7.5.12
Brisa
17.1.12
El incidente
Por alguna extraña razón tuve la desafortunada oportunidad de escuchar sus últimas palabras.
Está claro que a las últimas palabras de una persona siempre las envuelve un halo de misterio que muy frecuentemente deriva en un vaticinio que todos se encargan de ver cumplido, por más descabelladas y herméticas que sean.
No bien ocurrió el accidente me eché toda la culpa, aunque sólo fui el agente pasivo de circunstancias fortuitas.
Me desempeñaba como piloto de helicóptero y mi función era transportar al gobernador cada dos días a diversos lugares fuera de la ciudad.
Una vez, lejos de lo acostumbrado, piloteé el helicóptero para llevar un paquete cerrado que iba dirigido a un intendente del interior. Como iba a hacer muchos kilómetros sin compañía, invité a un amigo que gustaba de toda cosa que volara. Es así como quedamos en encontrarnos en el helipuerto de la casa de gobierno, lugar al que llegó tarde por una fiebre de su hijo recién nacido. Aunque demoró media hora más de lo que habíamos acordado, pudimos salir a la hora estipulada.
El accidente tuvo lugar en el aterrizaje de ida y en un momento pensé que las pérdidas iban a ser materiales, solamente.
A causa de una falla del aparataje de medición del viento –aunque había sido debidamente chequeado según las normas- no pude ver que en el instante del aterrizaje se levantaba un viento cruzado que no pude manejar manualmente debido al tamaño excesivo del helicóptero. Éste se inclinó hacia la derecha y la hélice mayor quedó enterrada en el pasto aledaño a la pista. El motor, aunque trabado, hacía un ruido infernal que me aturdía incluso con los auriculares todavía puestos. Podría haber accionado la palanca de emergencia para desactivar el sistema eléctrico, sí, pero en vez de preocuparme por el aparato me ocupé de sacar a Carlos de la cabina, ya que el helicóptero estaba acostado de su lado y él estaba inconsciente.
Cuando logré rescatarlo, lo ubiqué lo más lejos que pude del helicóptero, aunque la distancia no fue la suficiente porque yo tenía una fractura expuesta del fémur derecho. El motor seguía rugiendo y movía la gigantesca máquina lentamente.
Pensé que había rescatado su cuerpo, pero todavía no sabía si estaba vivo o muerto porque no reaccionaba a mis gritos ni a mis golpes. Ahí es cuando el rotor principal se despegó de la tierra donde estaba semienterrado haciendo un ruido de metal doblado. La hélice posterior descendió hasta donde estaba el cuerpo de mi amigo, seccionando su cuerpo inconsciente a cuarenta y cinco grados a la altura del abdomen. Yo lo sostenía del torso y puedo jurar que nunca voy a olvidar el sonido que produjo la sección de su cuerpo. Ahí fue cuando supe que no estaba inconsciente, motivo por el cual abrió los ojos como preso de un placer muy intenso. Después me miró y, mientras la sombra de la hélice proyectaba una intermitencia de sol sobre su cara, me dijo, no sé si debido al delirio de la agonía por desangramiento, que ya nos veríamos. Que nos veríamos de nuevo debajo de un sol artificial, literalmente.
Después murió, con las vísceras desparramadas en el pasto seco, luego de lo cual el motor se apagó para siempre como si ya hubiera cumplido su función. Los ojos se le apagaron lentamente y dejó caer la cabeza sobre mis brazos ensangrentados.
Todavía recuerdo el lunar, ubicado por arriba de los labios, en el centro exacto debajo de la nariz, donde hubiera estado el bigote si no se lo hubiera afeitado todas las mañanas. Ese lunar, combinado con los ojos oscuros, generaba una sensación muy extraña. Se formaba un triángulo que permeaba a cualquiera al que dirigiera la mirada.
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Muchos años después me encontraba en una dependencia de la Fuerza Aérea revalidando la licencia de piloto. Luego de hablar con la empleada de administración, giré y me llevé por delante a un chico, casi un adolescente, que esperaba ser atendido detrás de mí. Le pedí disculpas maquinalmente como quien cumple un requisito ridículo e indeseable. No te preocupes, no va a ser la primera ni la última vez, me respondió. Ahí es cuando lo miro y veo el lunar, simétricamente dispuesto debajo de la nariz donde debiera estar un bigote ahora ausente. Sonríe y yo me alejo alienado. Cuando recuerdo el triángulo de la mirada perentoria de su padre antes de morir, doy la vuelta y sigue parado en el medio de la sala de espera, debajo de un ventilador de techo. Ya no sonríe.
La sombra de las aspas proyecta una intermitencia de la luz del fluorescente en su cara, lo que me hace recordar el olor de las vísceras de su padre.
12.1.12
Ellas
El nido principal estaba en uno de los vértices de la bañera, a la izquierda de la pared de donde salía la grifería. Caminaban a lo largo de la bañera, pasaban por detrás del inodoro, doblaban en la puerta y atravesaban el pasillo por la junta de los mosaicos. Después se bifurcaban: unas se perdían a un costado de la heladera y otras seguían por el zócalo que llegaba hasta el patio.
Aunque nunca fui obsesivo con la limpieza –odio el anonimato de las cosas pulcras- tuve que condescender con ella. Para que el recorrido siguiera su curso, nada era más eficaz que la limpieza.
Hasta que un día alguien me dijo algo que no comprendí pero que asumí como un deber: debía matarlas. Esta persona asumía que eran indeseables y me obligó a matarlas. Yo las quería conmigo y entendí que debía matarlas. Temía que en algún momento se fueran, ya que el flujo comenzó a disminuir. Necesitaba cristalizar su compañía. Creí que seres tan diminutos no podían ser presa de un líquido aparentemente tan inocuo y transparente. Vertí el contenido del envase en el vértice de la bañera y el tránsito se aceleró. Corrían en dos hileras en sentido contrario, se chocaban, se rozaban y seguían su camino. La velocidad se incrementó y después casi que se detuvieron.
Dejé esta visión y me acosté.
Al otro día escuché un silencio más profundo que el habitual. El silencio que se escucha cuando no hay movimiento. Todo el recorrido estaba marcado con puntos negros, como cenizas.
Ahora las tengo para siempre. Inmóviles, eternas. Y no corren el riesgo de estar solas. Ya no.
[Dedicado a S.D.M.].
5.1.12
Había una mujer...
El regreso a casa
14.10.11
La primera te la regalan
11.10.11
Los vecinos
La pareja del frente era a la que prestaba más atención por el simple hecho que se veían particularmente infelices.
Había algo con el bebé, ya que a veces salían temprano en el auto y después volvían solos. La sillita vacía.
El vecino, obviamente, sabía cuándo sacar la reposera, cuándo mirar las caras apesadumbradas.
Las lágrimas de la madre le deleitaban en particular.
Cuando el padre entraba el auto miraba por el espejo retrovisor por si viene algún intruso. Siempre, religiosamente, la cara risueña del vecino, husmeando en la intimidad.
Un día, los padres llegaron más tarde de lo habitual. La madre bajó del auto particularmente contrariada y se metió rápido en la casa. El padre accionó el control remoto del portón y entró el auto, mirando por el retrovisor. La carita del vecino, sonriente, se manifestaba con un esplendor inusitado.
Si bien el portón estaba a medio abrirse, prendió el auto, puso reversa y arrancó el marco, frenando el baúl justo antes de la reposera del viejo que ya había dejado de sonreír.
El padre se baja rápidamente del auto y da la vuelta al auto para abrir el baúl violentamente.
Adentro, un cajoncito blanco reluce al reflejar las luces de la calle.
Alza el cajón, lo abre temblorosamente y se lo pone en la falda del viejo.
-Está muerto, hijo de mil putas. Reíte ahora, que te quiero ver de cerca. Dale, que tengo muchas ganas de verte riendo, la concha de tu madre.
11/10/11
El crimen
Sin embargo, para su propia seguridad, lleva siempre consigo una punta que antes era cuchillo.
En la oscuridad de la noche, en el callejón que debe cruzar para llegar a su casa, cree ver el destello de una hoja afilada en la mano de alguien desconocido que se recorta en un cielo claro, esperando debajo de una escalera.
Rápidamente saca la punta del mango rojo -que nadie sabe que tiene- y corre en sentido contrario.
Corre cuadras y más cuadras, hasta que el cansancio lo hace resbalarse y caer sobre su brazo hábil.
Al día siguiente, a los pocos minutos de haber amanecido, encuentran un cadáver apuñalado en la calle.
Pese a que la policía busca al culpable, jamás dan con las huellas dactilares que encuentran en el arma asesina.
Las cosas que con más razón demuestran que el crimen es premeditado son las siglas que encuentran en el arma.
Sobre el mango rojo, reluciente, brillan tres letras doradas que coinciden con el nombre de la víctima.
11/10/11
26.9.11
El baño
[Inspirado en una anécdota de J.G.]
19.7.11
Eva

Es evidente que los hoteles son para las trampas y para los complots. Para la intimidad silenciosa, nada mejor que un monoambiente.
Está bien que en este momento reposa en su sillón, uno de tres cuerpos, viendo la televisión que relampaguea en su cara, dándole una tonalidad que nadie aseguraría de que es azul.
Parece ser un departamento lúgubre, de esos a los que le entra poca luz. Ventanas chicas y pocas. Olor a heladera de soltero, esa humedad de hongos mezclada con la acidez de la descomposición.
Volvemos al sillón, desde donde puede acceder a la heladera sin levantarse, y lo vemos regado de lo que parecen papas fritas. Alguna mancha que, contrastada con el color del tapizado, nos depara una incertidumbre acerca de la naturaleza de la sustancia derramada. Ese color disfraza de ocre, a lo sumo de un tono más oscuro, todo lo que cae en él.
La televisión muestra, por medio de un locutor oficial que nació anacrónico, la imagen de Eva Duarte de Perón dando el famoso último discurso en el que se desvanece en los brazos de su esposo, que sonríe y toma su cabeza como quien consuela el llanto de un niño encaprichado con algo inminente. A la imagen clásica le sigue la de la peregrinación masiva para dar la despedida a los restos de la líder, la gente que camina maquinalmente hacia el ataúd de cristal blindado. La ausencia del General.
Pero eso es la introducción. Las imágenes muestran un matiz enrarecido de los eventos. Mientras se refriega en su sillón, mientras se hunde en las aureolas aceitosas del tapizado, mientras juega con un trozo de goma espuma anaranjada que sobresale de uno de los almohadones, comprende que en ese enrarecimiento hay una música de fondo. Es un conjunto incierto de violines que van ascendiendo lentamente. Si uno abstrae las imágenes, el sonido nos predispone a anticipar que el asesino está pronto a aparecer, que los planos cortos y los travelings lentos desembocarán en la aparición de la monstruosidad. Pero no.
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Sólo más imágenes de Evita y los violines de fondo. El locutor anacrónico.
En su izquierda, el vaso de rigor. Sin hielo. Titila en dorados sucios. Herrumbrados. Le da un trago, que no encuentra lugar y chorrea a través de su mejilla. Se limpia con la manga de la bata. Una bata con las mangas deshilachadas, que cuelgan como un anillo lo haría de una cadenita de plata.. Tiene sandalias de cuero reseco. Los ojos que brillan un cuadrado esférico intermitente.
Estira la mano derecha que no sostiene un cigarrillo y sí una mano blanca y delicada. O parece que la acaricia, con leves vaivenes rítmicos. Se diría que el ritmo es el de la pantalla. Pero no.
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El final, después de la lentitud, se precipita con un vértigo insospechado. Lo que pasa es que una agencia de inteligencia internacional descubre el refugio donde anida el ladrón del cadáver de Evita, que descansa todavía en el sillón, con su cara apoyada inverosímilmente contra el respaldar. Los miembros de su cuerpo embalsamado ya tienen nuevas articulaciones que la asemejan a un muñeco de madera hecho por un fabricante de muebles. Como toscos. La madera es tan blanca que parece violeta. Podría tener algún resto de comida, alguna suciedad. Pero no.
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Las fuerzas parapoliciales se apuran y reducen al delincuente, mientras todavía las imágenes de Evita parpadean en la pantalla. Lo esposan y se lo llevan de los pelos, mientras arrastra los pies en zigzag. Las sandalias yacen en el piso, al lado del sillón. La claridad irrumpe en la habitación y muere sólo cuando queda vacía. La momia de Evita recostada en el sillón, ya desierto. Su mirada vacía no parece mirar al televisor apagado. El vidrio del tubo refleja una sombra que opaca la nueva claridad que entra cuando se entorna la puerta con un chirrido agudo que no es siniestro. Es como un ruido de utilería. Nada serio. Unos pasos alrededor del sillón y dos botas de cuero y pantalones camuflados, como los de Infantería. Una mano temblequeante parece acomodarse la bragueta, alguna incomodidad. Una incomodidad leve porque los movimientos no son bruscos. Roza su cinturón. Luego da la vuelta al sillón nuevamente, la puerta se cierra y la pantalla deja de reflejar el sol. Parece haberse quedado sola, al fin. Parece, pero no.
[Este cuento no habría podido escribirse sin la participación de José Platzeck, con quien prontamente tomaremos las riendas del cortometraje denominado "Mario, el gorila"].





