13.8.10

Psicosis


Yo estaba haciendo la última materia. Le llamaban Práctica Profesional y se suponía que servía en lugar de hacer la tesis.

Como me cuesta un poco redactar, elegí trabajar ad honorem a cambio de la cartulina. Licenciatura en Psicología orientada en Psicopatología.

Se puede decir que tuve mala suerte, que creo que es la verdadera suerte de principiante.

El que estaba a cargo de que cumpliera los horarios y las tareas asignadas era un psicólogo que se había recibido hacía diez años. Su padre todavía ayudaba en los gastos que demandaba el consultorio, ya que era un lugar grande y ubicado en el centro de la ciudad.

Su negocio, si se podía llamar de esa forma, consistía en ofrecer su consultorio como lugar de residencia en las universidades, a cambio de obtener mano de obra gratuita. Sólo tenía que proveer de guardapolvos blancos a los practicantes, artilugio que convertía en profesional a cualquier persona. Como pasa en los hospitales, también.

El primer día de residencia llegaba una nena de seis años. Nuestra tarea, según tenía entendido, era averiguar el tipo de trato que tenía con su maestra. Iba a primer grado. Desde el incidente, no hablaba. Ni un sonido, nada.

La habitación donde tenía lugar la entrevista me hacía acordar a la típica película en la que el FBI interroga a una persona. El espejo falso y, detrás, un grupo de profesionales muy idóneos en lo concerniente a las deducciones. Toda la entrevista estaba minuciosamente filmada.

Todo el equipo de trabajo se instalaba en la habitación adyacente. Detrás del espejo.

Una persona –yo- interrogando a la nena.

Inmediatamente entré en la sala, miré al espejo como en busca de clemencia. Pidiendo ayuda a los que miraban.

El espejo, inmutable, me devolvió una perfecta cara de imbécil. La mía.

*********************

Contame lo que te hizo, dale. Sé buena y decime. No te va a hacer nada, si nos decís. Te lo prometo. Mirá, no estoy cruzando los dedos. Mostré las manos. Sonreí.

Ella tenía cabeza bajada, se escuchaba el ruido del reloj. Nada. Tic. Tic. Tic.

Bueno, vamos a ver. ¿Querés jugar? Agarré una muñeca y se la di. Tomá.

Me miró por primera vez. Miró la muñeca y sonrió, exhalando una ínfima dosis de aire.

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Nuevamente miré hacia el espejo, esta vez con el entusiasmo de quien logra un objetivo anhelado por largo tiempo. Pude ver sucesivos chispazos y luego una llama que, al apagarse, se perpetuó en un punto rojo que generaba extrañas formas al desplazarse a través del espejo. Mi cara olvidó la satisfacción y frunció el seño: el día anterior había pedido encarecidamente que no fumaran en el estudio.

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La nena tomó el juguete y lo miró de cerca. Lo tomó por las piernas y miró debajo del vestidito. Luego lo sentó en la mesa y comenzó a desvestirlo. Cuando la muñeca estuvo completamente desnuda, alcanzó un bastoncito que hacía de eje de uno de los numerosos juguetes que había acomodados en la esquina de la sala y lo colocó a su lado. Se acercó la muñeca a la boca y, con los dientes, comenzó a cortar la costura que unía una pierna con la otra. Cuando logró sacarle varios puntos, introdujo el eje del camión y expandió el hueco que ya había hecho. Terminada la tarea, logró separar un poco más las piernas, casi mutilándola. El eje penetró a la muñeca hasta que perforó uno de los hombros, esparciendo pedazos de goma espuma en la mesa. Mientras hacía esto, nunca dejó de mirarme.

De nuevo miré el espejo. Sentí como si los ojos fueran a salírseme de las órbitas.

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Tuve que mirar todo, cada detalle, cada movimiento. Sus gestos. Al hacer un análisis pormenorizado del video, no nos quedó más que una conclusión, aunque la evitamos con todas nuestras fuerzas. Nos resistíamos a creerlo.

Lo viví dos veces. Mientras veía lo que hacía con la muñeca, veía muchas cosas, menos una muñeca. Imaginaba un pizarrón, una puerta cerrada con llave, un gemido. A la noche soñé con una pileta de carne molida. Me deslizaba hacia el fondo, abriendo la boca. Sentía un gusto entre agrio y salado. Sangre y limón.

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No tardamos en avisar al juez que entendía en la causa. Mostramos los videos extraoficialmente y el resto fue, simplemente, manipulación mediática. Se condenó a la docente a cadena perpetua y todos quedaron muy conformes.

Tuve fama por un tiempo. Fui invitado a varios programas de televisión. Me sacaron muchas fotos. El diploma, debido a la repercusión que tuvo el caso, ya no me servía. Sin embargo, el tribunal que me examinó consideró, entre miradas de aprobación que sólo referían al caso de la docente, que ya podía ejercer. Me dieron el diploma.

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Dos meses después de la condena, la docente se suicidó ahorcándose con una sábana luego de escribir una carta. Más que una carta, era una exhortación que ya había referido en el juicio pero a la que, enceguecidos, nadie hizo caso.

“Miren en el armario de la sala de profesores. Que se considere mi última voluntad”.

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Ante el asombro de todos, al abrir el armario, pudimos ver que había innumerables muñecos remendados. Era el juego que, secretamente, entretenía a la maestra y a su alumna. Tras revisar los muñecos, pudimos ver que estaban rellenos de pedazos grisáceos de lo que parecían lenguas de animales. Entre ellas, encontramos una que era considerablemente menor que las restantes, además de tener otro color.

Entendimos, era de esperarse, el silencio de la nena.


Sergio A. Iturbe

13/08/10

13.7.10

Parkinson


Me di cuenta de su enfermedad, paradójicamente, una vez que caí en cama por una gripe, recuerdo.
Me despertó de una pesadilla provocada por la fiebre, me abrazó, y luego me dio una bandeja de madera que portaba un café con leche y medialunas.
Era invierno, pero el calor que sentía era insoportable. Debajo de las muchas frazadas yacía mi cuerpo sudoroso y temblequeante. El frío, sin embargo, me atornillaba las articulaciones ni bien trataba de despegarme las sábanas.
Cuando se alejó de mí para buscar la bandeja, que había puesto en la mesa de luz para no tirar las cosas al despertarme, noté un leve esfuerzo de ella para lograr sostener el equilibrio. Me extrañó en una persona con pulso de neurocirujano.
A partir de ese momento, todo empezó a empeorar. Llegó un punto en el que todos sus miembros comenzaron a retraerse sobre sí mismos, como pasa con las arañas muertas.
Su columna se arqueó como un fósforo consumido.
Su mentón se apretaba con fuerza contra el hombro derecho.
Después de que hablé con el médico, estuvimos preparados para la más perfecta enfermedad, diseñada para destruir progresiva y minuciosamente el sistema nervioso: temblor en reposo, ausencia de expresión facial, marcha característica, flexión anterior del tronco, rigidez y debilidad muscular, incontinencia, terminando en un lento paro cardiorrespiratorio por rigidez del músculo diafragma.
Uno a uno los síntomas fueron sucediéndose. Los espasmos de dolor eran insoportables, y eso que sólo los escuchábamos. Los gritos que emite una persona con esta enfermedad son muy particulares: suenan como si alguien le estuviera tapando la boca, ya que por la rigidez de los músculos faciales terminan apretando la mandíbula, no pudiendo emitir más que sonidos guturales bastante aleatorios.
Según el médico, estar en esa etapa de la enfermedad es como notar la rigidez muscular originada por un susto muy grande. Aunque de manera permanente.
El descanso, me decía, es una formalidad. No existe el descanso para una persona con esa enfermedad, me decía. Condenada a la vigilia. Dolor permanente.
Yo dormía en una habitación más apartada, hasta que tuve que moverme a la del lado. Para ayudar.
En la etapa más álgida de su enfermedad, cuando ya no podía mejorar sino en una nada sin sufrimiento, seguía durmiendo en la cama matrimonial con mi padre. Con el tiempo, la porción de colchón que ocupaba ella fue aceptando su ergonomía alterada. Se podía ver, cuando la luz estaba prendida, un hueco en la mitad de la cama, un círculo de ochenta centímetros de diámetro. Un hundimiento. Ese círculo era la marca que dejaba su cuerpo encorvado. En los alrededores de la figura se solían ver manchas rojas o anaranjadas. Azuladas, algunas. Vómitos y emanaciones de los medicamentos. Relajante muscular. Mesilato de benzotropina.
Una noche, a la madrugada, el volumen de los gritos aumentó. Me desperté y corrí a la habitación adlátere. Abrí la puerta.
Mi padre, para evitar inconvenientes, había atado los brazos y piernas de mi madre a las puntas de la cama. Para ello, se había valido de numerosos cintos de cuero. Entré en el momento en que mi padre eyaculaba sobre las rugosidades que dejaba la atrofia muscular en la piel, a la altura de la rodilla medio flexionada. Mi madre trató, inútilmente, de soltarse. Marcas de color violáceas, degradando en rosa, en sus muñecas y tobillos. Había un pedazo de mierda en el vértice que generaban las piernas atadas. Una parte de la leche había caído en la mierda, también.
No dije nada.
Qué iba a decir.
Al tiempo nos dimos cuenta de que estaba embarazada. Saqué la cuenta y supe que había asistido a la concepción.
La rigidez se sostenía. Una araña muerta.
Sobre que no podía hablar, el daño neurológico empezó a actuar sobre el razonamiento. Sonaba como una homilía. En latín.
Aunque no entendíamos, nos llegaba algo en el tono, en la cadencia, en esa manifestación tan visceral de sufrimiento. No se escuchaba como sufrimiento, pero sabíamos que era sufrimiento.
Mátenme, creí escuchar una vez entre balbuceos.
A veces es difícil obedecer a los padres.
Al año siguiente empezó el trabajo de parto. Optamos por sacar al chico de la misma manera como había entrado: le atamos los pies y las manos a cada punta de la cama. De otra manera, la contracción muscular no hubiera dejado despejar la zona afectada.
Cuando salió la cabeza, en medio de vociferaciones horrendas, uno de los cintos que sostenía la mano derecha se rajó, yéndose directamente hacia la cabeza del bebé. No tardaron en romperse también las otras cintas sujetadoras.
La tarea era imposible. El bebé, mi hermano, estaba muriendo.
Ante esa situación, el médico ordenó la amputación inmediata de los cuatro miembros. Los gritos que efectuó, cuando la sierra eléctrica empezó a hacer su trabajo, no diferían en mucho de los gritos a que estábamos acostumbrados. Escénicamente, eso sí, era distinto. Algo más espectacular. Las sábanas eran blancas.
Pensamos, correctamente, que el dolor no sería descabelladamente mayor. De hecho, el médico decía que para una paciente con esta enfermedad, era un alivio librarse de sus miembros, ya que la tensión hace insoportable el músculo más chico e insignificante.
La lengua, me decía el doctor, termina corroyendo la parte superior del paladar. Tanta es la fuerza de la contracción.
Sólo así pudo nacer mi hermano. Los miembros amputados de mi madre estuvieron largas horas luego del nacimiento. Estaban distribuidos en varias bolsas de supermercado en la cocina, hasta que un camión de Recolección de Residuos Patógenos pasó a buscarlas. Yo entregué la bolsa como quien le da ropa al tintorero.Nunca más se habló del tema, aunque uno llegaba a recordarlo cuando veía esa masa informe reposando en la cama, arqueada como un feto, mutilada como un fiambre.
A las regurgitaciones de los medicamentos, a la mierda que se derramaba por el pañal para adultos se les sumaban, ahora, las frecuentes manchas de sangre coagulada que manaban de los muñones.
Los gritos, hay que decirlo, disminuyeron a partir del momento de las amputaciones. Una noche, escuché nuevamente un leve elevamiento en el tono. Como siempre, me levanté a ver qué pasaba. Para ayudar.
Corrí hacia la habitación contigua. Pude ver que mi padre seguía haciendo de las suyas, aunque estaba a oscuras. La luz entraba desde el hall de distribución. Ataduras, muñones, mierda, sangre, leche.
Me indigné. Prendí la luz. Esta vez tenía algo que decir. Avanzando hacia la cabecera de la cama, saqué a mi padre de encima de mi madre, tirándolo al piso. Luego grité:

- ¡Basta, hijo de mil putas! ¿No ves que es un torso indefenso?

Mi madre, como alegrándose, frunció el gesto deforme de su rostro hasta esbozar lo que parecía un estremecimiento. Mientras acariciaba su húmeda frente supe que, pese a mi interrupción, el orgasmo era inminente.
No dije nada.
Qué iba a decir.

Sergio A. Iturbe
13/07/10

[Este cuento, salvando leves detalles, está basado en una historia tan familiar como real. El dibujo está inspirado en este cuento y su autor es Amadeo Aizenberg].

2.4.10

Especulación


Seguimos sin hablarnos.

Nos miramos en la oscuridad. Pero nada más. Algunos reflejos, algunas simetrías.

Nos ocultamos al mismo tiempo.

Intuyo que al no mirarlo, la evasión se hace recíproca. Como espejos enfrentados.

Hoy entré en la habitación y me miró. No soporto el peso de sus ojos, su mirada errónea. Alguna mueca sin empatía. Siempre igual.

Si hablamos, nos solapamos, pero eso nunca pasa. Como el silencio: nunca se dice nada.

Finalmente, una iluminación. Un fulgor intermitente. Luz fluorescente.

Toma una afeitadora y desangra su patilla. Me mira. Un gesto ridículo.

Seguimos sin hablarnos. Como pasa con los espejos.

Sergio A. Iturbe

02/04/10

27.3.10

La continuidad de los parques







































[Fotografía: Florencia Aizenberg. Modelos: Guadalupe Espinosa, Marco Demicheli, Segio A. Iturbe. Historia: "La continuidad de los parques" de Julio Cortázar, adaptada y modificada].

La continuidad de los parques. (De Julio Cortázar).
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.






26.3.10

Take a walk on the wild side (Reseña crítica de Otras Muertes) por Natalia Torres.

En los campos de concentración alemanes, la leyenda “Arbeit macht frei” que lucían los portones de entrada funcionaba como el “Abandonad toda esperanza” que adornaba el umbral de entrada al infierno descrito por Dante. Y, en el blog Otras muertes, que lleva adelante Sergio A. Iturbe, la foto del encabezado, que precisamente muestra uno de aquellos portones, la frase no es fortuita: los cuentos cortos que el autor publica allí tienen como inspiración las zonas más ásperas del espíritu.
Provocador, Sergio busca siempre la reacción extrema en el lector. Es seguro decir que nadie que lea sus relatos podrá encabezar su opinión con cualquier tipo de expresión de duda. Acá no valen los “eeeh” ni los “mmm”, sólo la repulsión, la aguda risa cínica, la sumergida de cabeza en las sombras de la nada y la profunda perturbación.
El escritor trabaja en pos de estas reacciones colgándose de varias líneas que van dibujando su estilo personal. Así, por ejemplo, la torsión de la idea de la inocencia infantil aparece en relatos como La inmoralidad de los parques o El sueño de los justos, donde la aparición de una debilidad aún inferior a la de ellos mismos hace nacer el sadismo en los niños. Por otra parte, textos como Kornilova y Argumento alumbran otro eje dual: el de los cuerpos sometidos al dolor físico, y el de las mentes que navegan en la incertidumbre del vacío, dos presiones que encuentran en esos relatos sendos escapes viscerales (aunque con diferentes resultados).
Pero quizás esta enumeración de círculos infernales pueda dibujar la idea de un blog demasiado solemne. Nada más lejos de la realidad. Es que Sergio nunca, jamás, deja de lado una buena dosis de humor corrosivo lo cual, en fin, termina redondeando un efectivo descenso a las zonas cavernosas de la mente… pero sin poder evitar materializar en la cara con una salvaje torsión de los labios, la risa del que abandonó toda esperanza.

24.2.10

La justificación de un blog...

"Ninguna muerte está bien justificada, ni siquiera para detener otras muertes” (Friedrich Nietzsche).

[La única vez que lo he visto mandarse una pelotudez, modestia aparte].

28.1.10

Jerome David Salinger (1919 - 2010)


[Si bien sufrimos de una aguda intriga acerca de su obra inédita, que posiblemente sea publicada a la brevedad, no por eso dejamos de entristecernos por la pérdida del genial escritor, muerto ayer a los 91 años, en su casa y solo como un perro, así como tanto le gustaba. Esperamos, desde Otras Muertes, que su espectro flote solitariamente en la inmensa Nada a la que estamos destinados todos, pero que él disfrutará especialmente.]

8.1.10

El sueño de los justos


“Al pez le falta cualquier medio de comunicación con nosotros


y no puede inspirarnos compasión. ¡Si es que da boqueadas


incluso cuando está sano y salvo en el agua! Ni siquiera la


muerte altera su aspecto. Su dolor, si existe, está perfectamente


oculto bajo sus escamas”. La conciencia de Zeno. (Italo Svevo).



Ese día terminé de comprar el conjunto de suplementos que hacía falta para la pecera. No es que me guste tener animales aprisionados, pero en este caso se justificaba y paso a contar por qué.


Antes de que muriera, mi esposa tenía lo que se podría llamar una relación literaria con mi hija. Todas las noches ésta le pedía que le contara el mismo cuento, que trataba de unos pescados que hablaban y especulaban acerca de lo que habría fuera de esa lámina transparente. Los pescados de colores sostenían que afuera estaba la libertad, mientras que los pescaditos negros, por el contrario, le llamaban infierno. Tanto unos como los otros dormían de noche, soñando con que la lámina se volvía blanda y podían traspasarla. Los primeros tenían sueños; los segundos, pesadillas; aunque soñaban lo mismo. Lo onírico terminaba siendo la solución a todos los problemas de la vigilia, aunque no me explicaba cómo se podía diferenciar lo uno de lo otro.


Nadie tiene conciencia de lo difícil que es encontrar cuentos infantiles en forma de fábula que no tengan moraleja o, como le digo yo, moralina. Simple variación en el matiz del despectivo, pero algo es algo.


Un día encontré este libro de cuentos del que hablo. El autor era una persona con formación psicoanalítica, cosa que me hizo sospechar de sus intenciones, pero al menos aplaudí que no las hiciera explícitas.


Cuando murió, tuve que hacer algo decisivo para tapar tan terrible hueco en sus noches. No podía leerle el cuento sin que mi voz contrastara cruelmente con la de su madre. Pensando cómo podía hacer, decidí, en contra de mis principios como tantas veces, realizar la fábula en cuestión. Compré una pecera excesivamente grande para disimular la crueldad del encierro, además de comprar todos los suplementos estúpidos como el aireador, las plantas artificiales, cuevas de corales auténticas, calentador, etc. Llené la pecera de agua y de seis pescaditos: tres de colores y tres negros. Los negros costaban diez veces más que los de colores, pero tenían que estar también: el cuento lo decía claramente. La literatura puede llegar a ser muy cara si se la representa en la realidad, y eso que en este caso se trata sólo de pescaditos.


Lo que buscaba era atenuar mi voz con la maravillosa pecera, pero las cosas terminaron siendo muy distintas. Cuando volví el primer día después de comprar todo, la encontré en frente de la pecera, leyéndoles el cuento en cuestión. Como tenía cuatro años, la lectura era pausada y entrecortada, pero en estas pausas miraba a su audiencia.


Aunque me pareció que la ficción se me estaba yendo de las manos, dejé la valija y pasé a mi habitación a dormir mi cansancio, a ver si el sueño solapaba a la oficina.


A mitad de la noche, en la oscuridad, me levanté a tomar agua. Al pasar por el living, la vi dormida en el sillón. La luz tenue y fluctuante de la pecera la iluminaba de manera espectral.


Cuando me acerqué a darle un beso en la frente, cosa que no podía evitar al verla durmiendo, pude ver que los seis pescaditos reposaban a su lado, ordenados uno al lado de otro, fuera de la pecera.


La desperté suavemente mientras la luz ondulaba en su rostro y me preguntó qué pasaba. Sin responderle, le pregunté qué había pasado con los pescaditos.



- Les hice noni-noni hasta que se durmieron –me respondió mientras los arropaba a su lado.



Sergio A. Iturbe

08/01/10

[Dedicado a Florencia Aizenberg, que me aportó la anécdota; y a Amadeus Aizenberg, que la sufrió].


29.12.09

Argumento


Una casa.
Una habitación dentro de esa casa.
Alguien en la casa.
Uno de los azulejos de la cocina vibra al compás de la gota que cae desde la canilla.
El resumidero es eso mismo: el resumen detallado de los ingredientes que intervinieron en el almuerzo.
A la altura en que se encuentran las circunstancias, no se puede vislumbrar lo que son todos esos residuos melancólicos de espíritus negros que los padecen más de la cuenta.
El aire es color azul y le entra por la nariz, devolviéndolo color blanco a través de sus fauces, afanadas en lo celeste, en lo relativo al cielo.
Penas de variadas formas que se enroscan en sí mismas pierden su lazo con lo material.
Tres movimientos de la puerta, a manera de un gran abanico, hubieran bastado para echar a patadas a esos fantasmas del desprecio, su peor defecto, manifestado en su soledad… La puerta no se abre ni se cierra, mucho menos tres veces…
Balance: tres cigarrillos –uno de ellos prendido, aunque de costado-, un perro a punto de caer en la depresión húmeda de ver precipitarse la lluvia a través de un vidrio empañado. Una lagaña fluye estáticamente por el costado derecho de su hocico y no cae nunca, ni siquiera en una eternidad medieval, fabricada por ángeles omnipotentes, maquiavélicos artífices de futuros complots contra el dictador de turno…
Dos categorías contrapuestas: el tiempo, y el tiempo donde transcurre aquel primero.
Uno y sólo un “a la tarde nos vemos” haciendo eco en su mente vacía de espacios diagramados.

Tengo miedo de no volver, de quedarme en la meseta infinita de la contemplación” –se dice.

Vuelve atrás in mente para agarrarse de una felicidad pretérita, y más que perfecta.

Vaticino un desacuerdo entre mi reloj y el que se comunica por teléfono, oficialmente” –decidió. “SER, NO SER, DEVENIR, Y MÁS NADA; PERO UN RATO DESPUÉS” –concluye.

Toma la manteca de cacao, la unta en azúcar y come la mitad de la barra, pensando en chocolate en rama de Bariloche. La heladera está muy lejos y no hay nada que hacer al respecto: el agua se quedará en su lugar, enfriándose un poco más hasta que no se toma por desprecio mutuo entre la garganta y bajas temperaturas cuyanas.
El tercer cigarrillo se vuelve colilla de una película sobre el síndrome de abstinencia, un juego de letras sacadas y otras puestas con transportador.
Lisa y llanamente: así descansa la hoja en blanco que será garabateada por caracteres arábigos y conectivas en grandes cantidades.
Mira al perro, que ya cayó en la angustia más acérrima que hay, y siente una estruendosa empatía, que modifica hasta llevarla al lado de la compasión.

Pobre animal, no entiende nada” –piensa el perro en un acceso de terapéutica psicológica para malos estudiantes. “Si se mata, ¿cómo hago para salir de esta pocilga sin morirme de hambre antes? Tengo que empezar a llorar al lado de la puerta para que me deje salir ya

Los aullidos lo desconcentran de su insomnio de cafeína y nicotina y lo proyecta instantáneamente en la habitación, en el ruido de la gota, en la vibración del azulejo, en la picazón de su cuero cabelludo. “Si le abro, no lo veo más” –intuye. Lo mira a los ojos y lo estudia con minuciosidad científica. Un halo de escapismo pigmenta la córnea de uno de sus ojos, ése desprovisto del río estático.
Yo sabía que los colores primarios no podían ser sólo tres, ése era el color que buscaba” – dice mientras sacude la cabeza de su perro sin dejar de mirar su hallazgo cromático. “No ver los UV y los infrarrojos obedece a incapacidades materiales, en cambio el no ver el color “escapismo” es una falencia intelectual, casi voluntaria, porque no es una cuestión de grado”.
Tres casualidades habían creado el destino de que ese perro estuviera ahí: salir a caminar siendo que nunca lo hace; hacer ruido con una lata pateada a los fines; y el alboroto canino que produjo tal despilfarro de ondas sonoras, vibrantes, secas, a las cuatro de la matina.
Éste no puede ser mi destino” –se convence haciendo un ficcional descubrimiento de su verdadero fin, como un flash oracular a punto de vaciarse en un estado de felicidad momentáneo, orgásmico y dador de mucha nada post factum.
Éste sí…” –dice mientras acaricia con suavidad maternal su Colt 38. Hace tiempo que mastica tabaco y la posibilidad de jugar a la ruleta rusa con el tambor lleno, hasta el tope…
Kirìlov no me puede haber convencido de la apoteosis del suicida, del suicidio como pontífice con la divinidad” –dice mojado con gotas de indignación que salpican su rostro para luego evaporarse en una mueca de resignación beligerante.
Hay una sola cosa que necesita resolver antes de tomar “tamaña determinación”. Su duda es la siguiente: si el lápiz 8B se puede usar de delineador. Desde la dureza HB hasta la 8B, el nombre de la empresa es Faber Castell; sus usos van de los más duros (fines literarios o matemáticos) a los más blandos (Bellas Artes). Desde la dureza 8B en adelante, el nombre deviene en “Avón” o en “Maybelline New York” y su utilización se limita a la estética femenina o metrosexual.
Lo que no le cierra: el por qué le tienen que cambiar el nombre. Opciones: a) Es feo delinearse los ojos con un lápiz o con un delineador con marca de lápiz; b) Es bizarro y tendencioso escribir con un delineador grasoso, o con un lápiz con marca de delineador, aunque no en un vidrio y menos en un espejo.
¡Marketing!” –eurekea, después de lo cual empuña el revólver, alcanzándole los recursos nerviosos para disparar dos veces en su paladar, pero ni una más.
Un amanecer rojizo brota ahora de su boca profanada hacia el blanco piso de granito, que incluye un sinfín de estrellas en negativo, enmarcadas por la cuadrícula que organizan los zócalos.
Buen argumento en contra del afán de trascendencia” –filosofa el perro mientras sorbe de a poco el tibio cielo de ese amanecer rojizo, como saboreando las penas líquidas del pobre diablo, del rojo manantial a punto de coagularse en una negra noche de descomposición visceral.
Tendrías que dejar de leer Dostoievski antes de dormir” –aconseja el perro al cadáver, sarcástica y groseramente.
Cuando deja de chupar ese manjar bucólico y ritual, se posa en frente de la ventana que hace un rato mostraba la lluvia y la descomposición de los colores.
El aire azul deja de ingresar por su nariz, el blanco deja de salir de su boca, y su escarlata vitalidad cesa de fluir en su interior, casi tanto como la lagaña en el ojo del perro, pero con menos compromisos, sólo con la cantidad conveniente.
Espero que predicar la humildad de un ambiente no se tiña de condiciones económicas ni de saltos lógicos entre Economía Política y Ética.
El escenario ahora se puede calificar de humilde, básico, minimalista. Decoración austera hasta en los más mínimos detalles: un cadáver en un lado de la habitación, un perro mirando por la ventana, una silla a punto de desarmarse, un escritorio, libros de la biblioteca municipal -con fecha de devolución vencida- en ese escritorio, un azulejo flojo y una gota pendiente de la canilla y ahora estrellada sobre la ensalada residual en el resumidero, casi sobrando de una epopeya vegetal.
Ir corriendo un millón de monos con sus correspondientes máquinas de escribir; gritar hasta escupir las cuerdas vocales y luego no gritar más debido a su reciente extirpación. Eso era lo único que hubiera alterado tal disposición demiúrgica, voluptuosa y crítica acérrima de la estética clásica.
Todo azul, el cielo negro y un amanecer en la boca, el amanecer del silencio, del descanso, de los restos modestos de un alma infinita y rea de la materialidad.
Pero ya no, ahora sí que no, no te vayas a creer…
Comienza a husmear la mano en la que todavía descansa el arma, aún cargada con cuatro valiosas no-existencias. Lo sabe bien, son cuatro no-existencias. Una y sólo una basta para cada no-existencia, instrumentos de ahorro ontológico.
Unas cuantas unidades-caninas-de-medida-del-tiempo y ahora el animal repara en la bandeja con albóndigas que se distribuyen, con su correspondiente salsa a cuestas, en el cuerpo del protagonista de la eternidad, no sin hacer intervenir al piso. Sabe que será lo último que comerá, pasará un mes o dos antes de que cualquiera se percate de la ausencia del Pseudo-Kirìlov. Sabe también de las propiedades curativas de lo que todavía, aunque revestida ahora de una deliciosa salsa, reposa en la mano tiesa del muerto. “Una Colt 38” -recuerda.
El pensar en los días que le restan hasta sentir la inanición y la absorción del tejido adiposo, luego el muscular y quedar, finalmente, reducida a una bolsa de piel y huesos, le acrecienta el hambre sobremanera, violentamente. Comienza a olfatear el rostro desfigurado y mutilado –lleno de salsa también- y emprende la tarea de comer de a poco lo que queda de la carne en descomposición rápida, pero luego más todavía.
Suena una melodía electrónica en el bolsillo inutilizado por la posición en que han quedado las piernas provistas de jeans, las del muerto.
“¿Por qué será que tanta gente tiene sus bolsillos con melodías inverosímiles?, parecen robots –piensa en un instante canino y lo descubre fugazmente:
¡Marketing! –comprende el animal, luego de lo cual acaricia nuevamente la Colt, mueve la mano ya fría de su portador y se descerraja una dosis de no-existencia en la garganta, con un nuevo amanecer, nuevas estrellas, y nuevos motivos para destapar el resumidero, pegar el azulejo y darse cuenta de que lo que vibraba era la putísima ventana…

Sergio A. Iturbe
17/07/06

13.12.09

El perro


Una vez, pasando por ahí, sentí el aburrimiento, por lo que me dediqué a patear una serie de flores de colores que se disponían circular y prolijamente en un cantero: una misoginia parecida a mear la tabla de inodoro o sentarse solo en la vía pública.
Un perro, en el éxtasis de mi destrucción, comenzó a aullar mientras se sumaba a mi actividad.
Le agarré el hocico, lo apreté levemente hasta que soltó un chillido ascendente dependiendo de la presión con la que cerraba mi mano. Comprobé, de esa manera, que era un buen perro. Como los perros gustan de sentir moderados dolores, me siguió a casa, que no quedaba lejos de allí.
Abrí la reja, luego la puerta de madera, y el perro corrió hacia adentro sin siquiera dudarlo.
Abrí la heladera, saqué algo de carne y no llegó a cachetear el piso cuando el perro ya se la había tragado. Me miró con una expresión de agradecimiento disconforme.
Le saqué la llave a la puerta del patio y el perro se echó en la galería.
Me fui a dormir. Era relativamente temprano: dos de la mañana.


Al otro día, un forcejeo en la puerta principal me despertó.
Salí de mi habitación con tiempo para ver cómo el perro apoyaba las patas delanteras en el picaporte . Éste cedía y el hocico chocaba secamente contra la palanca que se volvía.
Lo llamé con un nombre genérico ("perro" o "che", no recuerdo) pero hizo caso omiso, saliendo como un rayo hacia el patio delantero.
Corrí para que no transpusiera la reja, pero no llegué. Todavía estaba dormido.
Pude ver, entonces, cómo se escurría por entre dos de los barrotes y corría hacia la calle mirando hacia adelante, siempre hacia adelante.
Un colectivo color azul, casi sin turbar su recorrido , pasó las duales derechas sobre el tórax del animal. Fue como una explosión, una orgía de gritos, tripas, sangre, heces, todo. No podía creer lo que estaba viendo.
Luego de sacudirse en convulsiones de poseso, dejó de aullar y con la mitad anterior de su cuerpo simuló un escalofrío y su lengua inerte anunció su muerte.
Una vecina, la que se encarga de recopilar los datos biográficos de todas sus adyacencias, gritó horrorosamente.
Cuando me sacudí la sorpresa quise ir a verlo, pero alguien me dijo que no, que no era necesario.

Claro que no. Nada es necesario.

Hice caso a la voz que me aconsejaba con prudencia lo que, en definitiva, yo quería. No era justamente lo primero que quería hacer después de levantarme.
Por lo menos tenía que lavarme los dientes, algo.
Me lavé los dientes y seguí durmiendo.

A eso del mediodía sentí que dos platillos de orquesta tenían sexo desenfrenado sobre mi cabeza.
Me desperté y pude ver carteles de colores y mucha gente alrededor de mi cama. Un amigo golpeaba una cacerola de teflón con una cuchara larga. El cartel, inútilmente, anunciaba artificiosamente la felicidad de mi natalicio.
Mi viejo, con una sonrisa artificiosa como el cartel, me mostró otra olla con las vísceras y trozos del perro: un desayuno sorpresa.
Odio levantarme temprano, aunque no pude más que agradecer el gesto.

Sergio A. Iturbe
13/12/09