8.7.08

Injerto ubicado entre la escena I y la escena II del Acto V de Hamlet.

[Advertencia: para su mejor intelección, el lector debería, si no se es un estudioso de Shakespeare, releer (o leer) la escena I del acto V, luego la presente escena y luego la escena II; que es la última en la que vive Hamlet, como lo vaticina mientras da sus datos al banco de Suiza. En el caso en que el lector sea lo suficientemente apático o perezoso para hacer esto, la escena I es la del cementerio, en la que Hamlet tiene un acceso de existencialismo escatológico (que será el retomado en el presente injerto) al tomar dos de las calaveras que encuentra en el cementerio (una de las cuales es de Yorick, un conocido que detona la conciencia de la finitud humana). El injerto se insertaría justo en el punto en que Horacio y Hamlet vuelven del cementerio. La escena siguiente es en la que tiene lugar la contienda entre Laertes y Hamlet y en la que Hamlet, junto con casi todos menos Horacio, a razón de ser el heredero de la cuenta en Suiza de Hamlet y el único testigo de la tragedia, mueren envenenados o agujereados.]

Una sala en el castillo.


Entran Hamlet y Horacio.


Hamlet.- Faire une promenade pour le cementerio me conduce hacia los lúgubres pasillos del existencialismo... ¡Oh!

Horacio.- ¿"Faire une promenade"? ¿Es que te empeñas en disfrazar el pragmatismo inglés desmantelando nuevos existenciarios? El existencialismo francés te amanera... La manière, la manière...

Hamlet.- ¡Oh, l´être pour la mort! ¡Oh!

Horacio.- Je suis, tu es, il est...

Hamlet.- ¡Nous sommes!

Horacio.- ¡Oui!

Hamlet.- ¡Oh, posibilidad radical! ¡Oh, conciencia de la finitud! ¡Oh!

Horacio.- Algo huele mal en Dinamarca...

Hamlet.- (Fregándose el vientre) La muerte me doblega el estómago...

Horacio.- (Fregándose la nariz) ¡Es inmundo! ¡Huele como el cráneo de Yorick!

Hamlet.- (Con aire de autosuficiencia) Ciertamente, mi querido Horacio. El Demiurgo me ha vaticinado el hedor del infierno, los gusanos de la putrefacción, el destino gastrointestinal de los restos...

Horacio.- Tu le dices a Laertes, te quejas de sus exageraciones en el marco de la muerte de su hermana, Ofelia; diriges "La Ratonera" amonestando a los bufones a causa de la falta de naturalidad en su actuación... ¿No reparas, mi buen señor, en la exageración que sugiere tal comparación? ¿Eh?

Hamlet.- (Dubitativo) ¡Piensas acaso que los restos de Yorick huelen peor que mis ventosidades?

Horacio.- (Exacerbado) ¡No! ¡De ninguna manera! ¡Es al revés, es al revés!

Hamlet.- (Frotándose el mentón) Eso es porque te encuentras demasiado cerca de mi destino... quiero decir... de mi jurisdicción putrefactaria...

Horacio.- (Escandalizado como un francés) ¡Neologizas como un alemán!

Hamlet.- ¡Oh, vano insensato, verdad de perogrullo, tautología digestiva! ¡"Neologizar" es un neologismo!

Horacio.- (Con actitud filosófica presocrática) El discurso debe corresponder formalmente con la intención...

Hamlet.- (Sarcásticamente) ¡Es eso, mi querido amigo, lo que te han corregido en el Trabajo Práctico de ayer!

Horacio.- Ciertamente, mi ventoso señor, manifestación irreductible de los restos de una sopa de porotos...

Hamlet.- Garbanzos, mi regular amigo.

Horacio.- Promocional, promocional... Sólo me falta recuperar el práctico del que hablabas...

Hamlet.- No cantes victoria, agudo olfato canino.

Horacio.- ¡Oh! ¡Por Dinamarca! ¡Te has cagado nuevamente!

Hamlet.- (Compungido, aunque sin dejar de ser un reproche ) Disculpa, imperfecto servidor de mi amistad. (Líricamente) La obscura proximidad de mi muerte, calaveras cual parque de diversiones de gusanos blancos, sombras nocturnas que parecen esquizofrenias que moldean mi razón como el fuego al PVC, cuervos que acechan mi fortuita e inestable vitalidad... ¡Oh!

Horacio.- ¿Qué ha sucedido?

Hamlet.- Mi ventoso destino me ha ofrendado como si en mi persona residiera la divinidad. ¿Serán mis ropas interiores el receptáculo de tales ofrendas? ¿Serán los restos, por ventura, ruidos intestinales? ¿Ventosidades silenciosas?

Horacio.- ¡Oh, precisa palabra que has vociferado: "RECEPTÁCULO"!

Hamlet.- Discúlpame un instante, querido y pulcro amigo, que no soportas mi destino... iré inmediatamente a cambiarme el altar... quiero decir... las ropas ofrendadas. ¡Oh, intercambiables rituales, herejes de onomatopeyas febriles!

Horacio.- Ve, por favor. Te lo agradezco. (Aparte) Toda Dinamarca te lo agradecerá, si persistes en tales manifestaciones de fe. (Abriendo la ventana) ¡Oh, destino putrefacto, que persistes aun en el aire circulando!

[Continuará]
Sergio A. Iturbe (en el papel de Shakespeare...)
09/07/08

27.6.08

Juego de piso



El juego consiste en subsistir y en hacer desangrar a los oponentes. Dado que el tablero en donde se desarrolla este juego es bastante extenso, se necesitarán muchos participantes, no menos de 60.
El tablero se dispondrá en el piso, si es rebatible, pero se tendrá que hacer un piso de cemento y mosaicos lisos y blancos, generando un cuadrado de 6 metros de lado, teniendo cada mosaico constituyente de la trama unos 30 centímetros de lado, de manera que una persona pueda pasar por uno de ellos sin tocar con su cuerpo a personas contiguas, ni atrás ni a los costados. A los lados, delimitando el tablero, habrá alambrados electrificados, de manera tal que sólo se pueda salir por el extremo correspondiente. El tablero tendrá una leve pendiente hacia alguno de los lados para que todos los fluidos (ya sea sangre, orina, vómito u otras inmundicias) desemboquen en un orificio en cuyo extremo habrá un receptáculo para procesarlo de la manera que se explicará luego.
Las personas entrarán por uno de los mosaicos de la esquina y caminarán en línea recta por los mosaicos que serían los que delimitan el cuadrado hasta llegar al extremo, donde girarán 90° hacia el lado que hayan mosaicos, pasarán al mosaico que está ahora delante suyo y girarán 90° en el mismo sentido que el giro anterior y caminarán en línea recta nuevamente, pasando por la línea de mosaicos paralela a la que transitaron antes, pero en sentido contrario, y así hasta llegar a la esquina contraria al mosaico por el que se entró en el tablero, por el otro extremo de la diagonal que formaría.
Los participantes entrarán uno atrás del otro hasta que todos estén en el tablero, uno en el primer cuadro, otro en el segundo, y así sucesivamente hasta que se llenen los casilleros con todos los participantes, que jugarán simultáneamente.
Todos los participantes deberán estar provistos de unos dispositivos en sus brazos, cintura y piernas, consistentes en cuchillas afiladas de unos 20 centímetros de largo y con el filo dispuesto hacia delante y perpendicular a los lugares en donde estén ubicados. En el pecho se colocará una punta del mismo largo, de manera que mantengan distancia y no se adelanten de su casillero.
Así, cuando todos los participantes se encuentren dentro del tablero, habrán tres filas y cuando empiecen a moverse según las reglas establecidas, cortarán a sus adversarios con las cuchillas (que es lo único que tendrán puesto) con la única posibilidad de agacharse unos 20 centímetros de su estatura normal, y salir cuando termine el tablero. En el caso que se desmaye debido a la falta de sangre, el juego se parará para sacar al perdedor, ya que sólo se puede jugar parado, porque hay que ocupar nada más que un casillero. Cuando un participante haya sido descalificado, todos se correrán para llenar el casillero vacante. Pasarán varias veces por el tablero hasta que salga el ganador, y cambiando el orden de manera aleatoria, según ordene el árbitro de acuerdo a las lesiones.
Ganará el juego el que quede parado en el tablero y además el que haya conservado el 80% del volumen total de su sangre (se podrá perder sólo un litro de sangre para ganar).
Durante el juego no se podrá emitir ningún tipo de gesticulación ni sonido, ya sea por dolor o para ejercer algún tipo de coacción psicológica sobre sus oponentes, so pena de cometer un foul técnico, cuyo castigo es la comisión de severos orificios en la arteria femoral con un taladro neumático, a cargo del médico oficial del partido.
El premio para el ganador consistirá en la devolución de la sangre perdida durante el juego (no antes ni después) y los cuidados médicos correspondientes a las heridas adquiridas en el juego (no se curarán las enfermedades o heridas preexistentes).
Los fluidos que queden en el receptáculo antes mencionado serán filtrados y oxigenados por maquinaria idónea a esos efectos para generar la cantidad de sangre suficiente para el ganador, que sólo será uno.
Los participantes deberán medir entre 1,5 y 1,7 metros, y pesar más de 50 kilogramos. Antes de jugar, se harán los análisis psicológicos, hematológicos, genealógicos y religiosos pertinentes a cada uno de los participantes, los que deberán ser óptimos.
Las categorías se dividirán por el tipo de sangre, por sexos y por edades (todo esto debido a las prestaciones del filtro y del purificador de sangre que, de más está decirlo, no hace milagros genéticos, es sólo un purificador y oxigenador artificial).
Ni la institución que realice este juego, ni los sponsors, ni siquiera el autor se hará responsable de la pérdida de valores, ya sea dinero, instrumentos de relojería, miembros inferiores, superiores y medios, ni tampoco por la muerte ni los gastos funerarios consecuentes.

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS ©2006.

Sergio A. Iturbe


27/01/06

5.6.08

Trece


I

La curiosidad me puede. Nada que hacerle.
Eso de tener previstas ciertas formalidades para poder actuar de manera correcta me tiene sin cuidado. Lo puede decir cualquiera que me haya rozado, cualquiera que haya sido víctima de mis deslices manifiestos, algo así como lo contrario a un pánico escénico. Quizá una desinhibición sarcástica que se dispara ante las multitudes. Odio las multitudes.
Tiene algo de masoquismo, porque soy una persona esencialmente tímida. Cuando mi propia voluntad es la que dispara tales vociferaciones de desaprobación ante una estupidez manifiesta, me descubro, para mi recurrente asombro, falto de vergüenza. Los girasoles heliotrópicos –valga la redundancia- se concentran en cierta luz autónoma generadora de ridículo: siempre se dan vuelta para verme. Siempre.
Sic semper tyrannis.

Nunca miro al auditorio, nunca lo considero ni siquiera en calidad de interlocutor: sólo me limito a hablarle al que corresponda. Pero esta vez, no.
Estaba hablando, si mal no recuerdo, de lo que representaba la inexistencia del segundo viaje de Colón, a propósito de un absurdo de no-consecución numérica en Macedonio Fernández(1). El chiste está en saltar del uno al tres sin más. No es una crítica historiográfica. Idiotas.
Me di vuelta maquinalmente, como para corroborar cierta evasión activa, como una omisión de la generalidad heliotrópica (girar en sentido de la luz racional, malditos ilustrados). Toda su cara me miraba. Sus ojos no. Ni siquiera el consuelo de los ojos fugaces que por reflejo evaden el contacto. Nada. Se hubiera dicho que nunca me había mirado.
Considerando el desborde consuetudinario de su conducta, olvidé el resto de lo que iba a decir. Me senté en un acceso de automatismo jesuita, sin dejar de mirarla. De pie. Sentados. De pie. Sentados. Código binario. Sí, no.
Zapatillas blancas sin medias, jean celeste, remera blanca con alguna estúpida inscripción en inglés mal construido invitando a la reflexión.
Hasta ahora, nada raro.
Aunque su tez contrastaba con su remera, no dejaba de ser pálida. Su rostro era más pálido aún. Diríase que nunca había tomado sol, ni siquiera por reflejo hídrico. Blanco azulado. Thánatos.
Sólo veía la mitad exacta de su cara: la otra estaba oculta cuasiherméticamente detrás de su pelo negro. Aunque la densidad capilar era la normal, aumentaba en una actitud huérfana de naturalidad justamente en la mitad derecha de su cara. Su nariz oficiaba de terminación ergonómica, yuxtapuesta al pelo que caía en línea recta hacia abajo. Ningún intersticio atentaba contra el pudor de lo desconocido. Ni siquiera la sorprendía en un movimiento brusco que hiciera que el pelo se alejara lo suficiente de su piel como para denotar el hedor de esa ausencia.
Su mirada era penitente, como si estuviera condenada a mirar lo que su respiración flagelaba en el blanco absurdo de su cuaderno de apuntes.
Era la última en llegar y la primera en irse. Siempre. Nadie la conocía, no hablaba. Sólo se sentaba con su lapicera, golpeando esporádicamente y sin ritmo la superficie eternamente cándida de la hoja. De vez en cuando miraba hacia delante, y con miedo rencoroso volvía a la actitud acostumbrada. Huía del contacto, en todos sus géneros.
Ya en el colmo de mi incertidumbre, me prometí hablarle en cuanto viera el asomo más mínimo de cambio en su rutina. Como no hubiera esperanza de esto, obvié el requisito.
Esta vez, salió quince minutos antes. Al ver esto, agarré mis libros y cuadernos, y corrí detrás de ella. Parecía correr caminando. Todo en ella era reservado, su intención parecía la invisibilidad.
“Disculpame”, casi le grité. Creo que me escuchó, porque dio un imperceptible salto, pero siguió como si no existiera. Ni ella, ni yo. Corrí y la alcancé, interceptándola y poniéndome frente a ella, cara a cara. Al frenar para no chocarme, su pelo condescendió con la inercia, rozándome con cosquillas de crema de enjuague, aunque yo estaba de frente y no sirvió de nada. El pelo volvió adonde siempre.

II

Cuando habíamos caminado dos cuadras, ya me había acostumbrado a su olor, que me repugnaba en hálitos intermitentes y concomitantes al ir y venir de la brisa que se hacía autónoma e isócrona.
A medida que nos introducíamos en el microcentro, su incomodidad iba aumentando y ponía excusas para deshacerse de mi presencia. Sus excusas no tenían la calidad de una persona esquiva, por lo que no tenían éxito debido a su inverosimilitud.
Aunque adiviné sus intenciones, me empeciné en seguirla hasta su departamento, autoinvitándome a tomar un café. Por qué no.

III

Subimos ayudados por el ascensor, provisto, salvo en lo que concierne a la puerta, de espejos posibilitados por el acero inoxidable. Piso trece. Hice una broma con la Nada y con los edificios de Estados Unidos(2). Un no-lugar.
El departamento estaba limpio (cosa que puso al descubierto su excusa) y constaba de una cocina, un baño, una habitación y un living.-comedor. Todo, menos la cocina y el baño, tenía piso de madera.

IV

Menos mirarme, lo que sea.
No tardé mucho en acomodarme en un modesto sillón de cuero negro que no condecía con el estilo más bien minimalista del departamento en su conjunto. Un minimalismo por falta de muebles, más bien. Por defecto.
Estaba anocheciendo y la insté a que apagara la luz.
Se sentó a mi lado, en silencio.
Era una invitación, más que un silencio.
No sé describir la diferencia.
Comencé a conocer su lado derecho con la boca.
El pelo, la censura, ya no era tal. Era sólo pelo.
Metí la lengua en la cuenca vacía de su ojo derecho. El párpado no conservaba su convexidad, y caía más bien como un clítoris cutáneo. Logré llegar al fondo de la cavidad: era como una boca desfasada y delimitada por labios-pestañas. Al hacer algo de presión, empecé a jugar, llevando de un lado a otro lo que sería el remanente del nervio ocular, provocándole consecutivas convulsiones que arqueaban su cuerpo y hacían rechinar los resortes del sillón.
Había una dureza en el extremo del conducto, que se fue ablandando con el movimiento, mimetizándose, pasados unos minutos, con el contexto suave y aséptico de la cavidad en general.

V

Perseveré hasta que su respiración, otrora discreta y suave, se violentó.

VI

Nunca prendimos la luz.

VII

A mitad de la noche, me levanté a buscar agua a la heladera.
Ella dormía.
Escuchaba su respiración ir y venir a través del living.

VIII

Cuando abrí la heladera, pude escuchar el silencio.

IX

La luz de la heladera la iluminó a mi lado. Estaba parada, con el pelo recogido, ostentando una simetría algo más perfecta que la del hemiocultamiento.

X

Me desperté antes de que amaneciera y me fui, sin prender la luz.

XI

No me gustan las despedidas. Nunca me gustaron.

XII

Algo me molesta en la boca: es una pestaña.

XIV

Qué asco.


Sergio A. Iturbe
11/02/08

(1) El autor se refiere a “La nada de un viaje de Colón”, cito en Papeles de Reciénvenido, de Macedonio Fernández. Todo el libro está escrito en tono humorístico, por lo que parece irrisorio que un auditorio completo se empecine en otorgarle status historiográfico. Aunque a veces…
(2) Al ser Estados Unidos un pueblo sumamente supersticioso, los edificios suelen adolecer de la falta del piso decimotercero a fin de ahuyentar la mala suerte en la construcción y éxito inherentes. Podría estar esto emparentado con la nota 1 y ser el aporte del autor a “La continuación de la Nada” de M. F.

4.6.08

La clase de Filosofía o Cómo hacer que bancos azules profieran palabras articuladas con verbos y todo.


Y allí estábamos, escuchando las especulaciones respecto a la Teoría Corpuscularista de la Materia, aplicada a la formación de los colores. Era interesante escuchar lo que retrógrados pensadores de siglos anteriores pensaban sobre cosas acerca de las cuales sólo podían hacer teorías “altamente probables”.
Veíamos los esfuerzos sobrehumanos de la profesora para explicarnos la fenomenología óptica que producía en nosotros la idea de “azul’’, ejemplificada contingentemente por los bancos que casualmente eran azules. (No, en realidad tomo al azul por ser el color que tenían los bancos). Yo, mientras tanto, me divertía pensando en la indiferencia de los pobres pupitres frente a explicaciones de esta índole teórica que poco afectaba su existencia, salvando las vibraciones provocadas por la penetrante voz de histérica, solterona y cincuentona.
Y los bancos estaban ahí, silenciosos pero imponentes como lo suelen ser las cosas difíciles de explicar.
Era raro cómo todos estaban compenetrados escuchando las hormigueantes palabras de la catedrática, aun siendo tan distantes del sentido inmanente que poseían estas criaturas azuladas.
No encontraba la relación que había entre el “color azul’’ y su definición arcaica de “disposición tal de los corpúsculos constitutivos del objeto que su apariencia es de naturaleza azulada’’.
El abismo entre la cosa a justificar y la justificación se incrementaba en proporción geométrica a medida que las palabras discurrían por sus fauces intransigentes a la falta de correlato con la realidad, al menos con la aparente.
Lo razonable hubiera sido que dichos bancos se encontraran invadidos por la paz y tranquilidad propias de los seres que no poseen conciencia; y en definitiva nada impidió que así estuvieran. Lo trágico y descabellado fue que yo no los percibiera de esta manera tan idílica, tan indolora; aunque en realidad no era descabellado que una vez más viera las cosas de forma tan desprovista de eufemismos estéticos que sería la belleza retórica y la supuesta tendencia a la socialización.
Ahora tengo que contar cómo veía a estos inocentes artefactos domésticos, aunque para expresarme mejor debería decir que son artefactos propedéuticos...
Azules; los veía extremadamente azules, no se imaginan cómo. Este ‘’azulismo exacerbado’’ me provocaba auténtico miedo, el miedo que producen las cosas que no se conocen, máxime si la causa de esta ignorancia es una falencia pedagógica…
La comprensión de lo lejos que estaban esos azules de la concepción que tienen los intelectuales de ellos me provocó pánico: después de todo son ellos los que determinan lo que los pseudo-intelectuales de biblioteca deben entender por ‘’azul’’…
Y es natural que así sea: personas empecinadas en aprender o ‘’aprehender’’ la manera complicada de decir lo que vulgarmente y sin mayores artilugios dialécticos puede llamarse ‘’azul’’.
La tragedia se hacía inminente; pero guardé silencio en pro de la justicia que se merecen los seres inanimados y privados del “aliento de la vida’’, como decían los griegos presocráticos cuando el hablar por sí era metafórico, al menos mirándolos desde este lado de la historia.
Eran demasiado azules como para que permanecieran tan pasivos frente a tamañas insolencias intelectuales y agravios de naturaleza racista (también, aunque no lo crean, es posible discriminar a las cosas azules denegándole aptitud para defenderse por sí solas).
Y así fue: se hizo justicia…
Terminó la clase y todos volvieron a sus hogares.
Al otro día la profesora preguntó:
- ¿Quedó alguna duda de la clase anterior?
- No -respondieron.
- Entonces, ¿de qué color son los bancos en que están sentados?
- Somos azules…, muy azules- respondieron al unísono.

Sergio A. Iturbe

29.5.08

Toc (Cadáver exquisito)


Al caer, la anciana podría haber rebotado en el asfalto. Alguna propiedad física hace que lo vertiginoso de la caída se apague ni bien toque el suelo.
Una mancha oscurece el pavimento.
¿Por qué se quita la vida una persona de setenta años? El inquisidor es uno de los que, como yo, vieron el espectáculo. No sé, le corresponde una voz femenina a mi derecha. Ahí viene la segunda.
Esta era voluminosa, cacheteó el suelo con su piel rellena de grasa, y quedó con media cara contra el piso, el pelo un poco largo revuelto y cubriendo la mirada con sangre. Uno de los niños notó el marrón de su corpiño descomunal, y tuvo una arcada. La madre posó su mano entre su cabello y se la restregó. Todos volvieron a mirar para arriba.
Un resabio de mujer, de la mitad del tamaño de una, bajaba precipitadamente cortando el aire. Al mismo tiempo sentí el viento en la cara y traté de imaginar la sensación. El sonido seco atrajo mi vista como un reflejo mueve a un pescado.
Parecía mirar una incongruencia: un hilo bordeaux pendía del lagrimal, la retina opaca, desarticulada de su función de mensura, contemplación del eco que todavía retumbaba en los edificios, inercia de la explosión viscosa. A manera de una sandía, retoñaba coágulos por una grieta de pelos de gelatina. Confusión. No pueden detener de sus convulsiones al que se encontraba a centímetros de la decisión –o tal vez una súplica, quién te dice-. Grita vocales, gorgoteando la mucosa del impacto. Hubiera imaginado a la muerte algo más líquida, menos concreta. Grita porque se le presenta así: densa, física, casi clínica.
Con la cuarta se dibujaron las incógnitas en nuestros rostros. La altura de donde provenían estaba oculta en lo opaco del cielo comiendo los contornos de las altas torres. Había, en algunas cejas por ejemplo, temor. Posiblemente al no encontrar parangón cirquero para la lluvia de viejas. Algún anciano podría intentar inventar el recuerdo, pero no pude divisar a ninguno en la maraña de cabezas. Tal vez habían previsto el rito y no acudieron para no sensibilizarse. Finalmente, pertenecen a esa última raza humana carente de características justamente propias a la humanidad, principalmente el sexo. Tal vez eran la siguiente parte del número.
Toc.
Se suele tomar al suicidio negativamente: niega la jovialidad, la trascendencia y hasta la concha de su puta madre (La Psicología se encarga de los presupuestos e influencias familiares). Moralina. La cara, aunque sorprendida, no sugiere desesperación.
Está bien que se reventó el cerebro, que ya no cabría en la cavidad otrora asignada. Los rasgos están desfigurados por el impacto, aunque se improvisa una fatalidad trágica en sus intenciones. “Ya no le quedaba nada por hacer”, proponen.
Es lo que hacen cuando no quieren estorbar: ruido.
Toc.
E incluso la escena iba mereciendo los aplausos. El área de unos tres metros cuadrados donde iban quedando depositados los restos iba adquiriendo tonalidades insospechadas. Hasta las caídas, indefinidas en número, diferentes en intensidad, una muerte particular para cada anciana, un fondo que más de fuegos artificiales era de explosiones orgánicas. Seco el sonido a hueso pulverizado y a riñón estacado por costilla: Toc. Húmeda mi sonrisa, y la inconmensurabilidad de la escena.
Yacían depositados cuerpos como para merecer ser ubicados en categorías como docenas. Un semicírculo de gente rígida los rodeaba a prudencial distancia, evitando los más curiosos los eventuales salpicones de fluidos. Cada tres o cuatro suicidios, algún escéptico se apartaba imaginando una nueva estrategia publicitaria, pretendiendo arcadas o consultando el reloj.
La cuestión terminó cuando me vi arrojado al vacío por mi propia fuerza, convencido de los efectos homeopáticos del aire de un décimo piso.
Llega un punto en que no se nota la diferencia entre el sabor de la vereda y el del viento.
Toc.

(Escrito por Germán A. Díaz y Sergio A. Iturbe
el 21/12/07 en los talleres gráficos de la Habitación de la
Entropía).

23.5.08

Poesía callejera

vos no
así no
porque no
ya no
no y basta

20.5.08

Prestaciones de un Nokia 1100


Dramatis personae.
Ciudadano.
Paria.

[Son como las cinco de la mañana. Ciudadano viene bajando por una calle desolada. Por detrás viene Paria, que hiede a alcohol y a Poxi-ran (con tolueno). Alcanza a Ciudadano y le cruza el brazo por el cuello.]

Paria. -Dame el celular, pedazo de mierda. Dámelo o te quemo.
Ciudadano. -Pará, loco, tranquilizate. Es un Nokia 1100. No me lo vas a robar...
Paria. -¿Eso a vos qué puta te importa? Te dije que me lo des.
Ciudadano. -Bueno, tomá, pero soltame.

[Paria lo suelta, después de lo cual Ciudadano le da el celular. Paria intenta prender la linterna (apretando la "C", obviamente). Forcejea como pretendiendo que funcione de acuerdo a su voluntad. La luz nunca se prende.]

Ciudadano. -No, la linterna no anda. Me lo vendieron con la luz quemada.
Paria. -La concha de tu puta madre... lo que me faltaba.

[Revienta el celular contra el asfalto. Corre hasta una plaza, de las que tienen banquitos y, sentándose en uno de ellos, llora desconsoladamente. Se prende la intermitencia del alumbrado público. Para de llorar. Mira la luz maquinalmente. Sonríe. Escupe el chicle que masticó toda la noche y tantea el piso una y otra vez, hasta que amanece. El alumbrado público se apaga. Se vuelve a sentar en el mismo banco. Vuelve a llorar.]

Telón final.

Sergio A. Iturbe
20/05/08

18.5.08

El hedor del infierno (Fragmento de "Retrato del artista adolescente" de James Joyce)


El mismo aire de este mundo, este puro elemento, se hace hediondo e irrespirable si ha estado cerrado por largo tiempo. Considerad cuál no será la hediondez del aire del infierno. Imaginad un cadáver que hubiera estado yaciendo en su tumba, pudriéndose y descomponiéndose, hasta llegar a ser una masa gelatinosa de líquida corrupción. Imaginad este cadáver pasto de las llamas, devorado por el fuego de la hirviente piedra azufre de modo que exhale densas y sofocantes humaredas de nauseabunda descomposición. Y luego, imaginad este pestífero olor multiplicado un millón de veces y un millón de veces de nuevo por los millones y millones de fétidas carroñas amontonadas en la humeante oscuridad, como un hongo monstruoso de podredumbre humana. Imaginad todo esto y podréis llegar a tener cierta idea del horroroso hedor del infierno.

14.5.08

Fiesta de la coacción


Y claro, empezaron los escopetazos, era un barrio de mierda. Al vecino se le ocurrió ser curioso en el trayecto de un cartucho. Pedazos de hueso convexo y masa encefálica por todos lados. Cayó la policía, con sus luces psicodélicas y nacionalistas (celestes y blancas las luces que se ostentaban). Empezó la fiesta rave, en tanto que la música electrónica sugería espasmos en sus adeptos. La cerveza empezó a circular entre los destellos. Cerveza irlandesa, para colmo. De calidad, la cerveza, pero porque eran sudacas. Todo mal. A las cinco de la mañana nos desalojaron, mientras el cadáver era retirado por la Policía Judicial. Me duele la espalda: nunca había bailado tanto. Me siento seguro en la ciudad de Córdoba.

Sergio A. Iturbe
24/01/08

12.5.08

Retrato del artista adolescente (James Joyce) Fragmento


Cuando sentado en su pupitre contemplaba fijamente la cara astuta y enérgica del rector, la mente de Stephen se deslizaba sinuosamente a través de aquellas peregrinas dificultades que le eran propuestas. Si un hombre hubiera robado una libra esterlina en su juventud y con aquella libra hubiera amasado una enorme fortuna, ¿qué era lo que estaba obligado a devolver, sólo la libra que había robado, o la libra con todos los intereses acumulados, o el total de su inmensa fortuna? Si un seglar al administrar en bautismo, vierte el agua antes de pronunciar las palabras rituales, ¿queda el niño bautizado? ¿Es válido el bautismo con agua mineral? ¿Cómo puede ser que mientras la primera bienaventuranza promete el reino de los cielos a los pobres de corazón, la segunda promete a los mansos la posesión de la tierra? ¿Por qué fue el sacramento de la eucaristía instituido bajo las especies de pan y vino, siendo así que Jesucristo está presente en cuerpo y sangre, alma y divinidad en el pan solo y en el vino solo? ¿Contiene una pequeña partícula del pan consagrado todo el cuerpo y la sangre de Jesucristo, o sólo una parte de ellos? Si el vino se agria y la hostia se corrompe y se desmenuza, ¿continúa Jesucristo estando presente bajo las especies como Dios y como hombre?