
He
renegado toda mi vida acerca de la existencia de familias normales,
convencionales. No obstante, es ésta una familia normal, convencional.
Papá,
mamá y sus cuatro y rubios hijitos. Lindos, todos ellos.
Papá y
Mamá, como son jóvenes, conservan ese combustible y agotable cariño aún no
desarticulado por el hastío y los reemplazos laborales y sexuales. Es por esto
que el viernes, ya liberados de sus tareas empresariales, Papá invita a Mamá a
cenar afuera. Es su aniversario de casados.
Esta
invitación -que quince o veinte años después resultarían intentos vanos de
restablecer una relación gangrenada- es en este momento una distracción semanal
no carente de una activa jovialidad. Están conformes con sus sueldos, con su
moderno auto importado, con el desempeño escolar de sus hijos.
Como el
mayor no tiene la edad suficiente para cuidar a los restantes tres, Papá y Mamá
deciden llamar a una niñera.
Papá,
aunque es Juez Penal, no repara en las notas frenológicas que hubieran
delatado, y sin dificultad, la perversión de esta joven.
Papá y
Mamá, confiando en la inutilidad doméstica de la que en otro momento fue una
indigente trabajadora nocturna, recomiendan a la atenta niñera que no abra las
ventanas "bajo ninguna circunstancia". Lo mismo con las puertas, tanto
traseras como principales.
Nadie,
salvo ellos en persona, puede ingresar en la residencia. NADIE.
Ignoran,
claro está, cuatro cosas importantes, a saber:
a) No
todo problema entra por las puertas o las ventanas;
b) Si el
problema entra por la puerta -o la ventana- no necesariamente tiene que ser a
la fuerza;
c) El
problema puede ser potencial. Esto es: el problema puede haber entrado hace
años, pero manifestarse de una vez y definitivamente en una milésima de
segundo;
d) Los
problemas, lejos de poder ser solucionados mediante precauciones diseñadas a
los fines, muchas veces -la mayoría- son generados por éstas.
Papá y
Mamá, envuelto cada uno en un halo de perfume francés, se suben al auto. Notan
un desperfecto en el portón automático, pero no le dan importancia.
"Mañana llamo al técnico", dice Papá, que no se da cuenta de la
trascendencia ingenua que implica la postulación de un mañana palpable y
previsible. "Bueno, pero que no pase de mañana", dice Mamá, creyendo,
como Papá, en las agendas y en los calendarios.
Los
calendarios suelen encontrarse en las agendas. El infierno, sin embargo, está
en el presente.
El portón
automático del garaje, aunque haciendo un chirrido escalofriante, se cierra
herméticamente.
La niñera,
muy curiosa, mira por la ventana de la cocina. Los mira sacar el auto del garaje.
Un
imprudente conductor de camión de mudanzas obstruye la salida del auto de Papá.
Papá,
apurado aunque sin motivos, se baja de su convertible. Gesticula de manera tal
que las palabras que pronuncia, si bien no son percibidas por la niñera,
parecen instrumentos arcaicos y obsoletos de comunicación. Inmediatamente
después, el camión se mueve posibilitando el tránsito de Papá.
La niñera,
cuando el auto desaparece de su campo visual, mira el reloj que pende de un
estudiado clavo ubicado encima de la puerta corrediza que comunica a la cocina
con el comedor.
La aguja
del segundero, roja como no lo son sus compañeras, no se mueve de su lugar: se
detuvo exactamente sobre el brillante ocho escrito en números romanos. VIII.
Faltan exactamente veinte segundos para que el minutero salte a la progresión
prefijada. Sin embargo, no es esto una falta temporal. No tiene pila, nomás,
que es una de las manifestaciones de la Nada.
Aunque
estamos entre dos opciones -tres contando la superposición de ellas- la niñera
(poco detallista y en éxtasis por las libertades que posibilita la ausencia de
los patrones, no repara en ello y se convence de una hora poco certera. Poco
certera, de más está decirlo, para esas convenciones tan tercamente
axiomáticas.
Los
niños, mientras, duermen apaciblemente en la cama de tres plazas de sus padres.
Es como
dormir con Papá y Mamá.
Pueden
sentir su perfume y, así, dormir tranquilos como asegurados por sus falaces
presencias.
Sus
actividades extraescolares (piano, violín, natación y equitación,
respectivamente) los dejan exhaustos mentirosamente temprano: recordemos que el
segundero no prospera.
La niñera,
previendo un posible e indiscreto regreso, mira por la misma ventana que
descubrió la partida del todavía feliz matrimonio. La ventana de la cocina.
Hace esto al tiempo que abre el segundo cajón. El primero es el de los
cubiertos. El segundo es el de los repasadores y los guantes de cocina. Saca
uno es estos últimos, se lo pone y se dirige a la habitación principal, donde
duermen los niños.
Con sumo
cuidado, y tratando de no hacer el más infinitesimal ruido, abre la maciza
puerta.
La
oscuridad y las respiraciones regulares los delatan: duermen.
Uno de
ellos finge.
El ruido
ya familiar de la puerta principal la desconcentra. Es Papá. La niñera se
altera: la han descubierto. No. No pasa nada. Papá ha venido por la corbata,
que yacía, olvidada, en el perchero detrás de la puerta. La cierra. El fade out
del motor describe su alejamiento.
La niñera,
suspirando, cierra la puerta que había abierto y, bajando las escaleras, se
dirige al living, al frente del televisor. Lo prende, aún con el guante puesto
en la mano derecha. Busca el canal de cocina, que no tarda en encontrar. Sube
su pollera y, con su mano derecha, empieza a masturbarse mientras mira los
retoques decorativos de una torta de chocolate y crema. Le excitan los postres
dulces. También los niños y los utensilios de pastelería.
La
relación entre estos elementos pasa desapercibida como el segundero del reloj.
Quince e
incronicados minutos tarda esta mujer para eyacular masculinamente sobre el
impecable parquet, no sin antes cerrar los ojos y aumentar su ritmo cardíaco
hasta gemir prudentemente, mientras sus piernas, salpicadas de manera grotesca,
casi que dibujan ciento ochenta grados en la Geometría y treinta y ocho grados
en la Termodinámica de su ahora irrigado y erecto clítoris.
La
impunidad de cuatro subconsciencias infantiles -recordemos, así también, que
una de ellas es conciencia fingiendo subconsciencia- no se compara con la inconsciencia
electrónica de una sola cámara de seguridad emplazada y convenientemente
camuflada en un cuadro tan decorativo como no-artístico.
El
todavía cálido efluvio de su orgasmo reciente se convierte en despreciable y
asqueroso mientras su pulso vuelve a la normalidad y descubre el incómodo sabor
de la inminente limpieza del piso.
El
parquet se mancha muy fácilmente.
El
estruendo que proviene de la planta baja aborta sus planes -seguir
masturbándose- al tiempo que salta del sillón y se dirige al lugar de origen.
Al subir las escaleras, la pólvora y el hierro se hacen presentes, primero, e
inmanentes, después.
La puerta
de la habitación principal sigue cerrada.
La
intriga y la baja presión arterial producen el martilleo de sus rótulas y el
posterior desvanecimiento de la rigidez de sus articulaciones: sus piernas,
todavía húmedas, tambalean al llegar al descanso de la escalera. En este
preciso instante estalla un llanto coral como de eunucos desesperados.
Tropieza
con uno de los zócalos, se precipita de rodillas y golpea estentóreamente su
cabeza contra la puerta.
Los
chillidos, en el clímax de los decibeles, cesan.
La puerta
se entorna en tanto que le impide darse cuenta de que el mayor de los hijos
sostiene una ensangrentada Smith & Wesson Magnum .357. Es el arma personal
de Papá, quizá descubierta fruto de un hurgar cajas depositadas en el vestidor.
Hijo-Mayor
ha escupido a Hermana-Violinista (ocho años) en su níveo rostro. Digo
"escupir" por la consistencia de los cóncavos trozos de cráneo que
descansan a lo largo y ancho de toda la habitación.
"Escupir",
como quien dice.
La niñera
se arrastra hasta los pies de la cama y en el trayecto saborea una tibia y
grisácea porción de masa encefálica.
Prefiere
la crema moca, decide.
Cuando se
asoma, lo ve a Hijo-Mayor sentado a un lado de la cama, apuntándole a
Hemano-Nadador (seis años). No, por favor, implora éste. Sí, dejame, dice
Hermano-Mayor. Se oye el ruido grave y resonante de un nuevo disparo. La niñera
siente como si ranas tibias y húmedas le hubieran saltado encima.
Hermano-Menor
se quita con la lengua los restos de sus hermanos. Son dulces, piensa. Lo dulce
le genera alegría. Sonríe. Esa sonrisa desaparece mientras el maxilar inferior,
desarticulado, choca contra el tapiz de la cabecera de la cama.
Hijo-Mayor
quiere despertar a sus tres hermanos, pero lo único que logra es mover dos
torsos inanimados y decapitados, que yacen aún en las ensangrentadas sábanas de
seda.
Parecen
sábanas de nylon. Brillan opacamente.
Hermano-Menor,
en pleno ejercicio de sus facultades, palpa la incomprensible ausencia de su mandíbula.
Su lengua, ubicada donde siempre, no encuentra el marco natural de su reposo.
Siente un gusto salado y recuerda el mar, el primer contacto con el mar.
No es sangre.
Es mar.
Recuerda
la articulación y los labios incrédulos de su padre. Mira a Hermano-Mayor e
interroga su tranquila expresión. Mira el arma.
Se
escucha el chirrido del portón automático.
La niñera
ha empezado a masturbar el exangüe pubis de Hermana-Violinista. Su cuello,
desgarrado y ahora terminación de su cuerpo, se mueve de un lado a otro al
ritmo del guante de cocina.
Hermano-Mayor
encuentra la mandíbula de Hermano-Menor, que ya no mira ni se mueve.
En la
planta baja, junto con la recomendación televisiva de no usar margarina sino
manteca, Papá y Mamá se ríen de eventos recientes.
El mozo
se parecía a Hegel, dice Papá.
Jajaja,
dice Mamá.
Ahora
suben las escaleras.
Claro,
ahora entiendo. Para eso el absurdo de cómo subir una escalera: es un libro
para ebrios, dice Papá y no sé a qué se refiere.
Jajaja,
repite Mamá.
Hijo-Único
sonríe cuando Papá y Mamá entran en Habitación Principal.
¿Qué es
esto?, pregunta Papá en el momento en que Hijo le estira un sobre de papel
madera.
Feliz
aniversario, exclama Hijo cuando Papá saca la mandíbula de Ex-Hijo-Menor.
Yo ayudé
a hacerlo, dice la niñera, que sigue masturbando a Fiambre-De-Hija-Violinista.
Gracias,
dicen enternecidos Papá y Mamá, abrazando a su hijo único y pateando, sin
querer el cadáver de Hijo-Nadador.
Papá
separa a Hijo de su pecho y lo mira, emocionado hasta las lágrimas.
De nada,
papi. Los quiero mucho, responde.
Nosotros
también te queremos, hijo, dice Mamá, mientras se limpia una lágrima que pende
de su mejilla.
21/07/08
[La foto es de autoría propia y corresponde a la primera frase del libro "Anna Karenina" de Lev Tolstoi].