24.2.10
La justificación de un blog...
[La única vez que lo he visto mandarse una pelotudez, modestia aparte].
28.1.10
Jerome David Salinger (1919 - 2010)

8.1.10
El sueño de los justos

“Al pez le falta cualquier medio de comunicación con nosotros
y no puede inspirarnos compasión. ¡Si es que da boqueadas
incluso cuando está sano y salvo en el agua! Ni siquiera la
muerte altera su aspecto. Su dolor, si existe, está perfectamente
oculto bajo sus escamas”. La conciencia de Zeno. (Italo Svevo).
Ese día terminé de comprar el conjunto de suplementos que hacía falta para la pecera. No es que me guste tener animales aprisionados, pero en este caso se justificaba y paso a contar por qué.
Antes de que muriera, mi esposa tenía lo que se podría llamar una relación literaria con mi hija. Todas las noches ésta le pedía que le contara el mismo cuento, que trataba de unos pescados que hablaban y especulaban acerca de lo que habría fuera de esa lámina transparente. Los pescados de colores sostenían que afuera estaba la libertad, mientras que los pescaditos negros, por el contrario, le llamaban infierno. Tanto unos como los otros dormían de noche, soñando con que la lámina se volvía blanda y podían traspasarla. Los primeros tenían sueños; los segundos, pesadillas; aunque soñaban lo mismo. Lo onírico terminaba siendo la solución a todos los problemas de la vigilia, aunque no me explicaba cómo se podía diferenciar lo uno de lo otro.
Nadie tiene conciencia de lo difícil que es encontrar cuentos infantiles en forma de fábula que no tengan moraleja o, como le digo yo, moralina. Simple variación en el matiz del despectivo, pero algo es algo.
Un día encontré este libro de cuentos del que hablo. El autor era una persona con formación psicoanalítica, cosa que me hizo sospechar de sus intenciones, pero al menos aplaudí que no las hiciera explícitas.
Cuando murió, tuve que hacer algo decisivo para tapar tan terrible hueco en sus noches. No podía leerle el cuento sin que mi voz contrastara cruelmente con la de su madre. Pensando cómo podía hacer, decidí, en contra de mis principios como tantas veces, realizar la fábula en cuestión. Compré una pecera excesivamente grande para disimular la crueldad del encierro, además de comprar todos los suplementos estúpidos como el aireador, las plantas artificiales, cuevas de corales auténticas, calentador, etc. Llené la pecera de agua y de seis pescaditos: tres de colores y tres negros. Los negros costaban diez veces más que los de colores, pero tenían que estar también: el cuento lo decía claramente. La literatura puede llegar a ser muy cara si se la representa en la realidad, y eso que en este caso se trata sólo de pescaditos.
Lo que buscaba era atenuar mi voz con la maravillosa pecera, pero las cosas terminaron siendo muy distintas. Cuando volví el primer día después de comprar todo, la encontré en frente de la pecera, leyéndoles el cuento en cuestión. Como tenía cuatro años, la lectura era pausada y entrecortada, pero en estas pausas miraba a su audiencia.
Aunque me pareció que la ficción se me estaba yendo de las manos, dejé la valija y pasé a mi habitación a dormir mi cansancio, a ver si el sueño solapaba a la oficina.
A mitad de la noche, en la oscuridad, me levanté a tomar agua. Al pasar por el living, la vi dormida en el sillón. La luz tenue y fluctuante de la pecera la iluminaba de manera espectral.
Cuando me acerqué a darle un beso en la frente, cosa que no podía evitar al verla durmiendo, pude ver que los seis pescaditos reposaban a su lado, ordenados uno al lado de otro, fuera de la pecera.
La desperté suavemente mientras la luz ondulaba en su rostro y me preguntó qué pasaba. Sin responderle, le pregunté qué había pasado con los pescaditos.
- Les hice noni-noni hasta que se durmieron –me respondió mientras los arropaba a su lado.
Sergio A. Iturbe
08/01/10
[Dedicado a Florencia Aizenberg, que me aportó la anécdota; y a Amadeus Aizenberg, que la sufrió].
29.12.09
Argumento
Una casa.
Una habitación dentro de esa casa.
Alguien en la casa.
Uno de los azulejos de la cocina vibra al compás de la gota que cae desde la canilla.
El resumidero es eso mismo: el resumen detallado de los ingredientes que intervinieron en el almuerzo.
A la altura en que se encuentran las circunstancias, no se puede vislumbrar lo que son todos esos residuos melancólicos de espíritus negros que los padecen más de la cuenta.
El aire es color azul y le entra por la nariz, devolviéndolo color blanco a través de sus fauces, afanadas en lo celeste, en lo relativo al cielo.
Penas de variadas formas que se enroscan en sí mismas pierden su lazo con lo material.
Tres movimientos de la puerta, a manera de un gran abanico, hubieran bastado para echar a patadas a esos fantasmas del desprecio, su peor defecto, manifestado en su soledad… La puerta no se abre ni se cierra, mucho menos tres veces…
Balance: tres cigarrillos –uno de ellos prendido, aunque de costado-, un perro a punto de caer en la depresión húmeda de ver precipitarse la lluvia a través de un vidrio empañado. Una lagaña fluye estáticamente por el costado derecho de su hocico y no cae nunca, ni siquiera en una eternidad medieval, fabricada por ángeles omnipotentes, maquiavélicos artífices de futuros complots contra el dictador de turno…
Dos categorías contrapuestas: el tiempo, y el tiempo donde transcurre aquel primero.
Uno y sólo un “a la tarde nos vemos” haciendo eco en su mente vacía de espacios diagramados.
“Tengo miedo de no volver, de quedarme en la meseta infinita de la contemplación” –se dice.
Vuelve atrás in mente para agarrarse de una felicidad pretérita, y más que perfecta.
“Vaticino un desacuerdo entre mi reloj y el que se comunica por teléfono, oficialmente” –decidió. “SER, NO SER, DEVENIR, Y MÁS NADA; PERO UN RATO DESPUÉS” –concluye.
Toma la manteca de cacao, la unta en azúcar y come la mitad de la barra, pensando en chocolate en rama de Bariloche. La heladera está muy lejos y no hay nada que hacer al respecto: el agua se quedará en su lugar, enfriándose un poco más hasta que no se toma por desprecio mutuo entre la garganta y bajas temperaturas cuyanas.
El tercer cigarrillo se vuelve colilla de una película sobre el síndrome de abstinencia, un juego de letras sacadas y otras puestas con transportador.
Lisa y llanamente: así descansa la hoja en blanco que será garabateada por caracteres arábigos y conectivas en grandes cantidades.
Mira al perro, que ya cayó en la angustia más acérrima que hay, y siente una estruendosa empatía, que modifica hasta llevarla al lado de la compasión.
“Pobre animal, no entiende nada” –piensa el perro en un acceso de terapéutica psicológica para malos estudiantes. “Si se mata, ¿cómo hago para salir de esta pocilga sin morirme de hambre antes? Tengo que empezar a llorar al lado de la puerta para que me deje salir ya”
Los aullidos lo desconcentran de su insomnio de cafeína y nicotina y lo proyecta instantáneamente en la habitación, en el ruido de la gota, en la vibración del azulejo, en la picazón de su cuero cabelludo. “Si le abro, no lo veo más” –intuye. Lo mira a los ojos y lo estudia con minuciosidad científica. Un halo de escapismo pigmenta la córnea de uno de sus ojos, ése desprovisto del río estático.
“Yo sabía que los colores primarios no podían ser sólo tres, ése era el color que buscaba” – dice mientras sacude la cabeza de su perro sin dejar de mirar su hallazgo cromático. “No ver los UV y los infrarrojos obedece a incapacidades materiales, en cambio el no ver el color “escapismo” es una falencia intelectual, casi voluntaria, porque no es una cuestión de grado”.
Tres casualidades habían creado el destino de que ese perro estuviera ahí: salir a caminar siendo que nunca lo hace; hacer ruido con una lata pateada a los fines; y el alboroto canino que produjo tal despilfarro de ondas sonoras, vibrantes, secas, a las cuatro de la matina.
“Éste no puede ser mi destino” –se convence haciendo un ficcional descubrimiento de su verdadero fin, como un flash oracular a punto de vaciarse en un estado de felicidad momentáneo, orgásmico y dador de mucha nada post factum.
“Éste sí…” –dice mientras acaricia con suavidad maternal su Colt 38. Hace tiempo que mastica tabaco y la posibilidad de jugar a la ruleta rusa con el tambor lleno, hasta el tope…
“Kirìlov no me puede haber convencido de la apoteosis del suicida, del suicidio como pontífice con la divinidad” –dice mojado con gotas de indignación que salpican su rostro para luego evaporarse en una mueca de resignación beligerante.
Hay una sola cosa que necesita resolver antes de tomar “tamaña determinación”. Su duda es la siguiente: si el lápiz 8B se puede usar de delineador. Desde la dureza HB hasta la 8B, el nombre de la empresa es Faber Castell; sus usos van de los más duros (fines literarios o matemáticos) a los más blandos (Bellas Artes). Desde la dureza 8B en adelante, el nombre deviene en “Avón” o en “Maybelline New York” y su utilización se limita a la estética femenina o metrosexual.
Lo que no le cierra: el por qué le tienen que cambiar el nombre. Opciones: a) Es feo delinearse los ojos con un lápiz o con un delineador con marca de lápiz; b) Es bizarro y tendencioso escribir con un delineador grasoso, o con un lápiz con marca de delineador, aunque no en un vidrio y menos en un espejo.
“¡Marketing!” –eurekea, después de lo cual empuña el revólver, alcanzándole los recursos nerviosos para disparar dos veces en su paladar, pero ni una más.
Un amanecer rojizo brota ahora de su boca profanada hacia el blanco piso de granito, que incluye un sinfín de estrellas en negativo, enmarcadas por la cuadrícula que organizan los zócalos.
“Buen argumento en contra del afán de trascendencia” –filosofa el perro mientras sorbe de a poco el tibio cielo de ese amanecer rojizo, como saboreando las penas líquidas del pobre diablo, del rojo manantial a punto de coagularse en una negra noche de descomposición visceral.
“Tendrías que dejar de leer Dostoievski antes de dormir” –aconseja el perro al cadáver, sarcástica y groseramente.
Cuando deja de chupar ese manjar bucólico y ritual, se posa en frente de la ventana que hace un rato mostraba la lluvia y la descomposición de los colores.
El aire azul deja de ingresar por su nariz, el blanco deja de salir de su boca, y su escarlata vitalidad cesa de fluir en su interior, casi tanto como la lagaña en el ojo del perro, pero con menos compromisos, sólo con la cantidad conveniente.
Espero que predicar la humildad de un ambiente no se tiña de condiciones económicas ni de saltos lógicos entre Economía Política y Ética.
El escenario ahora se puede calificar de humilde, básico, minimalista. Decoración austera hasta en los más mínimos detalles: un cadáver en un lado de la habitación, un perro mirando por la ventana, una silla a punto de desarmarse, un escritorio, libros de la biblioteca municipal -con fecha de devolución vencida- en ese escritorio, un azulejo flojo y una gota pendiente de la canilla y ahora estrellada sobre la ensalada residual en el resumidero, casi sobrando de una epopeya vegetal.
Ir corriendo un millón de monos con sus correspondientes máquinas de escribir; gritar hasta escupir las cuerdas vocales y luego no gritar más debido a su reciente extirpación. Eso era lo único que hubiera alterado tal disposición demiúrgica, voluptuosa y crítica acérrima de la estética clásica.
Todo azul, el cielo negro y un amanecer en la boca, el amanecer del silencio, del descanso, de los restos modestos de un alma infinita y rea de la materialidad.
Pero ya no, ahora sí que no, no te vayas a creer…
Comienza a husmear la mano en la que todavía descansa el arma, aún cargada con cuatro valiosas no-existencias. Lo sabe bien, son cuatro no-existencias. Una y sólo una basta para cada no-existencia, instrumentos de ahorro ontológico.
Unas cuantas unidades-caninas-de-medida-del-tiempo y ahora el animal repara en la bandeja con albóndigas que se distribuyen, con su correspondiente salsa a cuestas, en el cuerpo del protagonista de la eternidad, no sin hacer intervenir al piso. Sabe que será lo último que comerá, pasará un mes o dos antes de que cualquiera se percate de la ausencia del Pseudo-Kirìlov. Sabe también de las propiedades curativas de lo que todavía, aunque revestida ahora de una deliciosa salsa, reposa en la mano tiesa del muerto. “Una Colt 38” -recuerda.
El pensar en los días que le restan hasta sentir la inanición y la absorción del tejido adiposo, luego el muscular y quedar, finalmente, reducida a una bolsa de piel y huesos, le acrecienta el hambre sobremanera, violentamente. Comienza a olfatear el rostro desfigurado y mutilado –lleno de salsa también- y emprende la tarea de comer de a poco lo que queda de la carne en descomposición rápida, pero luego más todavía.
Suena una melodía electrónica en el bolsillo inutilizado por la posición en que han quedado las piernas provistas de jeans, las del muerto.
“¿Por qué será que tanta gente tiene sus bolsillos con melodías inverosímiles?, parecen robots –piensa en un instante canino y lo descubre fugazmente:
“¡Marketing! –comprende el animal, luego de lo cual acaricia nuevamente la Colt, mueve la mano ya fría de su portador y se descerraja una dosis de no-existencia en la garganta, con un nuevo amanecer, nuevas estrellas, y nuevos motivos para destapar el resumidero, pegar el azulejo y darse cuenta de que lo que vibraba era la putísima ventana…
Sergio A. Iturbe
17/07/06
13.12.09
El perro

Un perro, en el éxtasis de mi destrucción, comenzó a aullar mientras se sumaba a mi actividad.
Le agarré el hocico, lo apreté levemente hasta que soltó un chillido ascendente dependiendo de la presión con la que cerraba mi mano. Comprobé, de esa manera, que era un buen perro. Como los perros gustan de sentir moderados dolores, me siguió a casa, que no quedaba lejos de allí.
Abrí la reja, luego la puerta de madera, y el perro corrió hacia adentro sin siquiera dudarlo.
Abrí la heladera, saqué algo de carne y no llegó a cachetear el piso cuando el perro ya se la había tragado. Me miró con una expresión de agradecimiento disconforme.
Le saqué la llave a la puerta del patio y el perro se echó en la galería.
Me fui a dormir. Era relativamente temprano: dos de la mañana.
Al otro día, un forcejeo en la puerta principal me despertó.
Salí de mi habitación con tiempo para ver cómo el perro apoyaba las patas delanteras en el picaporte . Éste cedía y el hocico chocaba secamente contra la palanca que se volvía.
Lo llamé con un nombre genérico ("perro" o "che", no recuerdo) pero hizo caso omiso, saliendo como un rayo hacia el patio delantero.
Corrí para que no transpusiera la reja, pero no llegué. Todavía estaba dormido.
Pude ver, entonces, cómo se escurría por entre dos de los barrotes y corría hacia la calle mirando hacia adelante, siempre hacia adelante.
Un colectivo color azul, casi sin turbar su recorrido , pasó las duales derechas sobre el tórax del animal. Fue como una explosión, una orgía de gritos, tripas, sangre, heces, todo. No podía creer lo que estaba viendo.
Luego de sacudirse en convulsiones de poseso, dejó de aullar y con la mitad anterior de su cuerpo simuló un escalofrío y su lengua inerte anunció su muerte.
Una vecina, la que se encarga de recopilar los datos biográficos de todas sus adyacencias, gritó horrorosamente.
Cuando me sacudí la sorpresa quise ir a verlo, pero alguien me dijo que no, que no era necesario.
Claro que no. Nada es necesario.
Hice caso a la voz que me aconsejaba con prudencia lo que, en definitiva, yo quería. No era justamente lo primero que quería hacer después de levantarme.
Por lo menos tenía que lavarme los dientes, algo.
Me lavé los dientes y seguí durmiendo.
A eso del mediodía sentí que dos platillos de orquesta tenían sexo desenfrenado sobre mi cabeza.
Me desperté y pude ver carteles de colores y mucha gente alrededor de mi cama. Un amigo golpeaba una cacerola de teflón con una cuchara larga. El cartel, inútilmente, anunciaba artificiosamente la felicidad de mi natalicio.
Mi viejo, con una sonrisa artificiosa como el cartel, me mostró otra olla con las vísceras y trozos del perro: un desayuno sorpresa.
Odio levantarme temprano, aunque no pude más que agradecer el gesto.
Sergio A. Iturbe
13/12/09
7.12.09
El vicio (La conciencia de Zeno - Italo Svevo).

26.10.09
A vos un día te va a pisar un auto. (Microficción)
26.8.09
La conmoción de los cerdos
¿Sabés cómo te llamás?
Eso es grave. Deberías saberlo, es el rudimento más básico de toda identidad...
Pero, en fin, no importa. Digamos que no importa.
Mirás a la derecha. No sabés tu nombre, pero al menos sabés que la derecha es la mano con la que escribís, a menos que seas zurdo y todo sea una puta mentira.
Mirás a lo que decidís que es la derecha. Ves lo que podría ser el estereotipo de silla. Más allá, en la pared, una ventana que muestra un cielo celeste y vacío. No ves nada más que el color celeste sin profundidad, sin referencia, sin interrupción.
Al frente tuyo, una puerta blanca. Otro estereotipo. Paredes blancas. Estereotipo. Picaporte, estereotipo.
Esperás, que es lo que se hace cuando no se hace nada.
Esperás, que es lo que se hace siempre.
No sabrías decir cuánto esperás, de la misma manera que el celeste inmaculado que muestra la ventana no te deja saber si estás en un tercer piso, en un vigésimo piso, en ningún piso.
Mirás al piso, no vaya a ser cosa que no esté.
Te encontrás con el estereotipo de un piso, color blanco, para más señas.
Casi que llegás a la conclusión de que todo estereotipo es blanco.
Casi, pero no.
Te mirás una mano, la que decidiste que es la derecha.
Te mirás la otra. Sí, la izquierda.
Vas aprendiendo, parece.
Simetría. Iguales, pero distintas. Sí, eso es la simetría. Muy bien. Hacés de cuenta que entendés lo que estás pensando.
Bostezás. Por un lapso incierto sentís que se te tapan los oídos. En el mismo momento escuchás un ruido en la puerta. Sí, un ruido en la puerta blanca. En el estereotipo de puerta, sí. Escuchás un ruido. No es otro ruido, es el mismo de recién que reverbera.
Se abre la puerta. Ves a una persona perfectamente enmarcada en el quicio de la puerta. Estás viendo. Acordate de que estás viendo todo.
No podés distinguir la textura de su vestimenta, por lo que dudás si es un saco blanco o un guardapolvo.
Se mantiene en la puerta, sin que notes el más leve síntoma de movimiento. Sabés que te mira porque lo decidiste cuando abrió la puerta. Antes, incluso.
Sigue en la puerta. Sabés que te mira. Mirás la prolijidad de tus sábanas. De las sábanas. Sigue en la puerta. La prolijidad. La puerta. Prolijidad. Puerta. Prolijidad puerta prolijidad puerta prolijidad.
Suficiente.
No está más en la puerta. Ahora está tapándote la ventana que decidiste a la derecha.
Mirás su cara, pero tus ojos se van directamente a su frente opaca. Ves una inscripción en su frente.
Claramente, y como si las letras pudieran hablar, dice: "FINAL DE LA FICCIÓN".
Pero eso no es lo peor...
¿Sabés qué es lo peor?
Lo peor es que te lo creés, imbécil.
Sergio A. Iturbe
26/08/09
17.8.09
El libro
En mis asiduos paseos por la calle Dean Funes, leí en un libro -cuyo nombre no recuerdo- acerca de un ejemplar bastante particular que andaba dando vueltas por la ciudad.
El libro en cuestión tenía tapas duras, negras, y el título en blanco que decía "El libro".
Según la contratapa donde leí esa información -lugar donde es peligroso buscarla- el ejemplar constaba de una hoja de cortesía más gruesa que las interiores, luego una hoja que evocaba el título; y en la siguiente página venía a residir el contenido de todo el libro. Su argumento, aunque bastante pobre, era perfectamente cerrado, sin embargo: se trataba de un escritor que paseaba por una calle atestada de librerías donde leía, en la contratapa de un libro, que existía un libro muy peculiar de tapas duras cuyo contenido se limitaba a una sola hoja. Este escritor, consumido por un deseo irrefenable de tenerlo en su biblioteca, lo busca incansablemente por todas las librerías de la ciudad y luego lo manda a pedir al exterior.
Sus esfuerzos, es previsible, son en vano: no lo encuentra nunca.
Al final, en la última frase -dice la contratapa- se descubre la razón por la que no lo encuentra.
¡La puta madre! Haber leído ese argumento tan sencillo me da ganas de tenerlo.
Recorro, luego de leer esa contratapa, todas las librerías de la ciudad. No lo encuentro. Lo pido al extranjero: Nada.
Una luz, como una clarividencia omnisciente, me hace entender la razón de mi fracaso.
Es que, claro, todavía no lo he escrito.
Sergio A. Iturbe
16/02/09
