26.9.11

El baño


Ya había pasado muchas veces: soñaba con una lluvia, con agua caliente que choca contra el vidrio de una ventana. Con agua que cae sobre la calle. Una lluvia fuerte de verano. Sentía la humedad y me levantaba. Me despertaba agitada, pero no era por miedo ni nada. Es que sentía que me faltaba el aire. Y si hay algo que me molesta es no poder dormir.
Ya había llamado a todos los plomeros, a todos. Y nada.
Había una gota, no digamos agua, sino el ruido de una gota. Cada segundo y medio caía, la hija de puta.
Y no me dejaba dormir.
Y vivo sola: soy la única imbécil que no puede dormir en mi puta casa.
Y bueno, lo que hago es levantarme y cerrar la puerta del baño. Es que la teoría habla de la presión del agua de los edificios. Que la bomba de agua tiene tanta fuerza que rompe el teflón, rompe las cañerías, las válvulas, y también abre grifos.
Cerraba la puerta y me levantaba casi asfixiada. Salía de la cama y me iba derecho al baño. Abría la puerta, prendía la luz y adentro había un vapor tan denso que no me veía las manos. Con esa rejillita de mierda que tiene la ventilación era como si no hubiera nada. El agua caliente prendida, el vapor.
Corría la cortina de la ducha, cerraba el grifo y volvía a dormir.
Eso pasaba hasta ayer.
Hasta que me cansé de levantarme asfixiada. Entonces apagué el calefón antes de acostarme y que saliera el agua, nomás.
Como a las tres de la mañana me levanté con la misma sensación de asfixia de siempre. A través de la puerta de la habitación veo que la luz del baño se cuela por debajo de la puerta. Y el vapor de mierda que lengüetea el pasillo.
Y el calefón apagado.
Y la asfixia.
Pero lo que hago es simple. Le digo dale, bueno, vení.
Y se escucha la cortina de la bañera que se corre, el agua que se apaga, la luz desaparece antes de que la puerta del baño se abra. Después se escuchan unos pasos, el colchón que se hunde en el lado izquierdo.
Y el vapor desaparece. Como si nunca hubiera existido.

[Inspirado en una anécdota de J.G.]

19.7.11

Eva


Es evidente que los hoteles son para las trampas y para los complots. Para la intimidad silenciosa, nada mejor que un monoambiente.

Está bien que en este momento reposa en su sillón, uno de tres cuerpos, viendo la televisión que relampaguea en su cara, dándole una tonalidad que nadie aseguraría de que es azul.

Parece ser un departamento lúgubre, de esos a los que le entra poca luz. Ventanas chicas y pocas. Olor a heladera de soltero, esa humedad de hongos mezclada con la acidez de la descomposición.

Volvemos al sillón, desde donde puede acceder a la heladera sin levantarse, y lo vemos regado de lo que parecen papas fritas. Alguna mancha que, contrastada con el color del tapizado, nos depara una incertidumbre acerca de la naturaleza de la sustancia derramada. Ese color disfraza de ocre, a lo sumo de un tono más oscuro, todo lo que cae en él.

La televisión muestra, por medio de un locutor oficial que nació anacrónico, la imagen de Eva Duarte de Perón dando el famoso último discurso en el que se desvanece en los brazos de su esposo, que sonríe y toma su cabeza como quien consuela el llanto de un niño encaprichado con algo inminente. A la imagen clásica le sigue la de la peregrinación masiva para dar la despedida a los restos de la líder, la gente que camina maquinalmente hacia el ataúd de cristal blindado. La ausencia del General.

Pero eso es la introducción. Las imágenes muestran un matiz enrarecido de los eventos. Mientras se refriega en su sillón, mientras se hunde en las aureolas aceitosas del tapizado, mientras juega con un trozo de goma espuma anaranjada que sobresale de uno de los almohadones, comprende que en ese enrarecimiento hay una música de fondo. Es un conjunto incierto de violines que van ascendiendo lentamente. Si uno abstrae las imágenes, el sonido nos predispone a anticipar que el asesino está pronto a aparecer, que los planos cortos y los travelings lentos desembocarán en la aparición de la monstruosidad. Pero no.

***********************************

Sólo más imágenes de Evita y los violines de fondo. El locutor anacrónico.

En su izquierda, el vaso de rigor. Sin hielo. Titila en dorados sucios. Herrumbrados. Le da un trago, que no encuentra lugar y chorrea a través de su mejilla. Se limpia con la manga de la bata. Una bata con las mangas deshilachadas, que cuelgan como un anillo lo haría de una cadenita de plata.. Tiene sandalias de cuero reseco. Los ojos que brillan un cuadrado esférico intermitente.

Estira la mano derecha que no sostiene un cigarrillo y sí una mano blanca y delicada. O parece que la acaricia, con leves vaivenes rítmicos. Se diría que el ritmo es el de la pantalla. Pero no.

***********************************

El final, después de la lentitud, se precipita con un vértigo insospechado. Lo que pasa es que una agencia de inteligencia internacional descubre el refugio donde anida el ladrón del cadáver de Evita, que descansa todavía en el sillón, con su cara apoyada inverosímilmente contra el respaldar. Los miembros de su cuerpo embalsamado ya tienen nuevas articulaciones que la asemejan a un muñeco de madera hecho por un fabricante de muebles. Como toscos. La madera es tan blanca que parece violeta. Podría tener algún resto de comida, alguna suciedad. Pero no.

***********************************

Las fuerzas parapoliciales se apuran y reducen al delincuente, mientras todavía las imágenes de Evita parpadean en la pantalla. Lo esposan y se lo llevan de los pelos, mientras arrastra los pies en zigzag. Las sandalias yacen en el piso, al lado del sillón. La claridad irrumpe en la habitación y muere sólo cuando queda vacía. La momia de Evita recostada en el sillón, ya desierto. Su mirada vacía no parece mirar al televisor apagado. El vidrio del tubo refleja una sombra que opaca la nueva claridad que entra cuando se entorna la puerta con un chirrido agudo que no es siniestro. Es como un ruido de utilería. Nada serio. Unos pasos alrededor del sillón y dos botas de cuero y pantalones camuflados, como los de Infantería. Una mano temblequeante parece acomodarse la bragueta, alguna incomodidad. Una incomodidad leve porque los movimientos no son bruscos. Roza su cinturón. Luego da la vuelta al sillón nuevamente, la puerta se cierra y la pantalla deja de reflejar el sol. Parece haberse quedado sola, al fin. Parece, pero no.


[Este cuento no habría podido escribirse sin la participación de José Platzeck, con quien prontamente tomaremos las riendas del cortometraje denominado "Mario, el gorila"].


23.2.11

El escuadrón


Hubo una vez en que un escuadrón entero tomó por asalto una aldea ubicada en el medio del bosque.
Se diría que, aunque estuvieron de acuerdo en atribuirle una existencia, lo cierto es que para los mapas era completamente invisible. Algo así como una invisibilidad deliberada que resultó en principio sospechosa para los soldados, aunque después decidieron hacer lo mismo que hacían con lo que encontraban con un mínimo atisbo de vida: destruirlo, exista o no exista. Da igual.
Entonces los soldados se preparan, sus ojos detrás de las miras, calzadas sus bayonetas. El plan es entrar al mismo tiempo en todas las casas, reventar las puertas y entrar con un grito que inhiba toda reacción, cualquier reflejo.
Dada la orden, una seña que parece un grito más que una seña silenciosa, cada uno de los soldados asignados al asalto patea la puerta que tiene en frente. Quince puertas que suenan como cinco enciclopedias al caer al piso.
Entran.
No hay luz, lo que parece la consecuencia inevitable de que ninguna chimenea emana humo.
Se escuchan quince chillidos desesperados que disfrazan de sala de parto a toda la aldea.
No se escucha ningún disparo.
Un tiempo después, y creo que es demasiado tiempo después, los soldados empiezan a salir de las cabañas.
Salen como sonámbulos. Se miran entre sí, pero no, no se miran. Son miradas que se apilan encima de otras como se apoya un fusil en un árbol.
Los llantos siguen sonando dentro de las cabañas, en tanto que los ecos resuenan en el bosque. Dejan sus armas en el piso, primero apoyando la culata y después dejándolo caer del todo.
Algunos tapan sus ojos con las manos y emiten un gemido gutural como el del que no sabe llorar o llora por primera vez.
Ahora se escucha algo en el bosque, el ruido de hojas secas pisadas con cuidado, pisadas que se acercan.
Los soldados conservan las manos en los ojos y creen mirar hacia el bosque en el mismo momento en que el ruido termina, dando lugar a un silbido que se distingue de los sollozos persistentes. Un silbido seco y corto como un disparo irrumpe entre los árboles.
Sólo en ese instante, cuando se hace un silencio que más que silencio parece una piedra, los acribillan a todos los soldados a balazos.
Mientras los cadáveres humean en la tierra regada de sangre, los sollozos comienzan de nuevo.
Se oyen ramas que se quiebran cuidadosamente, como quien no quiere hacer ruido. Los pasos pisan hojas secas, pero esta vez se alejan entre los árboles.

Sergio A. Iturbe
23/02/11

18.1.11

La profecía

“Ante la asfixia, lo primero que hace la víctima es sacarse los zapatos.
Después patalea convulsivamente durante el transcurso
de tres a cinco minutos. Quince minutos, los cuerpos
más livianos. Los menos afortunados.” (Informe forense).

Todo empezó con una frase insignificante. No le presté atención, no inmediatamente, cuando lo dijo, sino que más bien diría que no podría recordarlo si no fuera por el eco que generan todas las frases cortas después de un silencio largo.
Los voy a matar. Así lo dijo, mirándome. Luego cerró los párpados lentamente y ya no me miraba cuando volvió a abrirlos. Miraba a mis padres.
Después me miró de nuevo. Sonrió con dulzura.
Se fue.
Olvidé el asunto como se olvida el recuerdo de un sueño.

*******************************

A la semana mis padres murieron.
Bah, a la semana… Murieron al otro día, sólo que los encontré una semana después.
Ahorcados.
Llegué a la casa. En la reja había una cantidad excesiva de folletos enrollados en los firuletes, en el picaporte y hasta debajo de la puerta. Algunos sobresalían como guirnaldas.
Toqué la puerta y no atendió nadie. Sorprendió la capa de tierra que opacaba el vidrio.
Es que mi madre era muy cuidadosa con la limpieza. Como todas las madres.
Abrí con la copia de la llave y los encontré balanceándose en la viga del living, lo que primero se mira al entrar a la casa. Al frente de la puerta de entrada.
Murieron con los zapatos puestos, justo como no hay que morir.
No voy a redundar en otras percepciones concernientes a los detalles que derivan de ver a los propios padres podridos y colgados de la viga de living, una semana después de sus muertes. No hace falta.

*******************************

Los de la Policía Científica dijeron, básicamente, que habría que recurrir a un deus ex machina para explicar cómo habían llegado ahí. O por qué.
Decían que era como si hubieran nacido en ese lugar, colgando. No había ninguna marca, ninguna sobra material de los preparativos: ni de la colocación de las sogas, ni del movimiento de sillas, ni marcas en la tierra sobre la viga. No hay propósito, dijeron.
La hago corta, de una vez: nunca se supo cómo habían llegado ahí, cómo habían podido conservar los zapatos puestos después de ser ahorcados. Eso no pasa nunca.

*******************************

Hace ya unos años de eso.
Hoy paseaba por el mercado de abasto. Estaba lleno de gente, de comerciantes, de clientes. En el medio del tumulto alguien pasó tan rápido que no logré ver su cara.
Te voy a matar, dijo.
Giré la cabeza para verlo, pero la gente ya lo había tragado y escupido lejos.

*******************************

Después de cerrar la puerta con llave me di cuenta de que no traía ninguna de las bolsas del mercado.
Me senté en el escritorio y me saqué los zapatos.
Es que estaba agitado y me faltaba el aire.
Por eso.

Sergio A. Iturbe
18/01/11

3.1.11

Exxxpo Erótica (Video)

2.1.11

Cómo me hice linyera


No tuve opción. Siempre llega el momento trágico en el que uno no tiene opción.
Era muy chico, estaba en mi casa con mi papá, mi mamá y mi hermano menor. Ellos eran la única familia de que yo disponía. No tenía amigos.
Recuerdo que estaba lavando un vaso y oía el ruido que hacía el agua al caer al desagüe. Imaginaba las tuberías podridas y el agua sucia cayendo a la cloaca.
Mi mamá, que justo estaba haciendo un bizcochuelo, me mandó al supermercado, a tres cuadras, a comprar harina.
Me puse las zapatillas, crucé el pasillo, vi a mi padre frente al televisor prendido y salí. No me apuré y me quedé viendo a unos cachorros en una veterinaria, pese a que mi mamá estaba apurada y el horno ya estaba prendido.
Cuando volví a mi casa, no pude encontrarlos. Donde antes estaba la casa sólo había yuyos altos, más altos que árboles medianos. Fui a la casa de uno de mis vecinos, preguntando qué pasaba con mi casa, con mi gente. No supieron responderme y te diría que ni me reconocieron.
Desde ese momento vivo acá, en este baldío. Acá estaba mi casa. ¿Ves eso, ese hueco circular? Bueno, ése es el desagüe del que te hablaba. No me explico cómo crecieron tan rápido los yuyos. Tampoco entiendo por qué no me avisaron que se iban, si les dije que volvía rápido.

24.12.10

El presidente


“Se necesita señorita de 18 a 25 años. Excelente presencia. Para tareas administrativas en reconocida empresa.”

Después, un número de celular.

Éste era el anuncio que, si uno se atreve a investigar, apareció todos los días a lo largo de diez años desde principio de siglo, aproximadamente. No sé si en algún momento dejará de publicarse.

Era cierta la necesidad, era cierta la edad requerida, era cierto que la empresa era reconocida. Lo que no era cierto –es evidente en todo anuncio de tales características- era la competencia administrativa que resultaba necesaria a los fines empresariales.

El presidente de la empresa, que rondaba los treinta y cinco años, prescindía minuciosamente de su oficina, de la secretaria, del intercomunicador, hasta del teléfono.

Toda esta parafernalia se ponía en escena sólo para satisfacer sus más variadas fantasías pornográficas, no ya sexuales. La lámpara, el pisapapeles, el lapicero, eran excusas para tirar todo a la mierda en el momento en que la secretaria se arrodillaba debajo del escritorio, o cuando subía su pollera y, agarrando el tubo del teléfono se rozaba el clítoris, con esos lentes cuadrados sin marco. Digamos que era la reproducción interactiva de una porno de las que abundan, de las que no tienen argumento.

La empresa, en rigor, sólo administraba campos, tarea que no hacía, de hecho, el presidente de la empresa. Ningún presidente de ninguna empresa hace nada. Está claro.

El tema era que las actividades durante la semana consistían en seleccionar personal competente. La competencia, según una etimología que había acuñado él señor presidente, era la capacidad de hacer una mamada entre dos. Com-petencia, decía, levantando un dedo y señalando el techo.

Nada de esto tenía que implicar necesariamente que su mujer supiera a qué dedicaba su tiempo, pero la otra cosa que hay que saber de los presidentes es que en ningún caso sus esposas tienen la más remota idea acerca de qué se trata el puesto que desempeñan, o es lo que él pensaba.

El anuncio en el diario podría haber sido perfecto, sí, pero donde se explicitaba la excelente presencia de las aspirantes hacía que las chicas más inseguras pintaran sus labios, lo que aseguraba la distribución más o menos uniforme de rouge a lo largo de la pija del ejecutivo. Y si hay algo que una mujer nota, por más estúpida que sea, es el rouge en la pija de su marido. Incluso en la oscuridad, mirá lo que digo.

Sin embargo, guardó silencio. Guardar silencio, agregamos, es otra aptitud de las mujeres de los presidentes.

*********************

Un hermoso día de primavera, y porque las cosas suceden en desacuerdo perfecto con la meteorología, el presidente sufrió un ACV arriba de su caballo Babieca, en el hípico del country. Según el médico, el accidente podría haberse sorteado con rehabilitación. Eso si la caída del caballo no hubiera producido la fractura de la médula espinal a la altura del cuello, claro.

A partir de ese momento, todo cambió. No es para menos.

Todos sus amigos se acercaron a la protoviuda a dar las condolencias o, para hablar más sinceramente, a asfaltar el camino que lleva a coger con ramas de un árbol caído. Ella, sin más, mostró el fiambre vivo que era ahora su esposo, sujeto con lo que parecían arneses de la silla de ruedas.

Con los amigos más allegados, pasado un tiempo, hacía chistes pavlovianos de distintos tipos. El más común era la sabida “erección en primer grado”. Era muy simple. La esposa, que tenía unas piernas perfectas, subía su pollera, poniendo una de ellas, sin medias, sobre la silla. Flexionándola a noventa grados, marcaba sus gemelos, haciéndolos subir y bajar mientras se daba la vuelta para sonreírles con complicidad. La erección no tardaba en ocurrir. Los amigos reían, suponiendo, como ella les había dicho, que el daño era cerebral y que no había conciencia en ese cuerpo conectado a un respirador artificial. Ese sonido, ¿escuchás?, es el respirador, el que entra en su cuerpo por la tráquea. Suponían, además, que en privado ella se encargaba de vaciar a su marido, mientras él miraba fijamente.

Mentira. Todo mentira.

Su estrategia era un reloj. Una perfección. Da gusto saber que existen personas tan inconscientemente sabias, meticulosas, infalibles. Tan mujeres, digamos.

Mostrar esas piernas marcadas, que dejaban ver las inserciones musculares, servía para calentar a todos y cada uno de los amigos de su esposo. Y así, caían como moscas. Y los hacía coger en la cama matrimonial. Nadie se le niega a la esposa de un amigo cuadripléjico. Y más si se dona tan eficazmente, tan putamente bien.

Uno a uno fueron cayendo los amigos de su esposo, que casualmente llevaban una vida laboral similar al presidente. Antes de paralizarse, claro.

Los hacía ponerse en las más variadas posiciones, siempre usando unas botas altas que dejaba ver al momento en que se abría y gritaba al ser penetrada, sin sacarse la pollera, soltando su pelo habitualmente atado, que después se pegaba a sus mejillas, catalizado por la transpiración. Gritaba, los tocaba, tragaba gota a gota su semen profuso, dejaba que le volcaran en la cara, en sus ojos claros, en el cuello, en las rodillas, mientras sonreía diabólicamente, jugando con el imperecedero instrumento de su lengua, hurgando en la uretra irrigada.

A la silla de ruedas –con el presidente incluido, para más detalles- la dejaba en la cabecera de la cama, donde ninguno de sus amantes lograba ver. Cuando terminaba de sorber la última de las gotas eróticas, y luego de sonidos guturales que denotaban un manjar delicioso, se apuraba a ir en busca de su marido, que enarbolaba la más consistente erección. Y no, no se la chupaba. Lo peor es que no se la chupaba, y eso que el pobre testimoniaba día a día ese desenfreno de gritos y siluetas transpiradas. Con los ojos fijos. Fijos en la oscuridad. Y no, no se la chupaba.

Eso se lo dejaba al que se encargaba de la rehabilitación. A mí, un viejito de muchos años. Como si no tuviera cosas mejores que hacer.

Yo me encargaba de ordeñarlo.

Eso hacía, la muy puta.

Sergio A. Iturbe

21/12/10

20.12.10

Servicios domésticos

"... es un impulso del hombre el de bastarse a sí mismo,
y es asunto del sirviente prestar dignidad a un proceso
contrario a la naturaleza". (Mosquitos - William Faulkner)
El día que llegó a su casa -para colmo de males a la hora de siempre- abrió la puerta de entrada y se dirigió a la cocina.
Su marido machacaba vehementemente a la empleada doméstica contra el lustroso mármol de la cocina. Las ollas y los cucharones parloteaban al unísino. Ella gritaba algo en guaraní, algo que parecía un sapucay. La luz que entraba desde la ventana, con un fondo que parecía una cartulina verde pegada en la ventana, concedía a esas piernas groseramente abiertas un brillo ensordecedor que, intermitente, era capaz de generarle una erección a un inglés.
Una de ellas dos, no importa cuál, abrió una cartuchera que parecía preparada desde siempre. Disparó con exactitud sobre ambos testiculos.
La otra, aunque sorprendida, siguió haciendo sin inmutarse.
Mirando o cogiendo, da igual.

28.10.10

La morgue


La gente habla de la insensibilidad de los médicos, nos llama carniceros, sepultureros, sádicos, violadores de anestesiados.

La vida moderna se ha encargado de tapiar la muerte mediante pedantes casas de sepelios, autos encerados, pastos verdes, flores pestilentes.

Cuando la muerte no era parte de mi oficio, cuando no había desvestido este concepto, viajando en el Mercedes negro de la pompa, viendo los álamos que corrían al costado de la ruta. Un policía que nos detenía para que encendiéramos las luces de posición, el horror que significó comunicarles que éramos parte de la procesión. Sigan, sigan, disculpen, qué desconsideración, no respetan ni a los muertos.

La misma percepción del tiempo se anula, todo ese día, el velar los restos, contrastar las cruces con las conversaciones heréticas, el café aguado, azucarado, la cama de rigor, las miradas que dirigían los asistentes hacia los más allegados. Terminadas las exequias, no se puede más que denostar la insensibilidad del mundo que, aparentemente, sigue su curso.

Ahora que lo recuerdo, no puedo más que situarlo en un lugar onírico, presente constantemente. Cuando recuerdo a mi abuelo, por ejemplo, no tarda en llegar la imagen de su cara maquillada, sus labios pegados con un poderoso adhesivo de contacto. Parece dormido, sí. Si se lo pusiera en el cajón como viene, con los ojos abiertos, el maxilar gigantescamente extendido, las mejillas amoratadas del lado en que se dio la cabeza al caer después del paro cardiorrespiratorio habría que ver si parece dormido. Nada más lejos.

Nosotros, los forenses, sabemos cómo es la muerte sin sordina. Eso te lo puedo decir.

Al igual que los médicos deciden cuándo se muere, nosotros decidimos cómo. Y no es un decir.

Cuando me nombraron Director de la Morgue Judicial, todavía no había desempeñado ningún cargo vinculado a la medicina forense, aunque los cadáveres ya eran percibidos por mí como muñecos, los mismos que utilizábamos en las prácticas en la Facultad de Medicina.

Para sentirme el responsable de todo eso, de todas esas camillas de acero inoxidable, de los piletones atestados de cuerpos grises, de las heladeras de nitrógeno líquido, tuve que tomar las llaves, comprar mi capuchino de rigor y mis tres medialunas saladas y encerrarme acompañado del ruido de los tubos fluorescentes, que es una clase de silencio.

Cerré con llave, bajé las escaleras que se encontraban inmediatamente cruzaba la puerta de entrada –porque las morgues se encuentran, por lo general, en los subsuelos, y, muchas veces, sobre Neonatología-, y me ubiqué en mi despacho, apoyando primero el vaso y después las medialunas. Di la vuelta al escritorio, que guardaba un lógico parentesco con las camillas, y me senté a desayunar. Desde ese lugar, mientras tragaba la espuma de mi capuchino, se podía ver una interminable fila de camillas atornilladas al piso. La camilla que más cerca estaba de mi escritorio era la que sostenía la amoladora, la cortadora, el separador muscular, los bisturís. Todos estos elementos estaban investidos de una deliberada falta de higiene, por lo que algunos instrumentos conservaban sangre y pelos de diversos colores y formas. Recordé un consejo de mi abuelo, que nunca pude ejercitar, de guardar la navaja con sangre. En este momento veo la sonrisa de conmiseración que me devolvió por toda respuesta cuando le pregunté cómo hacía si la sangre no salía naturalmente.

Las tareas eran más bien rutinarias, dentro de las actividades relativamente exóticas que representaba la profesión para el común de los mortales.

Quizá lo único que nos pesaba, a mí y a los forenses a mi cargo, era la identificación de cadáveres. Más que la identificación eran las reacciones de los familiares ante el espectáculo de la mutilación de un niño, la violación de un bebé, entre otros sucesos menos felices.

La rutina del reconocimiento de cadáveres era un ritual, más que una rutina. En una habitación apartada del resto de los cuerpos, camillas y piletones, alguno de los médicos de la morgue llevaba a los familiares, corría la sábana hasta debajo del cuello, sin hacer ninguna mueca, a lo que luego se pasaba a cerrar la puerta, dejándolos solos. Los que identificaban afirmativamente los cadáveres, se quedaban un tiempo prudencial, chillando, desgarrándose, convulsionando, vomitando. El tiempo terminaba cuando no se escuchaba nada más desde afuera. Por lo general, cuando entrábamos, habían dos cuerpos: un cadáver en la camilla y un desvanecido en el piso.

Cuando va a pasar algo, siempre siento algo al salir de mi casa, en el momento en que huelo el aire, a la intemperie. Ese día no sentí nada.

Al llegar al trabajo, con mi capuchino y mis tres medialunas, me encontré con un señor que tendría unos treinta y cinco años. Me pidió, casi de rodillas, entrar para identificar un cuerpo. Casi me tira el café a la mierda. Hacía dos semanas que no encontraba a su mujer, y las características del cuerpo que había entrado de madrugada eran similares a las del cuerpo que buscaba. Le dije que se tranquilizara, que tenía que llenar unos formularios antes que se hiciera nada. Cada día había que contar los cadáveres, archivar los papeles de los identificados, agregar los NN de la madrugada. Eso no se lo dije, claro.

Con mi secretario, que también era forense como todos los que estábamos ahí, dispusimos el cadáver en el centro de la habitación de reconocimiento. El cadáver estaba realmente deteriorado, ya que lo habían encontrado en la rivera de un río. Una de las piernas, aunque conservaba una forma medianamente femenina, estaba prácticamente descarnada. El olor era insoportable.

Lo hicimos entrar.

Corrí la sábana.

Cerré la puerta.

No escuché nada, salvo un gemido.

Llegó una mujer, en el momento que iba a entrar en la habitación a sacar al hombre. En el momento en que agarraba el picaporte. Mi marido, me dice. Qué marido, le digo. Mi marido, me dijeron que estaba acá. Espere un momento, ya le digo.

Entro en la habitación, veo esta situación que el aire de la mañana no me había vaticinado.

Disculpe, ya sale, le digo.

Qué hace ahí, me pregunta.

Despidiéndose, respondo.

¿Despidiéndose?, me frunce el seño.

Sí, despidiéndose, respondo, y hago las comillas con las manos, al momento que le alcanzo un café y le pregunto el nombre, casi naturalmente, para hacer tiempo.

Es que no había terminado, el pobre hombre.

13.8.10

Psicosis


Yo estaba haciendo la última materia. Le llamaban Práctica Profesional y se suponía que servía en lugar de hacer la tesis.

Como me cuesta un poco redactar, elegí trabajar ad honorem a cambio de la cartulina. Licenciatura en Psicología orientada en Psicopatología.

Se puede decir que tuve mala suerte, que creo que es la verdadera suerte de principiante.

El que estaba a cargo de que cumpliera los horarios y las tareas asignadas era un psicólogo que se había recibido hacía diez años. Su padre todavía ayudaba en los gastos que demandaba el consultorio, ya que era un lugar grande y ubicado en el centro de la ciudad.

Su negocio, si se podía llamar de esa forma, consistía en ofrecer su consultorio como lugar de residencia en las universidades, a cambio de obtener mano de obra gratuita. Sólo tenía que proveer de guardapolvos blancos a los practicantes, artilugio que convertía en profesional a cualquier persona. Como pasa en los hospitales, también.

El primer día de residencia llegaba una nena de seis años. Nuestra tarea, según tenía entendido, era averiguar el tipo de trato que tenía con su maestra. Iba a primer grado. Desde el incidente, no hablaba. Ni un sonido, nada.

La habitación donde tenía lugar la entrevista me hacía acordar a la típica película en la que el FBI interroga a una persona. El espejo falso y, detrás, un grupo de profesionales muy idóneos en lo concerniente a las deducciones. Toda la entrevista estaba minuciosamente filmada.

Todo el equipo de trabajo se instalaba en la habitación adyacente. Detrás del espejo.

Una persona –yo- interrogando a la nena.

Inmediatamente entré en la sala, miré al espejo como en busca de clemencia. Pidiendo ayuda a los que miraban.

El espejo, inmutable, me devolvió una perfecta cara de imbécil. La mía.

*********************

Contame lo que te hizo, dale. Sé buena y decime. No te va a hacer nada, si nos decís. Te lo prometo. Mirá, no estoy cruzando los dedos. Mostré las manos. Sonreí.

Ella tenía cabeza bajada, se escuchaba el ruido del reloj. Nada. Tic. Tic. Tic.

Bueno, vamos a ver. ¿Querés jugar? Agarré una muñeca y se la di. Tomá.

Me miró por primera vez. Miró la muñeca y sonrió, exhalando una ínfima dosis de aire.

*********************

Nuevamente miré hacia el espejo, esta vez con el entusiasmo de quien logra un objetivo anhelado por largo tiempo. Pude ver sucesivos chispazos y luego una llama que, al apagarse, se perpetuó en un punto rojo que generaba extrañas formas al desplazarse a través del espejo. Mi cara olvidó la satisfacción y frunció el seño: el día anterior había pedido encarecidamente que no fumaran en el estudio.

*********************

La nena tomó el juguete y lo miró de cerca. Lo tomó por las piernas y miró debajo del vestidito. Luego lo sentó en la mesa y comenzó a desvestirlo. Cuando la muñeca estuvo completamente desnuda, alcanzó un bastoncito que hacía de eje de uno de los numerosos juguetes que había acomodados en la esquina de la sala y lo colocó a su lado. Se acercó la muñeca a la boca y, con los dientes, comenzó a cortar la costura que unía una pierna con la otra. Cuando logró sacarle varios puntos, introdujo el eje del camión y expandió el hueco que ya había hecho. Terminada la tarea, logró separar un poco más las piernas, casi mutilándola. El eje penetró a la muñeca hasta que perforó uno de los hombros, esparciendo pedazos de goma espuma en la mesa. Mientras hacía esto, nunca dejó de mirarme.

De nuevo miré el espejo. Sentí como si los ojos fueran a salírseme de las órbitas.

*********************

Tuve que mirar todo, cada detalle, cada movimiento. Sus gestos. Al hacer un análisis pormenorizado del video, no nos quedó más que una conclusión, aunque la evitamos con todas nuestras fuerzas. Nos resistíamos a creerlo.

Lo viví dos veces. Mientras veía lo que hacía con la muñeca, veía muchas cosas, menos una muñeca. Imaginaba un pizarrón, una puerta cerrada con llave, un gemido. A la noche soñé con una pileta de carne molida. Me deslizaba hacia el fondo, abriendo la boca. Sentía un gusto entre agrio y salado. Sangre y limón.

*********************

No tardamos en avisar al juez que entendía en la causa. Mostramos los videos extraoficialmente y el resto fue, simplemente, manipulación mediática. Se condenó a la docente a cadena perpetua y todos quedaron muy conformes.

Tuve fama por un tiempo. Fui invitado a varios programas de televisión. Me sacaron muchas fotos. El diploma, debido a la repercusión que tuvo el caso, ya no me servía. Sin embargo, el tribunal que me examinó consideró, entre miradas de aprobación que sólo referían al caso de la docente, que ya podía ejercer. Me dieron el diploma.

*********************

Dos meses después de la condena, la docente se suicidó ahorcándose con una sábana luego de escribir una carta. Más que una carta, era una exhortación que ya había referido en el juicio pero a la que, enceguecidos, nadie hizo caso.

“Miren en el armario de la sala de profesores. Que se considere mi última voluntad”.

*********************

Ante el asombro de todos, al abrir el armario, pudimos ver que había innumerables muñecos remendados. Era el juego que, secretamente, entretenía a la maestra y a su alumna. Tras revisar los muñecos, pudimos ver que estaban rellenos de pedazos grisáceos de lo que parecían lenguas de animales. Entre ellas, encontramos una que era considerablemente menor que las restantes, además de tener otro color.

Entendimos, era de esperarse, el silencio de la nena.


Sergio A. Iturbe

13/08/10