11.5.08

Instead of suns


[Fotógrafa: Lola Gómez]

[Pierna: mía]

Domingo (Tove Ditlevsen-Traducción de Francisco J. Uriz)


Nunca ocurre nada los domingos.
Nunca encuentras un nuevo amor en domingo.
Es el día de los infelices.
Día de pensión o día de familia.
Las horas más dolorosas de la amante
cuando se imagina a su amado
con sus hijos en las rodillas
mientras su mujer, sonriente,
entra y sale con tentadoras bandejas.
Un día maldito.

Alguna vez tuvo que haber sido diferente.
¿Por qué si no tendríamos todos
que esperar con ansias el domingo durante toda la semana?
¿Quizá cuando íbamos a la escuela?
Pero ya entonces las campanas sonaban
compungidas y grises como lluvia y muerte.
Ya entonces las voces de los adultos
eran débiles e insonoras como si buscasen a tientas
y en vano las palabras dominicales.

El olor a humedad y a pan mohoso,
a sueño, botas de goma y achicoria
ya subía entonces por la escalera
y la calle, que estaba dura, vacía y diferente
de una manera desolada ­
El olor dominical nos forraba
con la gruesa capa de la decepción
que sigue a una expectativa
sin meta específica.

Pero, entonces ¿cuándo? En un lugar anterior a la memoria
hubo felicidad, una expectativa irresistible
que todavía nadie había sido capaz de defraudar.
Entonces las campanas significaban que papá estaba en casa,
el bigote, las negras cejas y el olor a tabaco mascado
estaban allí y allí quedaban, en un lugar cercano,
y quizá la risa de tu joven madre
sonaba más alegre que los otros días.

Es domingo. Tú nunca encontrarás
un nuevo amor ese día.
Estás sentada en el cuarto de estar
apabullada y rígida como una figura de cartón
a los ojos de los niños.
Escarban con los pies
y se pelean sin energía.
«Deberíamos hacer algo», dices.
«Sí», dice una voz detrás del periódico.
Entonces os calláis los dos, porque todo lo que tenéis ganas
de hacer es oculto y secreto
y sería inaceptable para el otro.

Las campanas de la iglesia suenan. Las narices de los niños
se llenan de desesperanzado olor heredado.
Sobre sus dulces rostros se desliza
una fealdad pasajera.
Una luz marchita
nace en sus ojos.

Pero todos esperamos el domingo
toda la semana, toda nuestra vida,
esperamos la ilusión de cientos
de largos domingos vacíos, agotadores.
Día familiar, día de pensión,
el infierno de los amantes secretos.
Ese día en que la nauseabunda grisura de los adultos
impregna a los niños y establece
la incomprensible melancolía dominical de los años venideros.

4.5.08

Nueva Gramática Castellana (Primer usuario)

hermanos wowowowowowow

hola bien duilio lindo amigo si bien
fotolog mucho as amigo grande for duilio la amor
si amigo muchos duilio bien
wowowoowowowowowowwowowowowowowwoowwowo

[La NGC (Nueva Gramática Castellana) se puede adquirir sólo haciendo click aquí.
Para conservar la salud mental hay que evitar exponerse a las fotos. La cuestión gramatical está sólo debajo de las mismas.]

Existencialismo New Rave (No es ficción)

.
*





para ke eztamOz en la vidaa?*

para ke exiztimOz?*

para ke vivimOz, krezemOz, eztudiamOz i trabajamOz

zi dezpuez mOrimOz i nadie

ze va a akOrdar de nOzOtrOz?*

exizte la verdad?*








NOZOTROZFILOZOFAMOZ (sic).

[Si querés ver lo que es el verdadero existencialismo, fijate acá]
Hay que ser hija de puta...

30.4.08

Prefacio a la oscuridad.


Después de “eso”, la simulación se hizo algo más ostensible. No sabría cómo explicarlo, pero, lisa y llanamente, me convertí en ese perro que notábamos en aquel callejón y que al acercarnos nos burlaba con su inexistencia, amparado en algún canasto de residuos, algún tacho de doscientos litros. Nos consolábamos con la “Gestalt”, recuerdo. Aunque uno no crea en la Psicología (hago mal en mayusculear aquella palabra), se termina por condescender con ella, de una u otra forma.
Condescender, rebajarse en compañía de lo que uno dice. Suplantación de la idea por la palabra.
Recuerdo, también, que no me creías cuando te decía que aquel perro tenía ojos amarillos. “Ojos de sol”, me burlaba. Me burlaba de la poesía naturalista, whitmaniana, en realidad. Era como un prefacio a la suplantación de la que te hablaba antes.
Y todo porque esos ojos amarillos terminaban siendo una tragedia de brillos, nacarados y siluetas favorecidas por el iluminado público: esa falacia metamorfoseante de naranja a amarillo. Siguen siendo ojos amarillos, no te equivoques…
Nunca supe qué tipo de martirio representaría semejante aparición si no dabas crédito a su animalidad. Cuando entrábamos, vos te agarrabas de la campera, tironeándomela. Yo te decía no, es un tacho, ¿no te acordás?
Sin embargo, tenías miedo de que te mordiera. Incluso mostrándote esos papeles con estadísticas de mi viejo, de Criminología. Habíamos llegado a la conclusión. Sólo en el 1% de los casos que se registraban, víctima y victimario coincidían en el color de ojos, sin considerar los matices.
Está bien que yo no creía en las estadísticas y vos sí en las casualidades, por lo que los estudios de mi viejo no te tranquilizaban, o al menos hubieras preferido tener cualquier otro tipo de ojos. Ese estudio había relacionado el color de ojos con la muerte, por más chica que haya sido la cifra del porcentaje. Y vos creías en las estadísticas y yo no en las casualidades…
Una vez, hace unos meses, entré en casa y te encontré sentada en el piso, las piernas cruzadas, témpera azul, el cuaderno de los ensayos, témpera en la alfombra, en tu pierna derecha, en mis ensayos. Te diste media vuelta y me miraste desde abajo, sin subir la cabeza: fue el día que supe que tenías ojos amarillos, y expresión de perro en falta (cuando estabas en falta).
Sexo, témpera azul, alfombra, sin siquiera saludar. (Los ensayos de ese cuaderno se perdieron para siempre, no usar pluma azul nunca más).
Témpera roja, también. Verde, no. Amarilla, tampoco.
Ojos. Muerte. La mirada del otro.
Lacan, espejo. Sartre, mirada. Cortázar, axolotl.

Todo mira. Hasta en la oscuridad.

Un día me quedé sin cigarrillos, y algo había que hacer. Fumo cigarrillos negros, los de la bandera de Francia. Cuando tengo plata, compro “box”. Cuando no, etiqueta común, de las blandas y víctimas de los jeans. La diferencia entre una y otra es de diez centavos. No entiendo la diferencia de actitudes en uno y otro caso… Bajé a por una etiqueta común teniendo plata y me extrañó mientras se la pedía al kiosquero. Había un acuerdo tácito. Yo decía puchos y él me estiraba los franchutes. Como él desconocía mi economía diaria, siempre me daba los box. Cuando se equivocaba, lo corregía. No, común.
Por cinco pesos te daban una etiqueta común de cigarrillos y un peso con cincuenta de vuelto. Una ganga. Cuando pedía puchos y no lo corregía, siempre me encajaba un caramelo masticable por los cinco. Quizá cuando tenía plata quería comer caramelos. Qué sé yo.
Volvía a mi casa (departamento de barrio residencial) fumando el primer cigarrillo de la etiqueta (el mejor de todos).
A veces creo que escribo sobre cigarrillos porque acá en la cárcel se me complica conseguirlos. No, mentira: nunca estuve en la cárcel.
Se me trabó la llave en la cerradura, porque la puse al revés. Y le di media vuelta. Mientras trataba de arreglar la cuestión, pude ver que una cantidad inverosímil de témpera amarilla salía por debajo de la puerta. Cuando pude entrar, me encontré con ella. Estaba como ausente, desnuda, cruzada de pierdas, erguida, en el medio de un charco de lo que acusaba la puerta. Me miró, con una seriedad desorbitada, incoherente.
No pude prepararme a tiempo para aquella mirada incisiva y amarilla, interrogativa, pero sin exigir respuesta. Mirada retórica, diría.
Tuve miedo, hay que decirlo.
Me quedé mirándola.
Qué te pasa.
Nada, ¿por?
Qué sé yo.
Di media vuelta, tiré la ceniza en el charco y entré en el estudio. Estaba escribiendo un cuento acerca de las miradas y del color amarillo. Una boludez, digamos.
Reviví el mate. Estaba amargo y tibio. Acerqué mi boca a la bombilla y sorbía mientras vertía agua. Cuando logré calentar la yerba, ya estaba lavada. Me cago en Dios y en la Virgen. Apagué la colilla que hedía a filtro, y me levanté a dejar las heces del mate en el basurero, en la cocina-atelier.
Estaba sentada en la ventana, de espalda. La llamé y se dio vuelta.
Mientras me acercaba, el terror en su cara fue acrecentándose, hasta llegar a lo que parecía un orgasmo, aunque algo más exagerado. Quiso escapar, pero logré agarrarla a tiempo. Seguía sentada en la ventana, donde cogimos (pensábamos que hacer el amor era cosa de hippies).
Son amari…, dijo, mientras caía al vacío. La vi reventándose contra la vereda.
Me subí el pantalón, prendí el botón, subí el cierre y abroché el cinto. Bajé a verla… No estaba, sólo quedaba una mancha amarilla en el piso, como si hubiera estallado una bolsa de líquido. Me refugié detrás de un tacho de doscientos litros y esperé.
Formaba parte del 1%, aunque ahora parecía un tacho de doscientos litros, que alternaba entre llantos de desesperación y sonrisas eyaculatorias.
Ya había oscurecido.
Todo mira. Hasta en la oscuridad.

Sergio A. Iturbe
18/01/08

Soliloquio.

Lo que no era eterno se volvía provisorio.
Una jauría de dioses –pretéritos e intencionados políticamente- alineados como-gruesas-columnas-calumniadas.
Y claro… me paro como cubriéndome, como siendo una destreza perentoria. Noventa y tres años. ¿Para quién? Me bajo de las gradas en el soliloquio –aunque nunca hay soliloquios- y veo tu mirada vacía: intenciones prospectivas (¡Vacías!)
¿Y qué queda? La destreza de volverse logos; una prepotencia navegable.
Un soliloquio, aunque nunca hay soliloquios.

Sergio A. Iturbe
29/04/08

18.4.08

7.4.08

Le piéton de l´air (Eugène Ionesco) Fragmento final


(Cae la tarde sangrienta, se dejan oír estallidos de petardos, seguidos por leves fulgores rojos. Música de feria tristemente "alegre")
MARTA. -¿Oyes? ¿Ves? Tengo miedo.
BERENGUER. -Todavía no es nada, queridas. No es nada todavía más que la fiesta. ya véis, es una especie de 14 de julio inglés.
(Con las cabezas bajas, BERENGUER, EMPLEADO DE POMPAS FÚNEBRES y MARTA se dirigen hacia las luces rojas de la ciudad, y salen)
BERENGUER. -Nada por el momento...aún. Nada por el momento. Y tal vez no habrá otra cosa más que petardos...
MARTA. -Puede que se arregle...quizá las llamas puedan agarrarse...acaso el hielo se va a fundir...acaso los abismos se colmen...puede que los jardines...los jardines...

Telón final.

Verano de 1962.

3.4.08

Le Roi se meurt (Eugène Ionesco) Fragmento final.


EL REY (con los ojos cerrados y avanzando siempre llevado de la mano). -El imperio... No se ha conocido nunca imperio semejante: dos soles, dos lunas, dos bóvedas celestes lo alumbran, otro sol se levanta, otro más. ¡Un tercer firmamento surge, brota, se despliega! Mientras se pone un sol, otros se levantan... El alba y el crepúsculo a la vez... Es un dominio que se extiende más allá de los depósitos de los océanos que se tragan los océanos.
MARGARITA. -¡Atraviesalos!
EL REY. -Más allá de los setecientos setenta y siete polos.
MARGARITA. - Más lejos, más lejos. Trota, vamos, trota.
EL REY. - Azul, azul.
MARGARITA. -Todavía percibe los colores. Recuerdos coloreados. No es una naturaleza auditiva. Su imaginación es puramente visual... es un pintor... demasiado partidario de la monocromía. (Al REY.) Renuncia también a ese imperio. Renuncia también a los colores. Eso sigue extraviándote, te retrasa. No puedes detenerte más, no puedes pararte, no debes. (se aparta del REY) Anda solo. No tengas miedo. Adelante. (MARGARITA, en un rincón del escenario, dirige al REY, de lejos.) Ya no es de día, ya no es de noche, ya no hay día, ya no hay noche. Déjate dirigir esa rueda que gira delante de ti. No la pierdas de vista, síguela, no demasiado de cerca, está ardiendo, podrías quemarte. Avanza, yo aparto los abrojos, atención, no tropieces con esa sombra que está a tu derecha... Manos viscosas, manos implorantes, manos y brazos lastimeros, no volváis, retiraos. ¡No lo toquéis o tendréis que habéroslas conmigo! (Al REY.) No vuelvas la cabeza. Evita el precipicio de la izquierda, no temas a ese lobo viejo que aúlla... Tiene los dientes de cartón, no existe. (Al LOBO.) ¡Lobo, no existas! (Al REY.) No temas tampoco a las ratas. No pueden morder los dedos de tus pies. (A las ratas.) ¡Ratas y víboras, no existáis! (Al REY.) Salta la barrera... el camión no te aplastará. Es un espejismo... Puedes pasar, pasa... No, las margaritas no cantan, aunque están locas. ¡Absorbo yo sus voces, las borro!... No des oído al murmullo del arroyo. Objetivamente, no se le oye. Es también un arroyo falso, es una voz desafinada... ¡Voces desafinadas, callad! (Al REY.) Ya no te llama nadie. Huele, por última vez, esta flor y arrójala. Olvida su olor. Ya no tienes palabras. ¿A quién podrías hablar? Sí, eso es, aviva el paso... levanta un pie... el otro. Aquí está la pasarela, no temas al vértigo. (El REY se adelanta en dirección a las gradas del trono.) Bien derecho. No necesitas tu garrote, además, no lo tienes, No te inclines, sobre todo, no caigas. Sube, sube. (El REY empieza a subir las tres o cuatro gradas del trono.) Más arriba, aún más arriba. (El REY está ya junto al trono.) Vuélvete hacia mí. Mírame. Mira a través de mí. Mira este espejo sin imagen, sigue derecho... Dame tus piernas, la derecha, la izquierda. (A medida que le da esas órdenes el REY pone rígidos sus miembros.) Dame un dedo, dame dos dedos... tres... cuatro... cinco... los diez dedos. Entrégame el brazo derecho, el brazo izquierdo, el pecho, los dos hombros y el vientre. (El REY está inmóvil, cuajado como una estatua.) Eso es, ya lo ves, ya no tienes palabras; tu corazón ya no necesita latir, ya no vale la pena de respirar. Era una agitación bien inútil ¿verdad? Puedes sentarte.

Súbita desaparición de la Reina MARGARITA por la derecha.
El Rey está sentado en su trono. Se habrá visto, durante esta última escena, desaparecer progresivamente las puertas, las paredes de la sala del Trono. Este juego escenográfico es muy importante.
Ahora ya no hay nada en el escenario más que el REY en su trono envuelto en una luz gris. Después, el REY y el trono desaparecen igualmente.
Por fin, no queda más que la luz gris.
La desaparición de las ventanas, puertas, paredes, REY y trono debe hacerse lenta y progresivamente, pero con mucha limpieza. El REY, sentado en su trono, debe permanecer visible algún tiempo antes de zozobrar en una especie de bruma.

París, 15 de octubre - 15 de noviembre de 1962.

Telón final.