11.5.08

Descripción del kimono de Samuel Tesler (Adan Buenosayres-Leopoldo Marechal)


Dicho lo cual el filósofo se sentó en un larguero de la cama, buscó afanosamente sus zapatillas y al ponerse de pie sufrió un cambio digno de su mudable naturaleza: el torso gigantesco de Samuel cnocluía en dos cortas, robustas y arqueadas piernas de enano. Al mismo tiempo el quimono chino que lo envolvía manifestaba todo su esplendor. Y ha llegado al fin la hora de que se describa tan notable prenda, con todas sus inscripciones, alegorías y figuras, porque, si Hesíodo cantó el escudo del atareado Hércules y Homero el de Aquiles que desertaba, ¿cómo no describiría yo el nunca visto ni siquiera imaginado quimono de Samuel Tesler? Si alguien adujera que un escudo no es una ropa de dormir, le diría yo que una ropa de dormir bien puede ser un escudo, como lo era la de Samuel Tesler, paladín sin historia, que a falta de corcel jineteó una cama de dos plazas y cuya sola caballería fue un sueño tenaz con que se defendió siempre del mundo y sus rigores. El quimono era de seda color amarillo huevo, y tenía dos caras: la ventral o diurna y la dorsal o nocturna. En la cara ventral y a la derecha del espectador se veían dragones neocriollos que alzaban sus rampantes figuras y se mordían rabiosamente las colas; a la izquierda se mostraba un trigal en flor cuyas débiles cañas parecían ondular bajo el resuello de los dragones. Sentado en el trigal fumaba un campesino de bondadosa catadura: los bigotes chinescos del fumador bajaban en dos guías hasta sus pies, de modo tal que la guía derecha se atase al dedo gordo del pie izquierdo y la guía izquierda al dedo gordo del pie derecho del fumador. En la frente del campesino se leía la empresa que sigue: "El primer cuidao del hombre es defender el pellejo". El área pectoral exhibía a un elector en éxtasis que depositaba su voto en un cofre de palo de rosa lustrado a mano: un ángel gris le hablaba secretamente al oído, y el elector lucía en su pecho la siguiente leyenda: "Superhomo sum!". En la región abdominal, y bordada con hebras de mil colores, una República de gorro frigio, pelo azul, tetas ubérrimas y cachetes rosados volcaba sobre una multitud delirante los dones de una gran cornucopia que traía en sus brazos. A la altura del sexo era dado ver a las cuatro Virtudes cardinales, muertas y llevadas en sendos coches fúnebres al cementerio de la Chacarita: los siete Pecados capitales, de monóculo y fumando alegres cigarros de banquero, formaban la comitiva detrás de los coches fúnebres. En otros lugares de la cara ventral aparecían: el preámbulo de nuestra Constitución escrito en carácteres unciales del siglo VI; los doce signos del Zodíaco representados con la fauna y la flora del país; una tabla de multiplicar y otra de sustraer, que resultaban idénticas; las noventa y ocho posiciones amatorias del Kama Sutra pintadas muy a lo vivo, y un anuncio del Doctor X, especialista en los males de Venus; un programa de carreras, un libro de cocina y un elocuente prospecto del "Ventremoto", laxante de moda. La cara dorsal o nocturna del quimono, la que Samuel Tesler exhibía cuando se daba vuelta, lucía el siguiente dibujo: un árbol cuyas ramas, después de orientarse a los cuatro puntos cardinales, volvían a unirse por los extremos en la frondosidad de la copa. Alrededor del tronco dos serpientes se enroscaban en espiral: una serpiente descendía hasta esconder su cabeza en la raíz; ascendente la otra, ocultaba la suya en la copa del árbol, donde se veían resplandecer doce soles como frutas. Cuatro ríos brotaban de un manantial abierto al pie del árbol y se dirigían al norte, al sur, al este y al oeste: inclinado sobre el manantial, Narciso contemplaba el agua e iba transformándose en flor.

[Disculpá la copia, Nati, pero a mí también me gusta esta parte.]

Instead of suns


[Fotógrafa: Lola Gómez]

[Pierna: mía]

Domingo (Tove Ditlevsen-Traducción de Francisco J. Uriz)


Nunca ocurre nada los domingos.
Nunca encuentras un nuevo amor en domingo.
Es el día de los infelices.
Día de pensión o día de familia.
Las horas más dolorosas de la amante
cuando se imagina a su amado
con sus hijos en las rodillas
mientras su mujer, sonriente,
entra y sale con tentadoras bandejas.
Un día maldito.

Alguna vez tuvo que haber sido diferente.
¿Por qué si no tendríamos todos
que esperar con ansias el domingo durante toda la semana?
¿Quizá cuando íbamos a la escuela?
Pero ya entonces las campanas sonaban
compungidas y grises como lluvia y muerte.
Ya entonces las voces de los adultos
eran débiles e insonoras como si buscasen a tientas
y en vano las palabras dominicales.

El olor a humedad y a pan mohoso,
a sueño, botas de goma y achicoria
ya subía entonces por la escalera
y la calle, que estaba dura, vacía y diferente
de una manera desolada ­
El olor dominical nos forraba
con la gruesa capa de la decepción
que sigue a una expectativa
sin meta específica.

Pero, entonces ¿cuándo? En un lugar anterior a la memoria
hubo felicidad, una expectativa irresistible
que todavía nadie había sido capaz de defraudar.
Entonces las campanas significaban que papá estaba en casa,
el bigote, las negras cejas y el olor a tabaco mascado
estaban allí y allí quedaban, en un lugar cercano,
y quizá la risa de tu joven madre
sonaba más alegre que los otros días.

Es domingo. Tú nunca encontrarás
un nuevo amor ese día.
Estás sentada en el cuarto de estar
apabullada y rígida como una figura de cartón
a los ojos de los niños.
Escarban con los pies
y se pelean sin energía.
«Deberíamos hacer algo», dices.
«Sí», dice una voz detrás del periódico.
Entonces os calláis los dos, porque todo lo que tenéis ganas
de hacer es oculto y secreto
y sería inaceptable para el otro.

Las campanas de la iglesia suenan. Las narices de los niños
se llenan de desesperanzado olor heredado.
Sobre sus dulces rostros se desliza
una fealdad pasajera.
Una luz marchita
nace en sus ojos.

Pero todos esperamos el domingo
toda la semana, toda nuestra vida,
esperamos la ilusión de cientos
de largos domingos vacíos, agotadores.
Día familiar, día de pensión,
el infierno de los amantes secretos.
Ese día en que la nauseabunda grisura de los adultos
impregna a los niños y establece
la incomprensible melancolía dominical de los años venideros.

4.5.08

Nueva Gramática Castellana (Primer usuario)

hermanos wowowowowowow

hola bien duilio lindo amigo si bien
fotolog mucho as amigo grande for duilio la amor
si amigo muchos duilio bien
wowowoowowowowowowwowowowowowowwoowwowo

[La NGC (Nueva Gramática Castellana) se puede adquirir sólo haciendo click aquí.
Para conservar la salud mental hay que evitar exponerse a las fotos. La cuestión gramatical está sólo debajo de las mismas.]

Existencialismo New Rave (No es ficción)

.
*





para ke eztamOz en la vidaa?*

para ke exiztimOz?*

para ke vivimOz, krezemOz, eztudiamOz i trabajamOz

zi dezpuez mOrimOz i nadie

ze va a akOrdar de nOzOtrOz?*

exizte la verdad?*








NOZOTROZFILOZOFAMOZ (sic).

[Si querés ver lo que es el verdadero existencialismo, fijate acá]
Hay que ser hija de puta...

30.4.08

Prefacio a la oscuridad.


Después de “eso”, la simulación se hizo algo más ostensible. No sabría cómo explicarlo, pero, lisa y llanamente, me convertí en ese perro que notábamos en aquel callejón y que al acercarnos nos burlaba con su inexistencia, amparado en algún canasto de residuos, algún tacho de doscientos litros. Nos consolábamos con la “Gestalt”, recuerdo. Aunque uno no crea en la Psicología (hago mal en mayusculear aquella palabra), se termina por condescender con ella, de una u otra forma.
Condescender, rebajarse en compañía de lo que uno dice. Suplantación de la idea por la palabra.
Recuerdo, también, que no me creías cuando te decía que aquel perro tenía ojos amarillos. “Ojos de sol”, me burlaba. Me burlaba de la poesía naturalista, whitmaniana, en realidad. Era como un prefacio a la suplantación de la que te hablaba antes.
Y todo porque esos ojos amarillos terminaban siendo una tragedia de brillos, nacarados y siluetas favorecidas por el iluminado público: esa falacia metamorfoseante de naranja a amarillo. Siguen siendo ojos amarillos, no te equivoques…
Nunca supe qué tipo de martirio representaría semejante aparición si no dabas crédito a su animalidad. Cuando entrábamos, vos te agarrabas de la campera, tironeándomela. Yo te decía no, es un tacho, ¿no te acordás?
Sin embargo, tenías miedo de que te mordiera. Incluso mostrándote esos papeles con estadísticas de mi viejo, de Criminología. Habíamos llegado a la conclusión. Sólo en el 1% de los casos que se registraban, víctima y victimario coincidían en el color de ojos, sin considerar los matices.
Está bien que yo no creía en las estadísticas y vos sí en las casualidades, por lo que los estudios de mi viejo no te tranquilizaban, o al menos hubieras preferido tener cualquier otro tipo de ojos. Ese estudio había relacionado el color de ojos con la muerte, por más chica que haya sido la cifra del porcentaje. Y vos creías en las estadísticas y yo no en las casualidades…
Una vez, hace unos meses, entré en casa y te encontré sentada en el piso, las piernas cruzadas, témpera azul, el cuaderno de los ensayos, témpera en la alfombra, en tu pierna derecha, en mis ensayos. Te diste media vuelta y me miraste desde abajo, sin subir la cabeza: fue el día que supe que tenías ojos amarillos, y expresión de perro en falta (cuando estabas en falta).
Sexo, témpera azul, alfombra, sin siquiera saludar. (Los ensayos de ese cuaderno se perdieron para siempre, no usar pluma azul nunca más).
Témpera roja, también. Verde, no. Amarilla, tampoco.
Ojos. Muerte. La mirada del otro.
Lacan, espejo. Sartre, mirada. Cortázar, axolotl.

Todo mira. Hasta en la oscuridad.

Un día me quedé sin cigarrillos, y algo había que hacer. Fumo cigarrillos negros, los de la bandera de Francia. Cuando tengo plata, compro “box”. Cuando no, etiqueta común, de las blandas y víctimas de los jeans. La diferencia entre una y otra es de diez centavos. No entiendo la diferencia de actitudes en uno y otro caso… Bajé a por una etiqueta común teniendo plata y me extrañó mientras se la pedía al kiosquero. Había un acuerdo tácito. Yo decía puchos y él me estiraba los franchutes. Como él desconocía mi economía diaria, siempre me daba los box. Cuando se equivocaba, lo corregía. No, común.
Por cinco pesos te daban una etiqueta común de cigarrillos y un peso con cincuenta de vuelto. Una ganga. Cuando pedía puchos y no lo corregía, siempre me encajaba un caramelo masticable por los cinco. Quizá cuando tenía plata quería comer caramelos. Qué sé yo.
Volvía a mi casa (departamento de barrio residencial) fumando el primer cigarrillo de la etiqueta (el mejor de todos).
A veces creo que escribo sobre cigarrillos porque acá en la cárcel se me complica conseguirlos. No, mentira: nunca estuve en la cárcel.
Se me trabó la llave en la cerradura, porque la puse al revés. Y le di media vuelta. Mientras trataba de arreglar la cuestión, pude ver que una cantidad inverosímil de témpera amarilla salía por debajo de la puerta. Cuando pude entrar, me encontré con ella. Estaba como ausente, desnuda, cruzada de pierdas, erguida, en el medio de un charco de lo que acusaba la puerta. Me miró, con una seriedad desorbitada, incoherente.
No pude prepararme a tiempo para aquella mirada incisiva y amarilla, interrogativa, pero sin exigir respuesta. Mirada retórica, diría.
Tuve miedo, hay que decirlo.
Me quedé mirándola.
Qué te pasa.
Nada, ¿por?
Qué sé yo.
Di media vuelta, tiré la ceniza en el charco y entré en el estudio. Estaba escribiendo un cuento acerca de las miradas y del color amarillo. Una boludez, digamos.
Reviví el mate. Estaba amargo y tibio. Acerqué mi boca a la bombilla y sorbía mientras vertía agua. Cuando logré calentar la yerba, ya estaba lavada. Me cago en Dios y en la Virgen. Apagué la colilla que hedía a filtro, y me levanté a dejar las heces del mate en el basurero, en la cocina-atelier.
Estaba sentada en la ventana, de espalda. La llamé y se dio vuelta.
Mientras me acercaba, el terror en su cara fue acrecentándose, hasta llegar a lo que parecía un orgasmo, aunque algo más exagerado. Quiso escapar, pero logré agarrarla a tiempo. Seguía sentada en la ventana, donde cogimos (pensábamos que hacer el amor era cosa de hippies).
Son amari…, dijo, mientras caía al vacío. La vi reventándose contra la vereda.
Me subí el pantalón, prendí el botón, subí el cierre y abroché el cinto. Bajé a verla… No estaba, sólo quedaba una mancha amarilla en el piso, como si hubiera estallado una bolsa de líquido. Me refugié detrás de un tacho de doscientos litros y esperé.
Formaba parte del 1%, aunque ahora parecía un tacho de doscientos litros, que alternaba entre llantos de desesperación y sonrisas eyaculatorias.
Ya había oscurecido.
Todo mira. Hasta en la oscuridad.

Sergio A. Iturbe
18/01/08

Soliloquio.

Lo que no era eterno se volvía provisorio.
Una jauría de dioses –pretéritos e intencionados políticamente- alineados como-gruesas-columnas-calumniadas.
Y claro… me paro como cubriéndome, como siendo una destreza perentoria. Noventa y tres años. ¿Para quién? Me bajo de las gradas en el soliloquio –aunque nunca hay soliloquios- y veo tu mirada vacía: intenciones prospectivas (¡Vacías!)
¿Y qué queda? La destreza de volverse logos; una prepotencia navegable.
Un soliloquio, aunque nunca hay soliloquios.

Sergio A. Iturbe
29/04/08

18.4.08

7.4.08

Le piéton de l´air (Eugène Ionesco) Fragmento final


(Cae la tarde sangrienta, se dejan oír estallidos de petardos, seguidos por leves fulgores rojos. Música de feria tristemente "alegre")
MARTA. -¿Oyes? ¿Ves? Tengo miedo.
BERENGUER. -Todavía no es nada, queridas. No es nada todavía más que la fiesta. ya véis, es una especie de 14 de julio inglés.
(Con las cabezas bajas, BERENGUER, EMPLEADO DE POMPAS FÚNEBRES y MARTA se dirigen hacia las luces rojas de la ciudad, y salen)
BERENGUER. -Nada por el momento...aún. Nada por el momento. Y tal vez no habrá otra cosa más que petardos...
MARTA. -Puede que se arregle...quizá las llamas puedan agarrarse...acaso el hielo se va a fundir...acaso los abismos se colmen...puede que los jardines...los jardines...

Telón final.

Verano de 1962.