existe en esta tecnología. Ni el mal.
            –Ése es el problema.
            –Eso no es un problema.
            –Sí, es un problema, mirá por qué te lo digo.
Todos salen del Establecimiento de Cirugía y ni siquiera se quedan a mirar. Se escucha un portón gigante que se cierra y la camilla se incorpora en sus miembros posteriores. Rotech X5 se acerca y le extiende una extremidad.

            –Ahora viene la mejor parte –dice, y le palmea la chapa que esconde los fusibles.


14.12.12

Disculpá que no me levante a saludar

La historia empieza bien, como suelen empezar estas historias.
Digamos que él fue siempre una promesa, o eso le hicieron creer a partir de ciertas aptitudes que se encargaba de fingir muy bien.
En el colegio fue poco más que brillante y supo incluso tres años antes de terminarlo que su certidumbre con respecto a su futura carrera era valedera. Toda su familia, viendo esto, se encargó de tapiar literalmente su escritorio con códigos civiles, penales y constituciones de muchos países.
Pero no sólo eso.
Veía a la chica más linda de todas, la miraba unos días: los movimientos, la ropa, cómo caminaba. Después se acercaba, le decía algo estúpido pero minuciosamente pensado y listo. Así pasó en la escuela, en el colegio y en la facultad.
La que conoció en esta última estaba predestinada a ser constitucionalista desde antes de nacer, digamos que incluso desde antes de la primera constitución: diez generaciones de abogados encumbrados; los dos primeros por mérito durante la colonia, el resto por portación de apellido.
Pero era linda, además, y esto fue lo único que hizo que la mirara durante unos días y que, al final, se acercara. Siempre ignoró su genealogía.
La primera vez que ella lo invitó a su departamento, el motivo estaba muy claro.
Llegó de la facultad a su casa, se bañó, se puso ropa menos formal, agarró las llaves del auto y se fue. No se puso perfume.
Según los peritajes, el sistema electrónico de emergencia no funcionó, y los frenos dejaron de andar en el último segundo de inercia, lo que hizo que el auto avanzara lentamente hacia las vías y que el tren partiera el auto en dos, arrastrando la parte delantera unos doscientos metros.
La parte de la cabina -ya sin la parte del motor y del tren delantero- terminó siendo el receptáculo de su cuerpo, cuyas heridas no hicieron que perdiera el conocimiento en ningún momento, lamentablemente.
Inútil fue el intento de los bomberos, media hora después, por separar los pedazos de motor de los pedazos de piernas amputadas, de la misma manera que fue inútil desoír los gritos de dolor durante media hora después de que alguien pudo escucharlos.
El corte se efectuó a la altura de la mitad del fémur, pero para evitar infecciones y demás complicaciones lo tuvieron que extender veinte centímetros más arriba.
La relación con esta chica no había ido tan lejos como para que ella tuviera que ir a visitarlo al hospital, por lo que su ausencia en este contexto no lo sorprendió. Recibió los mensajes de rigor, pero no más que eso.
El primer mes después de que volvió a la facultad tuvo mucha más asistencia de la necesaria, lo que hizo que se sintiera un cuadripléjico. 
Las muestras de afecto de la chica estaban a un paso de ser horror, por lo que las sonrisas que le dirigía mezclaban dosis iguales de falsedad y conmiseración, al punto que llegó a pensar que esas miradas no se debían diferenciar en nada de las sonrisas de los parientes que entran a visitar a un enfermo terminal en estado de consciencia.
Como era de esperarse, la chica fue alejándose imperceptiblemente del chico de la silla de ruedas y acercándose al chico que subía las escaleras de a dos escalones.
Un día, el chico que andaba a pie se llevó por delante uno de los caños de la silla de ruedas y suelta un mecánico "perdón" y después se da vuelta a mirarlo. Lo saluda como si nada hubiera pasado. Otro día estaba sentado en los bancos que rodean el pasillo de la facultad y ve pasar la silla de ruedas hacia el aula de la planta baja. El de la silla saluda haciendo un gesto con la cabeza que más que saludo parece un asentimiento. El otro, al ver el gesto, se levanta y le dice en un tono enrarecido que espere, que quería pararse para saludarlo, que qué falta de respeto. El de la silla lo mira como quien entendió un chiste dirigido inequívocamente hacia él.
El que va caminando no tarda en verse paseando de la mano con la chica en cuestión, lo que termina de confirmar lo que era inevitable.
A la semana, el de la silla va al departamento de la chica sin avisar. Esta vez no va en auto y no consta el móvil que utilizó para los fines. La puerta del edificio estaba abierta, por lo que subió los siete pisos, rueda hacia la puerta del departamento B y toca el timbre. No alcanza a esperar y ya escucha que alguien se apoya en la puerta para ver por la mirilla. Al no ver a nadie -quizá ve sólo una sombra-, una voz que el de la silla conoce pregunta quién es. Yo, responde, y parece que el que está detrás de la puerta reconoce la voz que le responde. La llave no tarda en entrar en la cerradura y la puerta se abre.
Hola, dice, probablemente, el que está parado.
El que está en la silla de ruedas dispara una pieza de museo de la Segunda Guerra, que casualmente fue uno de los objetos que se rescataron del auto del accidente. La bala perfora la aorta, con orificio oblicuo de entrada y de salida. Después de que termina de caer al piso, adentro del departamento se escucha un grito de mujer que no parece muy convencido.
Hola, responde el de la silla, y disculpá que no me levante a saludar.

25.6.12

La leyenda del que se fue y no volvió más


El viejo lo levantaba todas las mañanas con el desayuno. Siempre lo mismo: una mezcla medio rara de leche, chocolate y mate cocido. Nunca le dijo de qué estaba hecho, siempre le decía que era secreto. Pero lo de la yerba lo dedujo por unos palitos que quedaron flotando alguna vez en la taza. Levantate, che, que está el desayuno, decía, y prendía la luz de la habitación.
Esa mañana estaba en algún lugar y toda la rutina diaria se sucedió sin la menor interrupción. En un momento pensó en la normalidad, esa cosa tan horrorosa, y le dio frío. Ese frío que hace cruzar los brazos y encoger los hombros, como volviendo a una posición fetal, o a la oscuridad silenciosa de la cama, o a la proximidad de un calefactor.
Llegó a casa y su madre le dijo que había algo que crecía en la cabeza del viejo y que tenían que operar. Que extirpar, dijo.
Fue una operación de doce horas y la anestesia no era total. El tipo tenía que estar despierto y lo hacían hablar mientras operaban. Le hacían contar hasta diez. O decir su nombre y su dirección. Cosas cotidianas. Respondió todas las preguntas con exactitud telegráfica. El tono siempre el mismo. El tiempo y el volumen, también.
A las dos semanas ya estaba en su casa. Tenía una venda en la cabeza y se quedaba en la cama, haciendo el reposo recomendado por el médico. Después de un tiempo ya se levantaba a la misma hora de siempre y preparaba el desayuno. La primera vez que levantó a su hijo después del reposo, un lunes, éste ni reparó en la rareza de tener el desayuno preparado. No se dio cuenta hasta que vio la taza, donde había leche fría, sin azúcar, sin nada. Sacada de la heladera. En invierno. Cuando lo miró para buscar alguna respuesta, algo, el viejo miraba la alacena. Viejo, le dijo. Qué. Está frío esto. Sí, claro, respondió.
***********
Se pasaba horas leyendo. Horas y horas con la mirada fija en la misma página. Una vez empezó a reírse y su hijo le pidió que leyera. Y leyó en voz alta, un poco exageradamente, una escena de unos tipos que ponen mercadería en el carro de un caballo hasta que no puede avanzar de lo pesado que está. Y le pegan para que avance, pero el caballo ni se mueve. Hasta le pegan latigazos en los ojos. Y le pegan hasta que lo matan y queda ahí, tirado de costado con todas las cosas que había en el carro desparramadas un poco en la calle y un poco en las ancas.
     ***********
Una noche, después de hablar con su madre, estaba desvelado y pensaba en su padre. Manoteó un libro de la mesa de luz y se puso a leer. Leyó una escena parecida a la que había escuchado hacía poco. Un caballo que no puede con la carga que le pusieron en el carro y muere a palazos. Esta vez la descripción se detenía en la mierda que dejaba escurrir su esfínter distraído por los golpes y también hablaba del vapor que le salía del hocico, que primero salía furiosamente, que parecía tierra. Y después no había más vapor porque se había muerto. Con los ojos abiertos. La descripción decía algo así como que los ojos muertos mostraban, por fin, la merecida tranquilidad de los cuerpos que han trabajado toda su vida.
***********
Hemorragia interna, dijo el veterinario. Se sabía que no había vidrio en el tracto digestivo, pero no la causa exacta de su muerte.
***********
            Llegó más temprano a su casa y antes de bajar del auto creyó ver a su padre mirando por la ventana del living. Cuando entró, uno de los vidrios tenía una aureola empañada. El viejo estaba sentado en un sillón, mirando fijamente una página. No le pidió que leyera en voz alta ni le preguntó por qué se reía.
***********
            A la noche sufrió de nuevo de insomnio. La luz del living estaba apagada y no se veía más que un resplandor azulado que emanaba de la ventana que daba al patio. Pasó a la cocina y prendió la luz del extractor para no encandilarse. La luz se disparó oblicua, iluminando unos pantalones de gabardina que eran los de su padre, que se mantenía mirando un punto fijo de la alacena. Es tarde, papá. Andá a acostarte. Sí, claro, le respondió.
***********
Antes de tomar la leche fría del desayuno salió al patio. El perro estaba muerto, pero parecía dormido. Salvo por la temperatura. Cuando estaba desechando el plato donde comía, con los restos de alimento balanceado, vio un pedazo de carne atravesado por un vidrio casi invisible. A través de la ventana vio a su padre que entraba en la cocina y se paraba frente a la alacena y miraba un punto fijo.
***********
            Esa noche fue la última vez que lo vieron. La madre lo despertó y él pensaba que estaba el desayuno. Pero no. Le preguntaba dónde estaba papá. No se había acostado. Fue inmediatamente a la cocina, a fijarse en el último lugar donde lo había visto. Miró el punto que siempre miraba su padre como buscando una huella, un indicio. Pero no, sólo se veía una marca, un nudo que tenía un color más oscuro que el del resto de la madera.
***********
Un día se levantó más temprano y encontró la ventana de la cocina abierta. La cortina flameaba chocándose contra el cristalero. En la mesa había una taza. Fue a tomarla, sabía que se encontraría con la leche fría, sola, sin nada, la que él le preparaba para el desayuno después de la operación. Creyó con todas sus fuerzas, se lo imaginaba en algún lado, esperando aparecer el día menos pensado. Perdido entre la gente en una peatonal, anónimo. Miró la taza de nuevo y la probó. Era leche fría, sola, sin nada. Se la terminó en dos tragos. El viento le dio en la espalda y sintió un escalofrío.
***********
Ella se había desvelado media hora antes que él. Venía con el café instantáneo en la mano, desenroscando la tapa. Te tomaste la leche sola, le dijo. Sí, claro, le respondió. Y cerró la ventana y puso la taza vacía en la mesada. En un momento pensó en darse vuelta y mirar la mancha de la alacena, no recordaba haberla visto antes. Se quedó un rato mirándola y se preguntó quién era. ¿Tengo que despertar a mi hijo o mi padre tiene que despertarme a mí?, puede haber sido lo que se preguntó. Siguió mirando la marca de la alacena aunque vio que alguien lo miraba desde el jardín. Después dio media vuelta, se puso el saco y salió a la calle. No volvió, como ya se ha dicho.

7.5.12

Brisa


Después de mudarnos tuvimos una hija a la que llamamos de una forma que pretendo conjurar en este momento. Ninguna conjura mejor que el silencio, pero voy a nombrarla: Brisa.
Dicen que los nombres escriben cierto destino, determinan tanto la longevidad como lo efímero de una existencia. Éste es el caso. Cuando fui al cementerio, meses después, vi que había varias tumbas llamadas Brisa. Es el nombre que le ponen a los bebés que nacen muertos o los que mueren al nacer. Por lo efímero.
El barrio al que nos mudamos era nuevo y tenía problemas con la iluminación. Cuando oscurecía prendíamos velas en toda la casa. Recordaba la escena del bebé al final de La gran aldea y alejaba lo más que podía las velas de la cuna. Para evitar la evocación de esa imagen elegí sacarlas de la habitación.
Un día, al salir de mi casa para ver la calle a oscuras, me encontré con el vecino. Habló de hurtos, de unos disparos y de que tenía un perro. Uno que ladraba, mordía y mataba, llegado el momento. Le hice caso y compré uno a la semana. A los tres meses era un perro grande que ya se había comido íntegra la pata de una silla de algarrobo. Mientras le mostraba las pocas astillas que habían quedado en el piso le grité que no, que no lo hiciera más.
Era un perro que gruñía cuando pasaba un auto, cuando pasaba gente, cuando el viento chocaba contra las ventanas. Y cuando le decían no.
Un día volví a casa y tengo que decir que el living parecía una catedral medieval.
Entré en la habitación oscura, palpando los muebles. Cuando puse un pie entre la cuna y la cama, la suela se adhirió al piso como si alguien hubiera tirado algo dulce. Pateé algo que parecía un zapato. Se me erizó la piel, sentí una gota de transpiración fría en la sien.
Di la vuelta, tratando de no pisar nada, y escuché que alguien abría la puerta. Me apuré a salir de la habitación intentando conservar el equilibrio. Me fallaron las piernas y apoyé la rodilla en el piso. Cuando me levanté sentí que estaba húmeda y fría. La luz de las velas entraba desde el living y mi sombra impedía que pudiera ver la cuna. Corrí hacia donde entraba la madre y la abracé temblando. Me preguntó qué pasaba abriendo los ojos, suplicando que no le respondiera. Nada, nada, le dije mientras empezaba a llorar.
Después trata de escapar, zafa de la presión con la que la sostenía. A ella también le fallan las piernas y se abraza a las mías. Cuando la levanto, su cuerpo es un peso muerto que mira mi rodilla como si se estuviera quedando dormida. Corre a la habitación y yo la agarro con toda la fuerza que puedo.
No entrés, le digo con voz temblorosa. Por favor.
No, no, no, dice ella. Entre la cama y la cuna, tapado por dos sombras que tiemblan, se escucha un gruñido.

17.1.12

El incidente

    "Te veré de nuevo. Lo sé. Bajo la cascada”. (Yukio Mishima).

    Por alguna extraña razón tuve la desafortunada oportunidad de escuchar sus últimas palabras.
    Está claro que a las últimas palabras de una persona siempre las envuelve un halo de misterio que muy frecuentemente deriva en un vaticinio que todos se encargan de ver cumplido, por más descabelladas y herméticas que sean.
    No bien ocurrió el accidente me eché toda la culpa, aunque sólo fui el agente pasivo de circunstancias fortuitas.
    Me desempeñaba como piloto de helicóptero y mi función era transportar al gobernador cada dos días a diversos lugares fuera de la ciudad.
    Una vez, lejos de lo acostumbrado, piloteé el helicóptero para llevar un paquete cerrado que iba dirigido a un intendente del interior. Como iba a hacer muchos kilómetros sin compañía, invité a un amigo que gustaba de toda cosa que volara. Es así como quedamos en encontrarnos en el helipuerto de la casa de gobierno, lugar al que llegó tarde por una fiebre de su hijo recién nacido. Aunque demoró media hora más de lo que habíamos acordado, pudimos salir a la hora estipulada.
    El accidente tuvo lugar en el aterrizaje de ida y en un momento pensé que las pérdidas iban a ser materiales, solamente.
    A causa de una falla del aparataje de medición del viento –aunque había sido debidamente chequeado según las normas- no pude ver que en el instante del aterrizaje se levantaba un viento cruzado que no pude manejar manualmente debido al tamaño excesivo del helicóptero. Éste se inclinó hacia la derecha y la hélice mayor quedó enterrada en el pasto aledaño a la pista. El motor, aunque trabado, hacía un ruido infernal que me aturdía incluso con los auriculares todavía puestos. Podría haber accionado la palanca de emergencia para desactivar el sistema eléctrico, sí, pero en vez de preocuparme por el aparato me ocupé de sacar a Carlos de la cabina, ya que el helicóptero estaba acostado de su lado y él estaba inconsciente.
    Cuando logré rescatarlo, lo ubiqué lo más lejos que pude del helicóptero, aunque la distancia no fue la suficiente porque yo tenía una fractura expuesta del fémur derecho. El motor seguía rugiendo y movía la gigantesca máquina lentamente.
    Pensé que había rescatado su cuerpo, pero todavía no sabía si estaba vivo o muerto porque no reaccionaba a mis gritos ni a mis golpes. Ahí es cuando el rotor principal  se despegó de la tierra donde estaba semienterrado haciendo un ruido de metal doblado. La hélice posterior descendió hasta donde estaba el cuerpo de mi amigo, seccionando su cuerpo inconsciente a cuarenta y cinco grados a la altura del abdomen. Yo lo sostenía del torso y puedo jurar que nunca voy a olvidar el sonido que produjo la sección de su cuerpo. Ahí fue cuando supe que no estaba inconsciente, motivo por el cual abrió los ojos como preso de un placer muy intenso. Después me miró y, mientras la sombra de la hélice proyectaba una intermitencia de sol sobre su cara, me dijo, no sé si debido al delirio de la agonía por desangramiento, que ya nos veríamos. Que nos veríamos de nuevo debajo de un sol artificial, literalmente.
    Después murió, con las vísceras desparramadas en el pasto seco, luego de lo cual el motor se apagó para siempre como si ya hubiera cumplido su función. Los ojos se le apagaron lentamente y dejó caer la cabeza sobre mis brazos ensangrentados.
    Todavía recuerdo el lunar, ubicado por arriba de los labios, en el centro exacto debajo de la nariz, donde hubiera estado el bigote si no se lo hubiera afeitado todas las mañanas. Ese lunar, combinado con los ojos oscuros, generaba una sensación muy extraña. Se formaba un triángulo que permeaba a cualquiera al que dirigiera la mirada.
                                                       *****************************
Muchos años después me encontraba en una dependencia de la Fuerza Aérea revalidando la licencia de piloto. Luego de hablar con la empleada de administración, giré y me llevé por delante a un chico, casi un adolescente, que esperaba ser atendido detrás de mí. Le pedí disculpas maquinalmente como quien cumple un requisito ridículo e indeseable. No te preocupes, no va a ser la primera ni la última vez, me respondió. Ahí es cuando lo miro y veo el lunar, simétricamente dispuesto debajo de la nariz donde debiera estar un bigote ahora ausente. Sonríe y yo me alejo alienado. Cuando recuerdo el triángulo de la mirada perentoria de su padre antes de morir, doy la vuelta y sigue parado en el medio de la sala de espera, debajo de un ventilador de techo. Ya no sonríe.
    La sombra de las aspas proyecta una intermitencia de la luz del fluorescente en su cara, lo que me hace recordar el olor de las vísceras de su padre.

12.1.12

Ellas

    No voy a decir que tuve un tiempo razonable para acostumbrarme a ellas, pero lo cierto es que llegó un momento en que las consideraba una compañía. Y esto es extraño si se considera que para que algo pueda denominarse compañía debe exceder ciertas dimensiones.
    El nido principal estaba en uno de los vértices de la bañera, a la izquierda de la pared de donde salía la grifería. Caminaban a lo largo de la bañera, pasaban por detrás del inodoro, doblaban en la puerta y atravesaban el pasillo por la junta de los mosaicos. Después se bifurcaban: unas se perdían a un costado de la heladera y otras seguían por el zócalo que llegaba hasta el patio.
    Aunque nunca fui obsesivo con la limpieza –odio el anonimato de las cosas pulcras- tuve que condescender con ella. Para que el recorrido siguiera su curso, nada era más eficaz que la limpieza.
    Hasta que un día alguien me dijo algo que no comprendí pero que asumí como un deber: debía matarlas. Esta persona asumía que eran indeseables y me obligó a matarlas. Yo las quería conmigo y entendí que debía matarlas. Temía que en algún momento se fueran, ya que el flujo comenzó a disminuir. Necesitaba cristalizar su compañía. Creí que seres tan diminutos no podían ser presa de un líquido aparentemente tan inocuo y transparente. Vertí el contenido del envase en el vértice de la bañera y el tránsito se aceleró. Corrían en dos hileras en sentido contrario, se chocaban, se rozaban y seguían su camino. La velocidad se incrementó y después casi que se detuvieron.
    Dejé esta visión y me acosté.
    Al otro día escuché un silencio más profundo que el habitual. El silencio que se escucha cuando no hay movimiento. Todo el recorrido estaba marcado con puntos negros, como cenizas.
    Ahora las tengo para siempre. Inmóviles, eternas. Y no corren el riesgo de estar solas. Ya no.

[Dedicado a S.D.M.].

5.1.12

Había una mujer...


Había una mujer estéril rodeada de muñecos. Al principio no le hizo caso a la explosión que se oyó afuera. Después se cortó la luz y siguió imperturbable.
Después se cortó la luz y vio el resplandor.
Ahora sigue sentada en el sillón, rodeada de los muñecos. Muñecos en la biblioteca, en el piso, en la bañera.
El fuego ilumina el costado derecho de su cara. El lado izquierdo podría no existir, pero mira hacia la ventana y toda su cara resplandece.
            Una sirena suena a lo lejos, pero se va acercando como el fuego que a esta altura ya entibia el departamento.
            Los vidrios crujen, pero todavía no se rompen.
            Luego, un rumor acelerado aparece en la proximidad de la puerta. Un silencio y la cerradura que estalla al ser pateada por un rescatista.
            -Primero salven a mis hijos- y mira al bombero a través de la máscara de oxígeno, que es lo mismo que verse en un espejo convexo.
Pero no, la salvan a ella y los muñecos arden muy rápido, dejando una pasta de plástico y tela que mucho después sigue chillando entre los escombros.
           

El regreso a casa


            Sube al auto y dice llevame a mi casa, hijo de puta. Arrastra las palabras hasta hacerlas incomprensibles. El auto arranca y el conductor no dice nada. Dale, pedazo de mierda, llevame a mi casa.
            En la radio suena un disco que el pasajero conoce bien. Un tema sucede a otro y sí, es el disco que conoce muy bien. El estéreo muestra dos luces azules que se sacuden al ritmo del auto.
            Mi casa, llevame a mi casa. Y el conductor nunca dice nada. Sólo conduce.
            Contestame, la concha de tu madre. Y el conductor sigue sin decir nada.
            Tomá, mierda, y el pasajero vomita todo lo que contiene su estómago. Vomita una y otra vez. El disco sigue sonando. El disco que el pasajero conoce bien.
            Y mira las dos luces azules que se hacen nítidas hasta convertirse en su equipo de música, el que se ubica al frente de su cama. Suena una música familiar. Las sábanas vomitadas, el piso vomitado, la mesa de luz vomitada. Se limpia la boca con la almohada. Todavía está mareado.
            En ese momento se abre la puerta de su habitación, y es el chofer –sólo ve su nuca anónima- que le avisa que ya llegaron. Y que el viaje cuesta el dinero exacto que tiene en su billetera, monedas más, monedas menos.

[Dedicado a Ramiro Martínez].

14.10.11

La primera te la regalan


¿Dónde puta están esos bares
donde te meten pastillas en el trago,
 dónde la filantropía es alucinación?
 Decime, abuela, dónde carajo
 te drogan el porrón.  (Anónimo).

Y el viejo que jamás tomó más de un vaso de vino te dice que la primera te la regalan. No sabe que te venden la primera, la segunda y también la que no te dan.
Y parece que tanto reírse de estas apreciaciones termina pasando que una gota transparente, inocua como el agua misma, cae sin ruido ni sospechas en un vaso de whisky con hielo.
            Mientras mira su vaso, tambaleante pero todavía consciente, se pregunta -es lo último que se pregunta- si tomar whisky en ayunas se ha vuelto tan inspirador. Y después ve flashes, luces, camisas desprendidas y mojadas de transpiración que se sacuden al ritmo de la música electrónica. Y después una chica con rasgos masculinos, muy femenina ella, se acerca a su sillón y le coloca una pierna desnuda en el medio de su campo visual.
            Y después de eso, nada.
            Aunque lo que se dice nada, nada, no.

****************

            La primera sensación con la que se despertó fue con un mareo, cosa que coaguló su intento de erguirse en donde yacía. Y no pudo porque estaba atado. Cuando abrió los ojos, o cuando intentó hacerlo, se encontró con un sabor entre salado y dulzón, no ya con una imagen.
            Y después de ese sabor, que ya conocía bien, una figura humana que se recortaba invertida contra los reflectores, descargando toda su leche en la cavidad semicerrada de su boca. Después una arcada y el semen que se derrama por la comisura de los labios y después por el cuello hasta la sábana oscura.
            Y un gemido bestial, como de orco.
            No pasa nada, es lo primero que escucha y que suena a falacia. Trata de deshacerse de la sustancia coloidal que se adhiere a su garganta, pero vuelve una y otra y otra vez hasta que tiene que tragarla. Un hilo áspero conecta la rugosidad de su lengua con las secreciones que ya han llegado a su estómago.
            Y cuando empieza a desvanecerse el dulzor amargo, aparece una reminiscencia: el whisky que no recuerda haber terminado/las piernas cruzadas/el jueguito de seguir el ritmo de la música con el hielo del whisky.
            La chica de las piernas, la del bar, le acaba de descargar todo su semen en la boca. Recuerda y resignifica los rasgos masculinos que había notado.
            Vos, dice.
            Yo, responde la chica de las piernas. Sonríe de un solo lado de la cara. Es una sonrisa entre tierna y libidinosa.
            Da vuelta la cabeza y un mechón de su pelo se le adhiere en el cuello, donde el semen se seca dejando una costra entre flexible y quebradiza. Una sustancia fría que dejó de ser tibia.
            Considera sus extremidades, estira las piernas, abre las manos y las cierra como probando su corporalidad. Gira la cabeza y puede ver otros cuerpos, inmóviles, acostados en unas camillas de parto, con las piernas muy abiertas. La mitad inferior desnuda/atados con esposas/camillas de parto.
            Y trata de levantar la cabeza, si pensaba que estaba en una cama. Pero puede ver sus propias piernas, abiertas, atadas, como los cuerpos cercanos. A través del vértice que forman sus propias piernas, pasa la chica de las piernas. Le tira una mirada, se detiene casi sin dejar de caminar y sigue.
            Vuelve con una erección desproporcionada con sus piernas descomunales, perfectas. Una pollera negra de cuero que brilla con los reflectores. La verga, aunque erecta, pendulea, superando los límites de la pollera. Con las manos se la estimula y venas azuladas adquieren características épicas.
            Agarra un frasco, abre la tapa y saca una crema -violácea pero transparente- y se la unta.
            En la camilla, ya resignado, deja de ver esos preparativos y fija su mirada desenfocada en un reflector. Unos insectos indefinidos juegan a asarse vivos.
            El reflector desaparece y una silueta se interpone. Es ella. La de las piernas. Uno de sus muslos roza su brazo y la piel se siente más fría y plástica que el cuero de su pollera. La chica de las piernas saca un sobre de nylon de un bolsillo de su campera. Un polvo que parece bicarbonato.
            Tomá, dice.
            Te juro que lo preferís, sigue.
            No, hablemos, responde. Por favor. No.
            Hablamos después de que te lo tomes, dale, abrí la boquita, dice estirando uno de sus brazos para buscar un vaso demasiado limpio con agua hasta la mitad.
            No vamos a hablar, estoy seguro.
            No sólo hablando se entienden los cuerpos, y le da el vaso, se lo coloca en la boca. El polvo hace espuma y emana un olor parecido al amoníaco.
            La cabeza, luego de beber, cae sobre la camilla y lo último que ve es a la chica de las piernas que deja el vaso al lado de un bisturí que brilla como una virgen inmaculada.

10/10/11