28.1.10

Jerome David Salinger (1919 - 2010)


[Si bien sufrimos de una aguda intriga acerca de su obra inédita, que posiblemente sea publicada a la brevedad, no por eso dejamos de entristecernos por la pérdida del genial escritor, muerto ayer a los 91 años, en su casa y solo como un perro, así como tanto le gustaba. Esperamos, desde Otras Muertes, que su espectro flote solitariamente en la inmensa Nada a la que estamos destinados todos, pero que él disfrutará especialmente.]

16.1.10

La cena




“Ico, ico, caballito, vamos a Belén,


que mañana hay fiesta y pasado también…”


(La máquina de picar carne –Almafuerte).



El otro día fui a cenar con el que era mi compañero en la secundaria.

Creo que el encuentro surgió una vez que nos encontramos en una peatonal de canteros circulares, y en diez minutos hablamos más tiempo del que habíamos hablado durante todo el colegio, incluyendo los recreos.

Ante la simpatía imprevista de mi interlocutor –otrora un imbécil consumado- quedamos en que nos juntaríamos a comer algo en algún lado la semana siguiente. Las excusas fueron posibles negocios que combinarían nuestras aptitudes profesionales, aunque en la cena, una semana después, ni siquiera se insinuó el tema. Por eso les llamo excusas, ahora.

Nunca imaginé que al restorán asistiría con su hija, que en aquel momento tendría unos cuatro años y puede que los siga teniendo. Lucía una pollera que a una adolescente le hubiera quedado eficazmente provocativa.

Él tenía el aspecto clásico del empleado bancario after office, con su camisa arrugada, la corbata desajustada y los dos primeros botones desprendidos. El saco viajaba en su antebrazo derecho, y más que saco parecía un repasador usado. Calculé que el olor guardaría una correspondencia con su aspecto. La camisa, indicio de su profesión, iba arremangada hasta antes del codo; y la mano izquierda sostenía una delicada manito derecha.


**********


Ya me había acomodado en una mesa adyacente a la ventana que daba a la calle, y cuando giré los tenía casi encima. La nena, sin preludio, me abrazó y besó ruidosamente. El padre, un poco más prudente, me estiró la mano de una manera que consideré artificiosa, pero que se debía a la incomodidad fruto del afecto desmedido de su hija.

Todo el tiempo que siguió a la introducción se desenvolvió entre anécdotas del colegio, rebeldías adolescentes, fiestas multitudinarias. El vino corría como un río dispuesto a ahogarnos. En un momento pensé en la nena que nunca dejó de clavarme sus ojos verdes mientras apoyaba su mentón en su pecho. Prudencia con el vino, es lo que pensé como siempre me pasa desde los treinta años.

En un momento de la noche, la nena empezó a jugar en la alfombra del piso, debajo de la mesa. Mientras, yo charlaba distendidamente con su padre. De vez en cuando sentía un roce en mi zapato, pero no le prestaba atención. No había por qué.

Al rato, el padre se levantó para ir al baño porque una albóndiga había rodado a lo largo de todo su pantalón gris claro. Me reí para amedrentar su torpeza. Antes me dijo que en caso de que se pusiera molesta, que le cantara la cancioncita infantil que dice


Ico, ico, caballito…


**********


La nena, ni bien el padre desapareció, se me subió encima, mirando hacia la ventana y dándome la espalda. Yo, condescendiente, empecé a moverla, a lo que respondió dándose la vuelta y poniendo una pierna a cada lado de la silla.

Traté de sacarla de esa posición que me resultaba algo incómoda en vista de la cantidad de gente que había en el lugar. Sin dejar de mirarme y de sonreír, se me subió a una de mis rodillas. Su movimiento, al hacer fuerza al compás del Al paso, al paso, al trote, al trote, al galope, galope, galope, marcaba rítmicamente sus muslos y pantorrillas. Mientras, me miraba, sonreía y mordía su labio inferior. Se mostraba brutalmente entusiasmada.

Al rato, el padre volvió sacudiéndose la aureola que le había quedado en el pantalón como si el agua y el aceite se fueran de esa manera. Con la nena todavía encima, lo miré con férrea culpa.

Motivado por la situación, moví la cabeza a un lado y a otro como volviendo a reírme del percance, mientras me desencajaba a la niña de mi rodilla.

Seguimos hablando como si nada hubiera pasado porque, eventualmente, nada había pasado. Cuando me pude levantar para ir al baño la nena me agarró el zapato con ánimo lúdico. Me solté y me fui. Cuando volví, él estaba mirándome. Al bajar la vista, se empezó a reír.


-No soy el único torpe, veo- me dijo, riéndose con malicia y señalando una aureola en mi pantalón, cerca de la rodilla.

- Salsa que no has de beber, déjala correr –respondí riéndome también, al mismo tiempo que intentaba no pisar dos piernitas torneadas que se dejaban ver debajo del mantel.


Sergio A. Iturbe

16/01/10



8.1.10

El sueño de los justos


“Al pez le falta cualquier medio de comunicación con nosotros


y no puede inspirarnos compasión. ¡Si es que da boqueadas


incluso cuando está sano y salvo en el agua! Ni siquiera la


muerte altera su aspecto. Su dolor, si existe, está perfectamente


oculto bajo sus escamas”. La conciencia de Zeno. (Italo Svevo).



Ese día terminé de comprar el conjunto de suplementos que hacía falta para la pecera. No es que me guste tener animales aprisionados, pero en este caso se justificaba y paso a contar por qué.


Antes de que muriera, mi esposa tenía lo que se podría llamar una relación literaria con mi hija. Todas las noches ésta le pedía que le contara el mismo cuento, que trataba de unos pescados que hablaban y especulaban acerca de lo que habría fuera de esa lámina transparente. Los pescados de colores sostenían que afuera estaba la libertad, mientras que los pescaditos negros, por el contrario, le llamaban infierno. Tanto unos como los otros dormían de noche, soñando con que la lámina se volvía blanda y podían traspasarla. Los primeros tenían sueños; los segundos, pesadillas; aunque soñaban lo mismo. Lo onírico terminaba siendo la solución a todos los problemas de la vigilia, aunque no me explicaba cómo se podía diferenciar lo uno de lo otro.


Nadie tiene conciencia de lo difícil que es encontrar cuentos infantiles en forma de fábula que no tengan moraleja o, como le digo yo, moralina. Simple variación en el matiz del despectivo, pero algo es algo.


Un día encontré este libro de cuentos del que hablo. El autor era una persona con formación psicoanalítica, cosa que me hizo sospechar de sus intenciones, pero al menos aplaudí que no las hiciera explícitas.


Cuando murió, tuve que hacer algo decisivo para tapar tan terrible hueco en sus noches. No podía leerle el cuento sin que mi voz contrastara cruelmente con la de su madre. Pensando cómo podía hacer, decidí, en contra de mis principios como tantas veces, realizar la fábula en cuestión. Compré una pecera excesivamente grande para disimular la crueldad del encierro, además de comprar todos los suplementos estúpidos como el aireador, las plantas artificiales, cuevas de corales auténticas, calentador, etc. Llené la pecera de agua y de seis pescaditos: tres de colores y tres negros. Los negros costaban diez veces más que los de colores, pero tenían que estar también: el cuento lo decía claramente. La literatura puede llegar a ser muy cara si se la representa en la realidad, y eso que en este caso se trata sólo de pescaditos.


Lo que buscaba era atenuar mi voz con la maravillosa pecera, pero las cosas terminaron siendo muy distintas. Cuando volví el primer día después de comprar todo, la encontré en frente de la pecera, leyéndoles el cuento en cuestión. Como tenía cuatro años, la lectura era pausada y entrecortada, pero en estas pausas miraba a su audiencia.


Aunque me pareció que la ficción se me estaba yendo de las manos, dejé la valija y pasé a mi habitación a dormir mi cansancio, a ver si el sueño solapaba a la oficina.


A mitad de la noche, en la oscuridad, me levanté a tomar agua. Al pasar por el living, la vi dormida en el sillón. La luz tenue y fluctuante de la pecera la iluminaba de manera espectral.


Cuando me acerqué a darle un beso en la frente, cosa que no podía evitar al verla durmiendo, pude ver que los seis pescaditos reposaban a su lado, ordenados uno al lado de otro, fuera de la pecera.


La desperté suavemente mientras la luz ondulaba en su rostro y me preguntó qué pasaba. Sin responderle, le pregunté qué había pasado con los pescaditos.



- Les hice noni-noni hasta que se durmieron –me respondió mientras los arropaba a su lado.



Sergio A. Iturbe

08/01/10

[Dedicado a Florencia Aizenberg, que me aportó la anécdota; y a Amadeus Aizenberg, que la sufrió].