17.8.09
El libro
En mis asiduos paseos por la calle Dean Funes, leí en un libro -cuyo nombre no recuerdo- acerca de un ejemplar bastante particular que andaba dando vueltas por la ciudad.
El libro en cuestión tenía tapas duras, negras, y el título en blanco que decía "El libro".
Según la contratapa donde leí esa información -lugar donde es peligroso buscarla- el ejemplar constaba de una hoja de cortesía más gruesa que las interiores, luego una hoja que evocaba el título; y en la siguiente página venía a residir el contenido de todo el libro. Su argumento, aunque bastante pobre, era perfectamente cerrado, sin embargo: se trataba de un escritor que paseaba por una calle atestada de librerías donde leía, en la contratapa de un libro, que existía un libro muy peculiar de tapas duras cuyo contenido se limitaba a una sola hoja. Este escritor, consumido por un deseo irrefenable de tenerlo en su biblioteca, lo busca incansablemente por todas las librerías de la ciudad y luego lo manda a pedir al exterior.
Sus esfuerzos, es previsible, son en vano: no lo encuentra nunca.
Al final, en la última frase -dice la contratapa- se descubre la razón por la que no lo encuentra.
¡La puta madre! Haber leído ese argumento tan sencillo me da ganas de tenerlo.
Recorro, luego de leer esa contratapa, todas las librerías de la ciudad. No lo encuentro. Lo pido al extranjero: Nada.
Una luz, como una clarividencia omnisciente, me hace entender la razón de mi fracaso.
Es que, claro, todavía no lo he escrito.
Sergio A. Iturbe
16/02/09
5.4.09
Nolo contendere

La primera imagen que tengo data de mi infancia, cuando andaba en bicicleta a través de las lajas negras desniveladas por radicales tentáculos subterráneos. Los veía sentados en el mismo banquito todos los días, sarpullidos de leves y umbríos destellos.
Un día, a eso de las cinco de la tarde, tuve que caerme de la bicicleta para esquivar un mosaico que me hubiera tirado de todas formas. Justo al frente se encontraban ellos, que se agarraron la cabeza melodramáticamente, saltando del banco de plaza para socorrer un posible llanto que, por lo demás, creo que se justificaba, mientras desprendían ese olor tan característico cuya solemnidad descansa en una simple yuxtaposición de naftalina y crema hidratante.
Tengo que decir que la exageración de estos ancianos hizo que llorara desconsoladamente. En esa época contaría con cinco años, aproximadamente. No recuerdo haber llorado en otra ocasión...
¡Pobre viejo!, exclamó el octogenario mientras me levantaba y me sacudía la rodilla lastimada. No sé por qué afán de protección potencial, la vieja sacó de su cartera floreada un frasco de Merthiolate cuando todavía era un líquido ocre oscuro que olía a lastimadura y a lágrimas. Acto seguido, destapó un tarro de gasas esterilizadas y, tomando una de ellas, la plegó en cuatro y la sostuvo en la herida hasta que una cinta de papel fijó el apósito.
Mientras, el viejo me secaba las lágrimas.
No es nada, no es nada, ya pasó.
Desde ese día, empecé a saludarlos y ellos me llamaban a su lado para regalarme caramelos Media Hora, patente exageración nominal, siendo que me duraban menos de cinco minutos en la boca.
Como vivían a media cuadra de mi casa, siempre los veía pasar lentamente, arrastrando un carrito bastante enclenque de dos ruedas (estructura metálica y tela escocesa de un verde que no he visto en ningún otro lado). Desde mitad de cuadra a la esquina, donde estaba la verdulería, tardarían quince minutos, y no es que exagere.
Sigo sin entender la adicción a las verduras que tiene la terdera edad. Tampoco la propensión a los carritos, a los caldos y a los "noticiosos", como suelen decir.
Por lo que supe después, nunca habían tenido hijos y yo era el que venía a llenar el espacio de la consecuente ausencia de nietos, para su diversión (y quizá fuera un simulacro póstumo de utilidad, quién sabe).
Mientras pasaban los años, tanto los ancianos como yo dejamos de frecuentar la plaza: el Nintendo me mantenía paralizado frente al televisor mientras los problemas de circulación los atornilló a sendas sillas de ruedas, a las que se sumaban gangrenas progresivas que le habían costado la amputación del pie derecho del viejo.
Así y todo, los seguía visitando los domingos a la tarde, ocasión en la que la anciana sacaba una caramelera de cristal cortado y me acribillaba con los litúrgicos caramelos del relojito que hedían a naftalina o era el capricho de su forma lo que ayudaba a que lo identificara.
Ante esta actitud de movilidad extrema -teniendo en cuenta su situación- la mujer que oficiaba de enfermera amonestaba -diría que más de lo necesario- su falta de obsecuencia médica con respecto al reposo minucioso que debían guardar, tanto ella como su esposo.
Luego supe que no era una enfermera, sino una joven de la iglesia que los ayudaba día de por medio motivada por esa piedad interesada que implica toda religiosidad, trayéndoles verduras y folletos eclesiásticos en cantidades análogas.
Desde que apareció la "enfermera", don Gauna, que así se llamaba el viejo, empezó a sentir una molestia, ésa que aparece cuando la autosuficiencia abandona a la ancianidad para depositarla en aparatos sofisticados y otros no tanto. Creo que fue este hecho lo que aceleró su envejecimiento, dado que sus ojos dejaron de brillar al verme aparecer los domingos.
Puedo solo, puedo solo.
Estoy cansado de molestar.
A veces, mientras don Gauna decía esto, veía a su mujer a través del pasillo. Nos miraba con turbación, con desesperación.
Después, fijándose en las ruedas de su silla, seguía el camino a su habitación y un sonido anunciaba su renuncia a dicha situación, a nuestro complot.
Una mañana -serían como las seis- oí un infierno de sirenas y alarmas que se concentraron a lo largo de la calle.
Maquinalmente me vestí y salí a la vereda, corriendo hacia la casa del matrimonio Gauna.
Dos ambulancias, recortadas en un amancecer rojizo aunque brumoso, y un móvil de la policía local enmarcaban la casa. Tuve un escalofrío. Todavía lo siento...
Los oficiales trataron de bloquearme el paso, que es para lo que están entrenados, pero me colé entre ellos, crucé el pasillo y me tiré contra el picaporte, abriendo con violencia la puerta de la habitación.
Ahí estaban los dos, tomados de la mano. Manos acribilladas de pecas, piel tensa y brillante, tendones salientes de un color violáceo.
Entre ellos, juro que lo sabía de antemano, había una bolsita de caramelos -los de la forma de naftalina- con una nota que decía "Nicolás".
"Nicolás" es mi nombre, creo que está de más decirlo.
Les comuniqué mi identidad -para poder ver la nota- a los oficiales que trataron de sacarme del dormitorio. Cuando logré que me la dieran, desplegando el papel, pude ver lo que decía:
"El secreto es no morderlos. Don Gauna."
En ese momento, oí la conversación entre un policía y un periodista:
-No querían molestar más. Esto es muy frecuente en su situación -dijo el oficial-.
-Esto parece un cuento, una novela. Literatura... -respondió el periodista-.
-¡¿Cómo?! Deje de hablar humedades. Esto no es literatura. No se lo permito -replicó el paladín de la ley.
- Lo que no es literatura permanece callado -dijo el cronista, mientras agitaba el papel escrito por don Gauna.
Tenía razón.
La nota, digo.
Sergio A. Iturbe
16/01/09
24.3.09
Conmemoración

La policía está involucrada en los preparativos, incluso.
Todos están a favor de la conmemoración.
Conmemoración conmemoración conmemoración.
Triple conmemoración: también existen los que no conmemoran. Se puede, está permitido, dentro de todo. Lo juro. Aunque termina siendo cualquier cosa menos una no-conmemoración.
A las mismas seis de la tarde pautadas, los televisores de plasma escupen a través de vidrieras -invisibles pero supuestas- una cara femenina.
Big Sister.
Con entusiasmo (y es literal) condesciende con la multitud homogénea, masticando símbolos hasta el cliché.
Las banderas y las percusiones no pueden más que manifestarse homogéneamente, también.
Conmemoración conmemoración conmemoración.
[Que se vayan los símbolos. Con eso nos conformamos].
4.2.09
La inmoralidad de los parques

Lo que al principio despuntaba como un mero capricho -al menos a los ojos de su madre- se iba transformando en leit-motiv mientras avanzaba la persistencia de Alex, un niño de cinco años.
"Quiero un conejo glotón", vociferó de una vez y para siempre una mañana a despertarse.
Desde ese día -asistido por una cierta indolencia lógica que mutaba en absurda una frase perentoriamenteracional- se dejó llevar, sin sentir culpa, por esa marea aleatoria que presede a la vigilia.
Oficiando de preparativos, Alex se ocupó cinco largos años - los años son todos iguales, a excepción de cuando se espera- de cultivar frescos pastos de la variedad Carnifex Cuniculi para recibir lo que sabía que le regalarían un día u otro.
Uno podría pensar -y todos pensaban- que el animal en cuestión sería una justificación para lo que parecía una apoteosisde los necesariamente maniáticos cuidados botánicos.
Su madre gustaba -no encuentro otra respuesta- del sadismo premeditado de ver a las aves encerradas en delicadas jaulas doradas. Una especie de condervadurismo.
Muy distinto sucedía con los mamíferos, dotados de esa libertad de recorrer largas extensiones de parque.
Artrosis envidiosa de grandes velocidades y de aire libre, se entiende.
Esta señora, condescendiendo con esta larga agonía -el esperar de Alex- se agenció de un hermoso conejo blanco que regalaba un verdulero (de los que lucen una lapicera detrás de la oreja derecha) al ver la disminución que sufría la mercadería a la noche, cuando el local se cerraba y el animal lo habitaba con sus dientes.
Blanco, diríamos, aunque tanto sus orejas como su hocico estaban teñidos de un gris que lindaba con un elegante verde metalizado. Sus ojos, por otro lado aunque no muy lejos del hocico, eran de un color rojo, que dotaba a todo el bicho de una insensibilidad e intensidad tan patentes que sus tiernas actitudes se eclipsaban por estas características físicas. Estos rasgos superficiales, por lo demás, ayudaban a esta mujer en sus prejuicios específicos.
Al llegar a su casacon las bolsas del mercado y un conejo bajo el brazo, Alex, como previendoa su nueva mascota, miraba a través de la ventana que daba a la calle. Al notar esa suave bola de pelos, corrió por el pasillo que separaba el living -por cuya ventana miraba- de la ventana de patio interno y echó una mirada embebida de pasión hacia las verdes pasturas.
Esa pasión, que parecía fuera de lugar para el que lo viera cuidando de su jardín por años, fue amedrantada pòr una mueca que se dibujó en la comisura derecha de sus labios, manifestación de esa jovialidad que genera toda nueva mascota.
Luego de unos escasos aunque suficientes segundos de dicha contemplación, desanduvo el pasillo y logró llegar al sillón lindantecon la ventana del living para sentir el eternamente indiscreto sonido de la cerradura al ser penetrada por la llave.
Como suele ocurrir con toda dádiva, Alex corrió hacia su madre emulando una ya disuelta sorpresa, saltó como lo haría un venado perseguido y, abrazándola, mezquinó uno de los brazos que se apoyó violentamente sobre el conejo, que se estremeció al punto mostrando sus orejas.
-¡No puede ser! ¡Un conejo!- gritó, mientras levantaba al animal para examinarlo, quizá con la intención de poseerlo de algún modo.
Luego del escandaloso encuentro, Alex llevó al conejo a la galería que se yuxtaponía al jardín, apoyándolo en el piso y reteniéndolo con una mano. En ese momento, y en un rapto inverso de gestualidad, su alegre expresión se tornó oscura y sus labios temblaron.
En este punto, Alex soltó al animal que maquinalmente se dirigió hacia las venenosas pasturas.
¡Corre, corre!, gritó, y en ese momento comenzó a llorar su pérdida...
Sergio A. Iturbe
08/01/09
[Carnifex Cuniculi es una variedad inexistente de pasto que significa "Verdugo o asesino del conejo" en latín. La ingesta del mismo debe producir una muerte lenta y dolorosa, como se sobreentiende por su denominación y por la resignación del personaje principal al soltar al animal a su suerte. (Nota del autor)].
El fugitivo

Después del disparo, corrió en dirección contraria a toda lógica: hacia la azotea. Fea palabra. Hacia la terraza.
Se mareaba.
Pretendía el detello de luz en un laberinto de escaleras enceradas, graníticas, dálmatas.
Tres o cuatro patadas al picaporte y la luz que estalla. Seis de la tarde.
Corre a través del aislante refractario ostentando, con gracia, una flor chorreante. Una flor incrustada en su pecho.
Las gotas se desprenden, multiplicadas hacia su coagulación. Una felicidad indefinida.
Corre, corre. No siente su propia respiración.
La puerta, presa del viento, aplaude a la izquierda y aplaude a la derecha.
Por reflejo, por automatismo, da la vuelta y apunta con su arma al vacío ascensor, cuya puerta tartamudea pateando un cráneo. Una y otra vez niega el cuerpo inerte pertenecer a una ficción en la que no es protagonista.
El traqueteo de un helicóptero negro, casi un odradek arltiano extemporáneo, secuestra la atención del cadáver para atarla en el fugitivo.
Parado en una cornisa, prepara el minucioso final, la trillada maniobra...
Preso de cierta elucidación espectral, vuelve sobre sus pasos. Da la vuelta. Separa al cuerpo de una patada y la puerta corrediza se abre por completo. Apreta el luminoso botón "PB". La puerta se cierra y al rato se abre, proclamando un tenue vértigo. Sale. Saluda al portero.
"Qué vicioso", piensa éste mientas encera la entrada del edificio.
- No es vicio..., es Hollywood- grita el fugitivo, guiñándole un ojo en señal de envejecimiento.
Sergio A. Iturbe
[La autoría de la imagen corresponde a Andy Warhol y se llama "Suicide"].
17.10.08
Kornilova
“No hay quien ignore que la mujer, en la época de su embarazo
(y más si es primeriza), suele estar expuesta a ciertos extraños
influjos e impresiones, que obran de un modo fantástico sobre su
espíritu. Esos influjos toman a veces –aunque, desde luego,
muy raramente- formas insólitas, anormales, casi absurdas."
(Fiodor Dostoievski - Diario de un escritor)
Conocí a mi esposo gracias a la conmiseración de mi padre para con su mejor amigo, Piotr Alejovich Kornilov.
Mi padre, al ver el estado de su amigo por la pérdida de su esposa, tuvo la gentileza de entregarme como aliciente y consuelo.
Luego de conocer a mi esposo en profundidad, realmente envidié y justifiqué la muerte de su anterior esposa, aunque en rigor fue el grosor del feto lo que la reventó al momento del alumbramiento.
Así las cosas, no sólo tuve que tomar a mi cargo los quehaceres domésticos, sino que oficié de madre, esposa, prostituta, casera… Tenía entonces dieciséis años. Corría el año 1872 en San Petersburgo.
Con mi nula experiencia, consideraba los vejámenes a los que era sometida como simple oficio matrimonial: nada mejor para un cuarentón que una doncella inexperta para satisfacer sus más asquerosas fantasías sádicas.
Convencido de que su placer era el mío, Piotr me exhortaba diariamente a tragar sus níveas secreciones eróticas.
Mirame a la cara, puta, me decía mientras eyaculaba en mi lengua poseído por convulsiones infernales.
Nunca tuve problema en tragar y hasta saborear su semen, aunque quizá era otro artificio de la omnipotente inercia cósmica de la costumbre…
Muchas veces quise negarme a sus torturas, a los cortes que efectuaba en mis muslos, en mis brazos, en mi abdomen…, pero donde mi voluntad se imponía, ahí estaba la coacción paterna y su abyecta misericordia, esa fuerza que, falaz aunque presente, se vestía de conciencia, de MI conciencia.
No podría explicar la repugnancia que me producía sólo con su miserable presencia, su incipiente calvicie, su hirsuto y opaco pene, su falta de aseo, la ruidosa explosión de su hilaridad, su estúpida y adorada hija…
No fui partícipe de la Libertad hasta que llegó, tardía pero definitiva, la muerte de mi padre.
Fue en ese momento, en el funeral, cuando vislumbré la posibilidad de matar a Piotr Alejovich y a su inmunda y reptante presencia: la prolongación de la de mi padre.
Quiso mi mala fortuna –si dejamos de lado una posible voluntad de autoflagelo- que quedara embarazada del que consideraba mi verdugo. En ese momento tuve miedo, ese miedo que se proyecta en los techos y en el sórdido silencio de lo inefable.
Embarazada como estaba, cobré una sensibilidad que hasta entonces desconocía. Todos los sentimientos aumentaban, se amalgamaban describiendo extrañas siluetas en mis actitudes, en mis pensamientos, en la claridad de las tardes soleadas que debiera haberme alegrado en una realidad paralela e inexistente.
Estando en esa situación de debilidad (la estúpida piedad petersburguesa que no se apiada, paradójicamente, de los animales preñados) obvié la posibilidad de vengarme de su persona.
Dejé de lado gran parte de mis deberes hogareños y me dediqué a leer novelas románticas para acentuar –lo sabía de antemano- el contraste del rosado crepúsculo literario con los huracanados grises de mi cotidianeidad.
Cuatro meses de embarazo y de novelas por entregas fueron suficientes para lograr mi cometido: autoconvencimiento de la condena en la que estaba inmersa.
Era mayo de 1876. Dediqué una noche de vigilia involuntaria y residual a pertrechar la conclusión de mi averno minucioso.
Todavía no había amanecido cuando el catre rechinó, anunciando la proximidad de…
El samovar tardó sucesivas eternidades en calentarse, aunque en ese momento –sepan disculpar el tecnicismo- la temporalidad, de categoría, pasó a ser el tiempo que tarda un ruso promedio en tomar el té calentado a lo largo de dichas eternidades.
Después, hubo silencio.
Tomé un punzón –el que usaba Piotr en sus arrebatos de pasión- y logré introducirlo en una de las llagas distribuidas a lo largo de mi abultado vientre.
El resultado fue mucho dolor y poca eficiencia...
En el colmo de mi desesperación y fuera de mí, corrí a la habitación contigua. El cuerpo tibio tembló cuando arranqué las frazadas y, tomando a la niña, la arrojé desde el segundo piso en el que estábamos. Corrí la maceta que había en el alféizar para verla caer, pero una de las rosas carmesí me impidió ver el momento en el que uno de sus muslos quedaba enganchado en el cartel del bar de la planta baja, amortiguando la caída.
Juro que no quería una amputación, no quería el colgajo sangriento, no quería ser testigo de su cándido fémur. Sólo quería…
No quiero Siberias, Piotr Alejovich. Extraño tu semen mezclado con mi sangre, Piotr.
No quiero ir a Siberia, Piotr.
No quiero ir a Siberia, Piotr…
25.9.08
Escena

Escucho un murmullo que parece provenir por detrás de una puerta que tengo al frente.
No sé si lo que veré detrás de ella me agraviará con algún beneficio espiritual o económico.
Me inclino sigilosamente hacia el picaporte, y casi como si no quisiera despertarlo de su sueño de bronce.
Aire caliente sale a mi encuentro al pasar la mano por el ojo de la cerradura antes de entrar, y por cada uno de los orificios centelleantes de la madera de burbujas en ebullición constante y de degradación.
Me quema la expresión un hálito de desesperanza que se convierte en una intervención infernal. Caliente como una fiebre de la niñez. Delirio. Tremendo. Delirio tremendo.
Mis hermanos en una habitación en llamas, rodeados de flamantes colchones.
Navidad, cerdo asado. Papel de diario. El mismo olor.
Doy la vuelta sobre mis pies, y camino hacia el living.
Me detengo. Dudo y me detengo. Miro hacia la puerta y hacia el paisaje que deja entrever.
Me acerco nuevamente. No traspaso el marco. Los ojos me comienzan a picar. La luz se hace intensa. Cierro la puerta.
El picaporte está tibio. Quizá sea una premonición. No, lo dudo.
Sergio A. Iturbe
31/10/06
[La autoría de la foto corresponde a Florencia Aizenberg].
23.9.08
Proyecto (J.D.Salinger)

Buscaría un empleo. Pensé que encontraría trabajo en una estación de servicio poniendo a los autos aceite y nafta. Pero la verdad es que no me importaba qué clase de trabajo fuera con tal de que nadie me conociera y yo no conociera a nadie. Lo que haría sería hacerme pasar por sordomudo y así no tendría que hablar. Si querían decirme algo, tendrían que escribirlo en un papelito y enseñármelo. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar el resto de mi vida. Pensarían que era un pobre hombre y me dejarían en paz. Yo les llenaría los tanques de nafta, ellos me pagarían, y con el dinero me construiría una cabaña en algún lugar y pasaría allí el resto de mi vida. La levantaría cerca del bosque, pero no entre los árboles, porque querría ver el sol todo el tiempo. Me haría la comida, y luego, si me daba la gana de casarme, conocería a una chica lindísima que sería también sordomuda y nos casaríamos. Vendría a vivir a la cabaña conmigo y si quería decirme algo tendría que escribirlo, como todo el mundo. Si llegábamos a tener hijos, los esconderíamos en alguna parte. Les compraríamos un montón de libros y les enseñaríamos a leer y escribir nosotros solos.
[Este fragmento está sacado de "El Guardián entre el centeno" de la editorial Edhasa, aunque le saqué palabras como "gasolina" y "guapísima" y puse lo que corresponde a un castellano más prudente. De más está decir que es del palo, el muy hijo de puta, salvo por el sol, que debería desaparecer en cuanto antes].
