30.9.07

No dark sarcasm in the classroom


26.9.07

Hacer click en la imagen para ver como la gente.

Literatura fantástica

Me conocés y te burlás de mis esfuerzos, de mis límites y de mis obstáculos y de las cosas que me duelen. sos un forro, al final. jojojo. chau.

20.9.07

Nirvana - Heart-Shaped Box

She eyes me like a pisces when I am weak
I've been locked inside your Heart Shaped box, for weeks
I've been drawn into your magnet tar pit trap
I wish I could **eat** your cancer when you turn black

Hey!
Wait!
I've got a new complaint
Forever in debt to your priceless advice
hey
wait
I've got a new complaint
Forever in debt to your priceless advice
Hey!
Wait!
I've got a new complaint
Forever in debt to your priceless advice

...your advice

Meat-eating orchids forgive no one just yet
Cut myself on Angel Hair and baby's breath
Broken hymen of your highness I'm left black
Throw down your umbilical noose so I can climb right back

Hey!
Wait!
I've got a new complaint
Forever in debt to your priceless advice
hey!
Wait!
I've got a new complaint
Forever in debt to your priceless advice
Hey!
Wait!
I've got a new complaint
Forever in debt to your priceless advice
...Your advice

*guitar solo*

She eyes me like a pisces when I am weak
I've been locked inside your Heart-Shaped box for weeks
I've been drawn into your magnet tar pit trap
I wish I could **eat** your cancer when you turn black

Hey!
Wait!
I've got a new complaint
Forever in debt to your priceless advice
hey!
wait!
I've got a new complaint
Forever in debt to your priceless advice
Hey!
Wait!
I've got a new complaint
Forever in debt to your priceless advice
Your advice
Your advice
Your advice

Todos odiamos a Walt Whitman

¡Hojas de hierba mis polainas!

17.9.07

Pavo real (Por Juan Matías Gramajo)



“...los tiros no duelen mucho, él sabe que sólo arden...”
Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota


El recuerdo suele ser impreciso, pero al abrir los ojos no conocía frontera ni límite para el sentimiento de una brutal ira que aún no comprendía ni podía dimensionar. Los guardapolvos níveos se paseaban a mi alrededor y yo me veía listo para ejercer alguna función complementaria, me hacían consultas sobre algunas cuestiones programáticas, y con mucha seguridad organizaba sus idas y vueltas: yo era el organizador del palomar, tenía a mi cargo cada una de sus celdas, sus vuelos y sus mensajes cifrados. El resultado era un armonioso paseo de palomas al frente de un auditorio colmado, lleno de corridas por los pasillos, de preguntas urgentes, de llamadas imprevistas y demás. Todo se desarrollaba con absoluta naturalidad: los cantos tristes y lastimeros de malheridos y convalecientes desplumados se hicieron escuchar ante la indiferencia usual, le siguieron algunos de tonos exóticos, liras y odas interminables a todo color y a pura elocuencia verborrágica aduladora. La tensión del lugar se concentró en el momento en que se apagaron las luces y sobre la escena principal una luz blanca iluminaba al pavo real. Recuerdo que un acceso de tos amplificado daba comienzo a un silencio sepulcral. El ojo de la tormenta se produjo en aquel instante, cuando las primeras palabras se cortaron en seco con el estampido del proyectil dirigido contra el ave reina. El revoloteo fue inminente. Los guardapolvos volaron en todas las direcciones, chocándose alborotadamente unos contra otros, en medio de un griterío creciente a la par de la confusión general. Afuera la hierba mojada entregaba aire fresco y oxigenado, expandía las cavidades pulmonares y distendía florecientes alvéolos para recibir su gracia recuperadora de almas para algunos cuerpos. Cuando las palomas salieron a la luz, hubo las que emprendieron un vuelo desprolijo en clara señal de retirada, hubo las que cada vez que se agrupaban dejaban oír sus cotorreos sobre un magnicidio, hubo las que pronto rodearon el cuerpo del ave mayor y en una maratónica expedición se lo llevaron a donde nadie nunca supo, hubo las que nunca supieron qué debían hacer y por eso revoloteaban aún como desprovistas de ojos, como torpes murciélagos en pleno día.
Cuando logré estar sólo llamé a mis compañeros para avisarles lo que había sucedido y cuál era el estado de las cosas. Tal acción fue completamente inútil, ya que cuando pude establecer contacto con ellos ya los veía aparecer desde los edificios cercanos y desde las calles que desembocaban en aquel parque natural del saber, donde también había cascadas, ríos y lagos de agua potable para las siestas estivales. Algunas palomas espantadas ante la llegada de los nuevos invasores se refugiaron en el antiguo recinto sin más escapatoria que la desesperación. El edificio pronto fue rodeado por los manifestantes y un coro bailaba formando una gran ronda en torno a él. Los gordos se largaron a los gritos gruesos como eructos de puercos mal alimentados, atrás de ellos los bailarines de a poco y con gracia destrozaban el lugar, le siguieron los artistas que en cada paso dejaban un decorado vómito florido no libre de sus respectivas pestilencias. Los hechos fueron caóticos, dijeron los medios titulares en el epígrafe de una foto que mostraba a un pavo real degollado. El absurdo es bello, reflexionaba el fundamento de todo saber.
La noche llegó inesperadamente, y mientras armaban las tiendas para acampar, había que volver a la casa de tareas para registrar y documentar todo lo sucedido, comunicarlo a las demás organizaciones de camaradas que seguramente permanecían en estado de alerta y una vez resueltas las cuestiones administrativas dar aviso a la sociedad. Un patio separaba a aquella guarida de la casa de distensiones, donde se escuchaba música, bailes y risas de una profunda felicidad. Había que respetar y honrar cada hogar. El patio pertenecía a un espacio neutro, era el lugar por excelencia para el debate, la charla interminable, los grandes planes para el mañana próximo, siempre incierto. Así fue como compartiendo una cerveza y un cigarrillo con Adrián escuchamos el alboroto de la casa de tareas. De allí comenzaron a salir algunas compañeras y compañeros entre gritos e insultos eufóricos. Corrimos a la casa en dirección contraria a la avalancha humana y vimos que un grupo liderado por uno de los gordos, que había llegado en un auto negro y de chapa oxidada, estaba tomando por asalto el control de la situación. Los segundos que siguieron fueron más confusos aún. La memoria me devuelve la imagen de dos bandos enfrentados: unos amotinados en la casa de tareas, y otro grupo atrincherado en el patio y en la casa de distensiones. Cuando cada uno ocupaba su posición hicimos volar los primeros botellazos contra la casa de tareas para dar una primera avanzada y recuperar el terreno arrebatado. Los amotinados en la casa se abarrotaron unos contra otros y desde el patio algunos se acercaban agachados en cuclillas o al ras del suelo para cubrirse de posibles ataques. Miré a mi compañero y tras su gesto afirmativo me preparé para la corrida, levanté la vista y desde adentro del tumulto un par de ojos iracundos buscaba insidiosamente cargarse contra alguien. La decisión de avanzar estaba tomada y cuando apoyaba todo el peso de mi cuerpo para dar el primer paso ya tenía al frente el cuerpo entero del traidor con el brazo extendido y la mirada fija en el destino de una explosión de la que sólo recuerdo caer.
Sentía una profundidad abismal, silencios eternos y ecos de una realidad distante que chorreaba gotas frías, al tiempo que con el dedo índice penetraba en el orificio viscoso de la crueldad, del espanto y horror. La imagen de la sangre fluyendo continuamente no era algo para preocuparse, más bien resultaba ilusoria, irreal, cualquiera podía ser su color. Con la garganta anudada toqué el plomo sobre el final del túnel carnoso y aún con los ojos cerrados pude sacarlo hasta ver la luz. Brillaba sobre la mano ensangrentada una esfera inofensiva, extraña y diminuta. Cerré con fuerza los ojos y el puño con el metal, y ante mí pude ver una vez más ese rostro conocido que se abatía contra mí en una entrega desenfrenada, y esos ojos de bestia ante los cuales me juraba vengar.

(La foto es del autor)

10.9.07

Las predisposiciones de una hamaca de plaza.


Hay hamacas que dicen cosas, vaya que las hay. Pese a que las hamacas se relacionan con los domingos, termina pasando que ya es un día de semana y su significación parece trascender las falaces categorías temporales.
Hay (¡ay!) lo que parece ser una incipiente familia: hijo mayor de unos seis años, el otro de cuatro (tres, quizá). Sus padres no escapan de sus sombras, porque el cuidado suele ser una cadena imprecisa que se altera en la precisión institucional.
Hay maneras de demostrar que el que ocupa la hamaca en este momento es el nene menor. También hay formas de demostrar lo contrario; pero no es éste un tratado metodológico para sofistas.
La madre es la que esperaempujaeyecta la hamaca en un vaivén signado por el tedio y el hastío. (¡Qué aburrida es la física newtoneana!)
Si bien en la madre hay una espera pendular e intermitente, los que cumplen la función actual de la espera son el padre, que contempla lacónico y de reflejo un movimiento que le es ajeno; y el hijo mayor, conspirando contra todo tipo de estabilidad recomendable.
Si alguien osara cruzar el límite que proporciona la moral teórica -y nunca practicada-, las epopeyas metropolitanas se tornarían agrias y hostiles, y los corolarios dejarían mucho que desear incluso en un infierno calvinista (por predeterminado).
Al imaginarme tamaño sistema -el de una familia asistiendo a la moral consideración de que ir a la plaza un domingo es lo más puritano de que se dispone- no puedo más que repudiar la insensata intención estructuralista de fijar un logos en un lenguaje: vacua intención de anonadar el sonido chirriante de la hamaca con su disposición espacial -no temporal, no- y, al final, "hamaca" con su "h" displicente, su cadencia árabe, su moralina fónica y sus vocales que harían pensar en un silogismo perfecto-universal-universal-universal.
BARBARA.
Toda hamaca es una "hamaca".
Toda "hamaca" es una hamaca.
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Toda (")hamaca(") es una (")hamaca(").

Al hijo mayor no le queda más que distraer al padre, para que, a su vez, distraiga a su madre, la cual deje de atender al menor, que ya está cayendo en el más polvoriento y erosionado pozo perpendicularmente-sub-hamaca.
La madre no alcanza a sujetarlo, a frenar al cuerpo que con velocidad mínima pero suficiente caerá dorso-occipitalmente sobre una piedra volcánica.
El estrépito mortal, el sonido seco (como la tierra que besa) de la podredumbre que se avecina en la soledad dorso-epitafio, los gritos de madres empatizadas y ambulancias rutinarias que se avecinan en la rectitud de una avenida traficada.
Nada de esto supera las expectativas de una muerte, cosa que su hermano mayor alcanza a comprender, al momento que corre al menor de la tierra oscura que le fue destinada, se aferra a las cadenas, se sienta en el despojo lúdico y se hamaca jovialmente, no sin mirar desinteresadamente las prácticas reanimatorias que una vez más pasan desapercibidas en el marco de una plaza dominguera.

Sergio A. Iturbe
10/09/07