21.7.08

Kitsch



He renegado toda mi vida acerca de la existencia de familias normales, convencionales. No obstante, es ésta una familia normal, convencional.

Papá, mamá y sus cuatro y rubios hijitos. Lindos, todos ellos.

Papá y Mamá, como son jóvenes, conservan ese combustible y agotable cariño aún no desarticulado por el hastío y los reemplazos laborales y sexuales. Es por esto que el viernes, ya liberados de sus tareas empresariales, Papá invita a Mamá a cenar afuera. Es su aniversario de casados.
Esta invitación -que quince o veinte años después resultarían intentos vanos de restablecer una relación gangrenada- es en este momento una distracción semanal no carente de una activa jovialidad. Están conformes con sus sueldos, con su moderno auto importado, con el desempeño escolar de sus hijos.
Como el mayor no tiene la edad suficiente para cuidar a los restantes tres, Papá y Mamá deciden llamar a una niñera.
Papá, aunque es Juez Penal, no repara en las notas frenológicas que hubieran delatado, y sin dificultad, la perversión de esta joven.
Papá y Mamá, confiando en la inutilidad doméstica de la que en otro momento fue una indigente trabajadora nocturna, recomiendan a la atenta niñera que no abra las ventanas "bajo ninguna circunstancia". Lo mismo con las puertas, tanto traseras como principales.

Nadie, salvo ellos en persona, puede ingresar en la residencia. NADIE.

Ignoran, claro está, cuatro cosas importantes, a saber:

a) No todo problema entra por las puertas o las ventanas;
b) Si el problema entra por la puerta -o la ventana- no necesariamente tiene que ser a la fuerza;
c) El problema puede ser potencial. Esto es: el problema puede haber entrado hace años, pero manifestarse de una vez y definitivamente en una milésima de segundo;
d) Los problemas, lejos de poder ser solucionados mediante precauciones diseñadas a los fines, muchas veces -la mayoría- son generados por éstas.

Papá y Mamá, envuelto cada uno en un halo de perfume francés, se suben al auto. Notan un desperfecto en el portón automático, pero no le dan importancia. "Mañana llamo al técnico", dice Papá, que no se da cuenta de la trascendencia ingenua que implica la postulación de un mañana palpable y previsible. "Bueno, pero que no pase de mañana", dice Mamá, creyendo, como Papá, en las agendas y en los calendarios.

Los calendarios suelen encontrarse en las agendas. El infierno, sin embargo, está en el presente.

El portón automático del garaje, aunque haciendo un chirrido escalofriante, se cierra herméticamente.

La niñera, muy curiosa, mira por la ventana de la cocina. Los mira sacar el auto del garaje.

Un imprudente conductor de camión de mudanzas obstruye la salida del auto de Papá.

Papá, apurado aunque sin motivos, se baja de su convertible. Gesticula de manera tal que las palabras que pronuncia, si bien no son percibidas por la niñera, parecen instrumentos arcaicos y obsoletos de comunicación. Inmediatamente después, el camión se mueve posibilitando el tránsito de Papá.

La niñera, cuando el auto desaparece de su campo visual, mira el reloj que pende de un estudiado clavo ubicado encima de la puerta corrediza que comunica a la cocina con el comedor.

La aguja del segundero, roja como no lo son sus compañeras, no se mueve de su lugar: se detuvo exactamente sobre el brillante ocho escrito en números romanos. VIII. Faltan exactamente veinte segundos para que el minutero salte a la progresión prefijada. Sin embargo, no es esto una falta temporal. No tiene pila, nomás, que es una de las manifestaciones de la Nada.

Aunque estamos entre dos opciones -tres contando la superposición de ellas- la niñera (poco detallista y en éxtasis por las libertades que posibilita la ausencia de los patrones, no repara en ello y se convence de una hora poco certera. Poco certera, de más está decirlo, para esas convenciones tan tercamente axiomáticas.

Los niños, mientras, duermen apaciblemente en la cama de tres plazas de sus padres.

Es como dormir con Papá y Mamá.

Pueden sentir su perfume y, así, dormir tranquilos como asegurados por sus falaces presencias.

Sus actividades extraescolares (piano, violín, natación y equitación, respectivamente) los dejan exhaustos mentirosamente temprano: recordemos que el segundero no prospera.

La niñera, previendo un posible e indiscreto regreso, mira por la misma ventana que descubrió la partida del todavía feliz matrimonio. La ventana de la cocina. Hace esto al tiempo que abre el segundo cajón. El primero es el de los cubiertos. El segundo es el de los repasadores y los guantes de cocina. Saca uno es estos últimos, se lo pone y se dirige a la habitación principal, donde duermen los niños.

Con sumo cuidado, y tratando de no hacer el más infinitesimal ruido, abre la maciza puerta.

La oscuridad y las respiraciones regulares los delatan: duermen.

Uno de ellos finge.

El ruido ya familiar de la puerta principal la desconcentra. Es Papá. La niñera se altera: la han descubierto. No. No pasa nada. Papá ha venido por la corbata, que yacía, olvidada, en el perchero detrás de la puerta. La cierra. El fade out del motor describe su alejamiento.

La niñera, suspirando, cierra la puerta que había abierto y, bajando las escaleras, se dirige al living, al frente del televisor. Lo prende, aún con el guante puesto en la mano derecha. Busca el canal de cocina, que no tarda en encontrar. Sube su pollera y, con su mano derecha, empieza a masturbarse mientras mira los retoques decorativos de una torta de chocolate y crema. Le excitan los postres dulces. También los niños y los utensilios de pastelería.

La relación entre estos elementos pasa desapercibida como el segundero del reloj.

Quince e incronicados minutos tarda esta mujer para eyacular masculinamente sobre el impecable parquet, no sin antes cerrar los ojos y aumentar su ritmo cardíaco hasta gemir prudentemente, mientras sus piernas, salpicadas de manera grotesca, casi que dibujan ciento ochenta grados en la Geometría y treinta y ocho grados en la Termodinámica de su ahora irrigado y erecto clítoris.

La impunidad de cuatro subconsciencias infantiles -recordemos, así también, que una de ellas es conciencia fingiendo subconsciencia- no se compara con la inconsciencia electrónica de una sola cámara de seguridad emplazada y convenientemente camuflada en un cuadro tan decorativo como no-artístico.

El todavía cálido efluvio de su orgasmo reciente se convierte en despreciable y asqueroso mientras su pulso vuelve a la normalidad y descubre el incómodo sabor de la inminente limpieza del piso.

El parquet se mancha muy fácilmente.

El estruendo que proviene de la planta baja aborta sus planes -seguir masturbándose- al tiempo que salta del sillón y se dirige al lugar de origen. Al subir las escaleras, la pólvora y el hierro se hacen presentes, primero, e inmanentes, después.

La puerta de la habitación principal sigue cerrada.

La intriga y la baja presión arterial producen el martilleo de sus rótulas y el posterior desvanecimiento de la rigidez de sus articulaciones: sus piernas, todavía húmedas, tambalean al llegar al descanso de la escalera. En este preciso instante estalla un llanto coral como de eunucos desesperados.

Tropieza con uno de los zócalos, se precipita de rodillas y golpea estentóreamente su cabeza contra la puerta.

Los chillidos, en el clímax de los decibeles, cesan.

La puerta se entorna en tanto que le impide darse cuenta de que el mayor de los hijos sostiene una ensangrentada Smith & Wesson Magnum .357. Es el arma personal de Papá, quizá descubierta fruto de un hurgar cajas depositadas en el vestidor.

Hijo-Mayor ha escupido a Hermana-Violinista (ocho años) en su níveo rostro. Digo "escupir" por la consistencia de los cóncavos trozos de cráneo que descansan a lo largo y ancho de toda la habitación.

"Escupir", como quien dice.

La niñera se arrastra hasta los pies de la cama y en el trayecto saborea una tibia y grisácea porción de masa encefálica.

Prefiere la crema moca, decide.

Cuando se asoma, lo ve a Hijo-Mayor sentado a un lado de la cama, apuntándole a Hemano-Nadador (seis años). No, por favor, implora éste. Sí, dejame, dice Hermano-Mayor. Se oye el ruido grave y resonante de un nuevo disparo. La niñera siente como si ranas tibias y húmedas le hubieran saltado encima.

Hermano-Menor se quita con la lengua los restos de sus hermanos. Son dulces, piensa. Lo dulce le genera alegría. Sonríe. Esa sonrisa desaparece mientras el maxilar inferior, desarticulado, choca contra el tapiz de la cabecera de la cama.

Hijo-Mayor quiere despertar a sus tres hermanos, pero lo único que logra es mover dos torsos inanimados y decapitados, que yacen aún en las ensangrentadas sábanas de seda.

Parecen sábanas de nylon. Brillan opacamente.

Hermano-Menor, en pleno ejercicio de sus facultades, palpa la incomprensible ausencia de su mandíbula. Su lengua, ubicada donde siempre, no encuentra el marco natural de su reposo. Siente un gusto salado y recuerda el mar, el primer contacto con el mar.

No es sangre. Es mar.

Recuerda la articulación y los labios incrédulos de su padre. Mira a Hermano-Mayor e interroga su tranquila expresión. Mira el arma.

Se escucha el chirrido del portón automático.

La niñera ha empezado a masturbar el exangüe pubis de Hermana-Violinista. Su cuello, desgarrado y ahora terminación de su cuerpo, se mueve de un lado a otro al ritmo del guante de cocina.

Hermano-Mayor encuentra la mandíbula de Hermano-Menor, que ya no mira ni se mueve.

En la planta baja, junto con la recomendación televisiva de no usar margarina sino manteca, Papá y Mamá se ríen de eventos recientes.

El mozo se parecía a Hegel, dice Papá.

Jajaja, dice Mamá.

Ahora suben las escaleras.

Claro, ahora entiendo. Para eso el absurdo de cómo subir una escalera: es un libro para ebrios, dice Papá y no sé a qué se refiere.

Jajaja, repite Mamá.

Hijo-Único sonríe cuando Papá y Mamá entran en Habitación Principal.

¿Qué es esto?, pregunta Papá en el momento en que Hijo le estira un sobre de papel madera.

Feliz aniversario, exclama Hijo cuando Papá saca la mandíbula de Ex-Hijo-Menor.

Yo ayudé a hacerlo, dice la niñera, que sigue masturbando a Fiambre-De-Hija-Violinista.

Gracias, dicen enternecidos Papá y Mamá, abrazando a su hijo único y pateando, sin querer el cadáver de Hijo-Nadador.

Papá separa a Hijo de su pecho y lo mira, emocionado hasta las lágrimas.

De nada, papi. Los quiero mucho, responde.

Nosotros también te queremos, hijo, dice Mamá, mientras se limpia una lágrima que pende de su mejilla.


21/07/08
[La foto es de autoría propia y corresponde a la primera frase del libro "Anna Karenina" de Lev Tolstoi].

13.7.08

Injerto hamletiano. (Continuación).


Habitación de Hamlet.




Hamlet, solo y cagado encima.




Hamlet. (tomando el arcaico pero todavía en circulación Motorola V3, marca un número excesivamente largo. El sonido de los tonos numéricos se debe escuchar fuertemente.) -Hello! Yes. I´m Hamlet. Yes, a Shakespeare´s character. OK. I´ll wait... (Espera unos instantes) Yes, still here. I´m just calling in order to transfer my account... Yes... Because of my inminent death... Yes. When? The next scene. Yes. Transfer all the money from 2003174468 to 2003748588. Password? Yes... let me see... "heilhitler". Yes, from Hamlet Himmler to Horacio Panza. Can I speak in spanish? OK. Thanks. (Cierra el celular, porque es de los que se abren, como ya se sabe). ¡Qué absurda existencia, goethiano Mefistófeles que se desangra concomitante a la lógica aristotélica, esa aritmética que habita en los confines de nuestras mentes! ¡Oh, Revolución Científica! ¡Oh! (Mirando detalladamente el pantalón que se acaba de sacar) ¡No fueron sólo las ropas interiores las sacrilegiadas..! ¡Oh! (Tira el celular al piso con la fuerza suficiente como para que estalle en cuatrocientos cincuenta y tres pedazos.)



Entra Equinoccio, el-personaje-que-no-existe-en-Hamlet.



Equinoccio. (No sin taparse la nariz al entrar) -¿Me ha llamado, señor?


Hamlet.- ¿Es que osas negar el destino político de Dinamarca de esa manera, infame traidor a la Patria? ¿Osas taparte la nariz?


Equinoccio. (Confuso) -No pensé que fueran tales cosas que se interpretaran de mis acciones, mi señor.


Hamlet.- Piensas mal.


Equinoccio.- Es que NO PENSÉ que fuera tal la interpretación...


Hamlet. (Perspicaz) -En ese caso... NO pensaste mal...


Equinoccio. (Perspicaz, aunque un grado menos que Hamlet) -¿Entonces, mi lord?


Hamlet. (Evasivo, tomando el boxer "Eyelit" por demás coloreado artificialmente, a la usanza isabelina) -Éste es el destino de Dinamarca, y el de todos los hombres que habiten el territ...


Equinoccio. (Mortificado) -¡Oh! ¡Qué miseria de antropología!


Hamlet. (Superado) -Ciertamente, mi equinocturno sirviente carente de existencia.


Equinoccio. (Hastiado) -Todas mis noches son iguales, señor. Es la razón etimológica de mi nombre. No se acerca un ápice a lo que cósmicamente refieren por tal, ya que si planteamos al equinoccio como suele efectuarse, ¿dónde está el segundo término de la comparación, es decir, el día?


Hamlet. (Mientras se limpia con dificultad la retaguardia -el término bélico es pertinente- con una toalla que ostenta, sin disimulo, la flamante bandera de la Comunidad Europea, con su pintoresco círculo hepatítico de estrellas) -Eso me pasa por imponer la enseñanza del latín a la servidumbre.


Equinoccio. (Provocativo) -Propongo, hic et nunc el argumentum de que dispone vuestra majestad para, prima facie, desbordar tal incongruencia epistémica. "Epistémico"... de "episteme": conocimiento.


Hamlet.- ¡Oh! ¡Ahora recuerdo! ¡El griego también!


Equinoccio. (Afectado, aunque irónicamente) -No llore, mi excelentísimus y magnánimus señor, por los lácteos derramados en la infértil y seca tierra de las palabras. Alea iacta est... ad hoc. (Mientras lo consuela con una sonrisa grotesca dibujada en la cara, le acaricia libidinosamente la espalda a Hamlet).


Hamlet. (Lamentándose como producto del trilingüismo de su sirviente inexistente) -¡Oh!

8.7.08

Injerto ubicado entre la escena I y la escena II del Acto V de Hamlet.

[Advertencia: para su mejor intelección, el lector debería, si no se es un estudioso de Shakespeare, releer (o leer) la escena I del acto V, luego la presente escena y luego la escena II; que es la última en la que vive Hamlet, como lo vaticina mientras da sus datos al banco de Suiza. En el caso en que el lector sea lo suficientemente apático o perezoso para hacer esto, la escena I es la del cementerio, en la que Hamlet tiene un acceso de existencialismo escatológico (que será el retomado en el presente injerto) al tomar dos de las calaveras que encuentra en el cementerio (una de las cuales es de Yorick, un conocido que detona la conciencia de la finitud humana). El injerto se insertaría justo en el punto en que Horacio y Hamlet vuelven del cementerio. La escena siguiente es en la que tiene lugar la contienda entre Laertes y Hamlet y en la que Hamlet, junto con casi todos menos Horacio, a razón de ser el heredero de la cuenta en Suiza de Hamlet y el único testigo de la tragedia, mueren envenenados o agujereados.]

Una sala en el castillo.


Entran Hamlet y Horacio.


Hamlet.- Faire une promenade pour le cementerio me conduce hacia los lúgubres pasillos del existencialismo... ¡Oh!

Horacio.- ¿"Faire une promenade"? ¿Es que te empeñas en disfrazar el pragmatismo inglés desmantelando nuevos existenciarios? El existencialismo francés te amanera... La manière, la manière...

Hamlet.- ¡Oh, l´être pour la mort! ¡Oh!

Horacio.- Je suis, tu es, il est...

Hamlet.- ¡Nous sommes!

Horacio.- ¡Oui!

Hamlet.- ¡Oh, posibilidad radical! ¡Oh, conciencia de la finitud! ¡Oh!

Horacio.- Algo huele mal en Dinamarca...

Hamlet.- (Fregándose el vientre) La muerte me doblega el estómago...

Horacio.- (Fregándose la nariz) ¡Es inmundo! ¡Huele como el cráneo de Yorick!

Hamlet.- (Con aire de autosuficiencia) Ciertamente, mi querido Horacio. El Demiurgo me ha vaticinado el hedor del infierno, los gusanos de la putrefacción, el destino gastrointestinal de los restos...

Horacio.- Tu le dices a Laertes, te quejas de sus exageraciones en el marco de la muerte de su hermana, Ofelia; diriges "La Ratonera" amonestando a los bufones a causa de la falta de naturalidad en su actuación... ¿No reparas, mi buen señor, en la exageración que sugiere tal comparación? ¿Eh?

Hamlet.- (Dubitativo) ¡Piensas acaso que los restos de Yorick huelen peor que mis ventosidades?

Horacio.- (Exacerbado) ¡No! ¡De ninguna manera! ¡Es al revés, es al revés!

Hamlet.- (Frotándose el mentón) Eso es porque te encuentras demasiado cerca de mi destino... quiero decir... de mi jurisdicción putrefactaria...

Horacio.- (Escandalizado como un francés) ¡Neologizas como un alemán!

Hamlet.- ¡Oh, vano insensato, verdad de perogrullo, tautología digestiva! ¡"Neologizar" es un neologismo!

Horacio.- (Con actitud filosófica presocrática) El discurso debe corresponder formalmente con la intención...

Hamlet.- (Sarcásticamente) ¡Es eso, mi querido amigo, lo que te han corregido en el Trabajo Práctico de ayer!

Horacio.- Ciertamente, mi ventoso señor, manifestación irreductible de los restos de una sopa de porotos...

Hamlet.- Garbanzos, mi regular amigo.

Horacio.- Promocional, promocional... Sólo me falta recuperar el práctico del que hablabas...

Hamlet.- No cantes victoria, agudo olfato canino.

Horacio.- ¡Oh! ¡Por Dinamarca! ¡Te has cagado nuevamente!

Hamlet.- (Compungido, aunque sin dejar de ser un reproche ) Disculpa, imperfecto servidor de mi amistad. (Líricamente) La obscura proximidad de mi muerte, calaveras cual parque de diversiones de gusanos blancos, sombras nocturnas que parecen esquizofrenias que moldean mi razón como el fuego al PVC, cuervos que acechan mi fortuita e inestable vitalidad... ¡Oh!

Horacio.- ¿Qué ha sucedido?

Hamlet.- Mi ventoso destino me ha ofrendado como si en mi persona residiera la divinidad. ¿Serán mis ropas interiores el receptáculo de tales ofrendas? ¿Serán los restos, por ventura, ruidos intestinales? ¿Ventosidades silenciosas?

Horacio.- ¡Oh, precisa palabra que has vociferado: "RECEPTÁCULO"!

Hamlet.- Discúlpame un instante, querido y pulcro amigo, que no soportas mi destino... iré inmediatamente a cambiarme el altar... quiero decir... las ropas ofrendadas. ¡Oh, intercambiables rituales, herejes de onomatopeyas febriles!

Horacio.- Ve, por favor. Te lo agradezco. (Aparte) Toda Dinamarca te lo agradecerá, si persistes en tales manifestaciones de fe. (Abriendo la ventana) ¡Oh, destino putrefacto, que persistes aun en el aire circulando!

[Continuará]
Sergio A. Iturbe (en el papel de Shakespeare...)
09/07/08

27.6.08

Juego de piso



El juego consiste en subsistir y en hacer desangrar a los oponentes. Dado que el tablero en donde se desarrolla este juego es bastante extenso, se necesitarán muchos participantes, no menos de 60.
El tablero se dispondrá en el piso, si es rebatible, pero se tendrá que hacer un piso de cemento y mosaicos lisos y blancos, generando un cuadrado de 6 metros de lado, teniendo cada mosaico constituyente de la trama unos 30 centímetros de lado, de manera que una persona pueda pasar por uno de ellos sin tocar con su cuerpo a personas contiguas, ni atrás ni a los costados. A los lados, delimitando el tablero, habrá alambrados electrificados, de manera tal que sólo se pueda salir por el extremo correspondiente. El tablero tendrá una leve pendiente hacia alguno de los lados para que todos los fluidos (ya sea sangre, orina, vómito u otras inmundicias) desemboquen en un orificio en cuyo extremo habrá un receptáculo para procesarlo de la manera que se explicará luego.
Las personas entrarán por uno de los mosaicos de la esquina y caminarán en línea recta por los mosaicos que serían los que delimitan el cuadrado hasta llegar al extremo, donde girarán 90° hacia el lado que hayan mosaicos, pasarán al mosaico que está ahora delante suyo y girarán 90° en el mismo sentido que el giro anterior y caminarán en línea recta nuevamente, pasando por la línea de mosaicos paralela a la que transitaron antes, pero en sentido contrario, y así hasta llegar a la esquina contraria al mosaico por el que se entró en el tablero, por el otro extremo de la diagonal que formaría.
Los participantes entrarán uno atrás del otro hasta que todos estén en el tablero, uno en el primer cuadro, otro en el segundo, y así sucesivamente hasta que se llenen los casilleros con todos los participantes, que jugarán simultáneamente.
Todos los participantes deberán estar provistos de unos dispositivos en sus brazos, cintura y piernas, consistentes en cuchillas afiladas de unos 20 centímetros de largo y con el filo dispuesto hacia delante y perpendicular a los lugares en donde estén ubicados. En el pecho se colocará una punta del mismo largo, de manera que mantengan distancia y no se adelanten de su casillero.
Así, cuando todos los participantes se encuentren dentro del tablero, habrán tres filas y cuando empiecen a moverse según las reglas establecidas, cortarán a sus adversarios con las cuchillas (que es lo único que tendrán puesto) con la única posibilidad de agacharse unos 20 centímetros de su estatura normal, y salir cuando termine el tablero. En el caso que se desmaye debido a la falta de sangre, el juego se parará para sacar al perdedor, ya que sólo se puede jugar parado, porque hay que ocupar nada más que un casillero. Cuando un participante haya sido descalificado, todos se correrán para llenar el casillero vacante. Pasarán varias veces por el tablero hasta que salga el ganador, y cambiando el orden de manera aleatoria, según ordene el árbitro de acuerdo a las lesiones.
Ganará el juego el que quede parado en el tablero y además el que haya conservado el 80% del volumen total de su sangre (se podrá perder sólo un litro de sangre para ganar).
Durante el juego no se podrá emitir ningún tipo de gesticulación ni sonido, ya sea por dolor o para ejercer algún tipo de coacción psicológica sobre sus oponentes, so pena de cometer un foul técnico, cuyo castigo es la comisión de severos orificios en la arteria femoral con un taladro neumático, a cargo del médico oficial del partido.
El premio para el ganador consistirá en la devolución de la sangre perdida durante el juego (no antes ni después) y los cuidados médicos correspondientes a las heridas adquiridas en el juego (no se curarán las enfermedades o heridas preexistentes).
Los fluidos que queden en el receptáculo antes mencionado serán filtrados y oxigenados por maquinaria idónea a esos efectos para generar la cantidad de sangre suficiente para el ganador, que sólo será uno.
Los participantes deberán medir entre 1,5 y 1,7 metros, y pesar más de 50 kilogramos. Antes de jugar, se harán los análisis psicológicos, hematológicos, genealógicos y religiosos pertinentes a cada uno de los participantes, los que deberán ser óptimos.
Las categorías se dividirán por el tipo de sangre, por sexos y por edades (todo esto debido a las prestaciones del filtro y del purificador de sangre que, de más está decirlo, no hace milagros genéticos, es sólo un purificador y oxigenador artificial).
Ni la institución que realice este juego, ni los sponsors, ni siquiera el autor se hará responsable de la pérdida de valores, ya sea dinero, instrumentos de relojería, miembros inferiores, superiores y medios, ni tampoco por la muerte ni los gastos funerarios consecuentes.

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS ©2006.

Sergio A. Iturbe


27/01/06

5.6.08

Trece


I

La curiosidad me puede. Nada que hacerle.
Eso de tener previstas ciertas formalidades para poder actuar de manera correcta me tiene sin cuidado. Lo puede decir cualquiera que me haya rozado, cualquiera que haya sido víctima de mis deslices manifiestos, algo así como lo contrario a un pánico escénico. Quizá una desinhibición sarcástica que se dispara ante las multitudes. Odio las multitudes.
Tiene algo de masoquismo, porque soy una persona esencialmente tímida. Cuando mi propia voluntad es la que dispara tales vociferaciones de desaprobación ante una estupidez manifiesta, me descubro, para mi recurrente asombro, falto de vergüenza. Los girasoles heliotrópicos –valga la redundancia- se concentran en cierta luz autónoma generadora de ridículo: siempre se dan vuelta para verme. Siempre.
Sic semper tyrannis.

Nunca miro al auditorio, nunca lo considero ni siquiera en calidad de interlocutor: sólo me limito a hablarle al que corresponda. Pero esta vez, no.
Estaba hablando, si mal no recuerdo, de lo que representaba la inexistencia del segundo viaje de Colón, a propósito de un absurdo de no-consecución numérica en Macedonio Fernández(1). El chiste está en saltar del uno al tres sin más. No es una crítica historiográfica. Idiotas.
Me di vuelta maquinalmente, como para corroborar cierta evasión activa, como una omisión de la generalidad heliotrópica (girar en sentido de la luz racional, malditos ilustrados). Toda su cara me miraba. Sus ojos no. Ni siquiera el consuelo de los ojos fugaces que por reflejo evaden el contacto. Nada. Se hubiera dicho que nunca me había mirado.
Considerando el desborde consuetudinario de su conducta, olvidé el resto de lo que iba a decir. Me senté en un acceso de automatismo jesuita, sin dejar de mirarla. De pie. Sentados. De pie. Sentados. Código binario. Sí, no.
Zapatillas blancas sin medias, jean celeste, remera blanca con alguna estúpida inscripción en inglés mal construido invitando a la reflexión.
Hasta ahora, nada raro.
Aunque su tez contrastaba con su remera, no dejaba de ser pálida. Su rostro era más pálido aún. Diríase que nunca había tomado sol, ni siquiera por reflejo hídrico. Blanco azulado. Thánatos.
Sólo veía la mitad exacta de su cara: la otra estaba oculta cuasiherméticamente detrás de su pelo negro. Aunque la densidad capilar era la normal, aumentaba en una actitud huérfana de naturalidad justamente en la mitad derecha de su cara. Su nariz oficiaba de terminación ergonómica, yuxtapuesta al pelo que caía en línea recta hacia abajo. Ningún intersticio atentaba contra el pudor de lo desconocido. Ni siquiera la sorprendía en un movimiento brusco que hiciera que el pelo se alejara lo suficiente de su piel como para denotar el hedor de esa ausencia.
Su mirada era penitente, como si estuviera condenada a mirar lo que su respiración flagelaba en el blanco absurdo de su cuaderno de apuntes.
Era la última en llegar y la primera en irse. Siempre. Nadie la conocía, no hablaba. Sólo se sentaba con su lapicera, golpeando esporádicamente y sin ritmo la superficie eternamente cándida de la hoja. De vez en cuando miraba hacia delante, y con miedo rencoroso volvía a la actitud acostumbrada. Huía del contacto, en todos sus géneros.
Ya en el colmo de mi incertidumbre, me prometí hablarle en cuanto viera el asomo más mínimo de cambio en su rutina. Como no hubiera esperanza de esto, obvié el requisito.
Esta vez, salió quince minutos antes. Al ver esto, agarré mis libros y cuadernos, y corrí detrás de ella. Parecía correr caminando. Todo en ella era reservado, su intención parecía la invisibilidad.
“Disculpame”, casi le grité. Creo que me escuchó, porque dio un imperceptible salto, pero siguió como si no existiera. Ni ella, ni yo. Corrí y la alcancé, interceptándola y poniéndome frente a ella, cara a cara. Al frenar para no chocarme, su pelo condescendió con la inercia, rozándome con cosquillas de crema de enjuague, aunque yo estaba de frente y no sirvió de nada. El pelo volvió adonde siempre.

II

Cuando habíamos caminado dos cuadras, ya me había acostumbrado a su olor, que me repugnaba en hálitos intermitentes y concomitantes al ir y venir de la brisa que se hacía autónoma e isócrona.
A medida que nos introducíamos en el microcentro, su incomodidad iba aumentando y ponía excusas para deshacerse de mi presencia. Sus excusas no tenían la calidad de una persona esquiva, por lo que no tenían éxito debido a su inverosimilitud.
Aunque adiviné sus intenciones, me empeciné en seguirla hasta su departamento, autoinvitándome a tomar un café. Por qué no.

III

Subimos ayudados por el ascensor, provisto, salvo en lo que concierne a la puerta, de espejos posibilitados por el acero inoxidable. Piso trece. Hice una broma con la Nada y con los edificios de Estados Unidos(2). Un no-lugar.
El departamento estaba limpio (cosa que puso al descubierto su excusa) y constaba de una cocina, un baño, una habitación y un living.-comedor. Todo, menos la cocina y el baño, tenía piso de madera.

IV

Menos mirarme, lo que sea.
No tardé mucho en acomodarme en un modesto sillón de cuero negro que no condecía con el estilo más bien minimalista del departamento en su conjunto. Un minimalismo por falta de muebles, más bien. Por defecto.
Estaba anocheciendo y la insté a que apagara la luz.
Se sentó a mi lado, en silencio.
Era una invitación, más que un silencio.
No sé describir la diferencia.
Comencé a conocer su lado derecho con la boca.
El pelo, la censura, ya no era tal. Era sólo pelo.
Metí la lengua en la cuenca vacía de su ojo derecho. El párpado no conservaba su convexidad, y caía más bien como un clítoris cutáneo. Logré llegar al fondo de la cavidad: era como una boca desfasada y delimitada por labios-pestañas. Al hacer algo de presión, empecé a jugar, llevando de un lado a otro lo que sería el remanente del nervio ocular, provocándole consecutivas convulsiones que arqueaban su cuerpo y hacían rechinar los resortes del sillón.
Había una dureza en el extremo del conducto, que se fue ablandando con el movimiento, mimetizándose, pasados unos minutos, con el contexto suave y aséptico de la cavidad en general.

V

Perseveré hasta que su respiración, otrora discreta y suave, se violentó.

VI

Nunca prendimos la luz.

VII

A mitad de la noche, me levanté a buscar agua a la heladera.
Ella dormía.
Escuchaba su respiración ir y venir a través del living.

VIII

Cuando abrí la heladera, pude escuchar el silencio.

IX

La luz de la heladera la iluminó a mi lado. Estaba parada, con el pelo recogido, ostentando una simetría algo más perfecta que la del hemiocultamiento.

X

Me desperté antes de que amaneciera y me fui, sin prender la luz.

XI

No me gustan las despedidas. Nunca me gustaron.

XII

Algo me molesta en la boca: es una pestaña.

XIV

Qué asco.


Sergio A. Iturbe
11/02/08

(1) El autor se refiere a “La nada de un viaje de Colón”, cito en Papeles de Reciénvenido, de Macedonio Fernández. Todo el libro está escrito en tono humorístico, por lo que parece irrisorio que un auditorio completo se empecine en otorgarle status historiográfico. Aunque a veces…
(2) Al ser Estados Unidos un pueblo sumamente supersticioso, los edificios suelen adolecer de la falta del piso decimotercero a fin de ahuyentar la mala suerte en la construcción y éxito inherentes. Podría estar esto emparentado con la nota 1 y ser el aporte del autor a “La continuación de la Nada” de M. F.

4.6.08

La clase de Filosofía o Cómo hacer que bancos azules profieran palabras articuladas con verbos y todo.


Y allí estábamos, escuchando las especulaciones respecto a la Teoría Corpuscularista de la Materia, aplicada a la formación de los colores. Era interesante escuchar lo que retrógrados pensadores de siglos anteriores pensaban sobre cosas acerca de las cuales sólo podían hacer teorías “altamente probables”.
Veíamos los esfuerzos sobrehumanos de la profesora para explicarnos la fenomenología óptica que producía en nosotros la idea de “azul’’, ejemplificada contingentemente por los bancos que casualmente eran azules. (No, en realidad tomo al azul por ser el color que tenían los bancos). Yo, mientras tanto, me divertía pensando en la indiferencia de los pobres pupitres frente a explicaciones de esta índole teórica que poco afectaba su existencia, salvando las vibraciones provocadas por la penetrante voz de histérica, solterona y cincuentona.
Y los bancos estaban ahí, silenciosos pero imponentes como lo suelen ser las cosas difíciles de explicar.
Era raro cómo todos estaban compenetrados escuchando las hormigueantes palabras de la catedrática, aun siendo tan distantes del sentido inmanente que poseían estas criaturas azuladas.
No encontraba la relación que había entre el “color azul’’ y su definición arcaica de “disposición tal de los corpúsculos constitutivos del objeto que su apariencia es de naturaleza azulada’’.
El abismo entre la cosa a justificar y la justificación se incrementaba en proporción geométrica a medida que las palabras discurrían por sus fauces intransigentes a la falta de correlato con la realidad, al menos con la aparente.
Lo razonable hubiera sido que dichos bancos se encontraran invadidos por la paz y tranquilidad propias de los seres que no poseen conciencia; y en definitiva nada impidió que así estuvieran. Lo trágico y descabellado fue que yo no los percibiera de esta manera tan idílica, tan indolora; aunque en realidad no era descabellado que una vez más viera las cosas de forma tan desprovista de eufemismos estéticos que sería la belleza retórica y la supuesta tendencia a la socialización.
Ahora tengo que contar cómo veía a estos inocentes artefactos domésticos, aunque para expresarme mejor debería decir que son artefactos propedéuticos...
Azules; los veía extremadamente azules, no se imaginan cómo. Este ‘’azulismo exacerbado’’ me provocaba auténtico miedo, el miedo que producen las cosas que no se conocen, máxime si la causa de esta ignorancia es una falencia pedagógica…
La comprensión de lo lejos que estaban esos azules de la concepción que tienen los intelectuales de ellos me provocó pánico: después de todo son ellos los que determinan lo que los pseudo-intelectuales de biblioteca deben entender por ‘’azul’’…
Y es natural que así sea: personas empecinadas en aprender o ‘’aprehender’’ la manera complicada de decir lo que vulgarmente y sin mayores artilugios dialécticos puede llamarse ‘’azul’’.
La tragedia se hacía inminente; pero guardé silencio en pro de la justicia que se merecen los seres inanimados y privados del “aliento de la vida’’, como decían los griegos presocráticos cuando el hablar por sí era metafórico, al menos mirándolos desde este lado de la historia.
Eran demasiado azules como para que permanecieran tan pasivos frente a tamañas insolencias intelectuales y agravios de naturaleza racista (también, aunque no lo crean, es posible discriminar a las cosas azules denegándole aptitud para defenderse por sí solas).
Y así fue: se hizo justicia…
Terminó la clase y todos volvieron a sus hogares.
Al otro día la profesora preguntó:
- ¿Quedó alguna duda de la clase anterior?
- No -respondieron.
- Entonces, ¿de qué color son los bancos en que están sentados?
- Somos azules…, muy azules- respondieron al unísono.

Sergio A. Iturbe

29.5.08

Toc (Cadáver exquisito)


Al caer, la anciana podría haber rebotado en el asfalto. Alguna propiedad física hace que lo vertiginoso de la caída se apague ni bien toque el suelo.
Una mancha oscurece el pavimento.
¿Por qué se quita la vida una persona de setenta años? El inquisidor es uno de los que, como yo, vieron el espectáculo. No sé, le corresponde una voz femenina a mi derecha. Ahí viene la segunda.
Esta era voluminosa, cacheteó el suelo con su piel rellena de grasa, y quedó con media cara contra el piso, el pelo un poco largo revuelto y cubriendo la mirada con sangre. Uno de los niños notó el marrón de su corpiño descomunal, y tuvo una arcada. La madre posó su mano entre su cabello y se la restregó. Todos volvieron a mirar para arriba.
Un resabio de mujer, de la mitad del tamaño de una, bajaba precipitadamente cortando el aire. Al mismo tiempo sentí el viento en la cara y traté de imaginar la sensación. El sonido seco atrajo mi vista como un reflejo mueve a un pescado.
Parecía mirar una incongruencia: un hilo bordeaux pendía del lagrimal, la retina opaca, desarticulada de su función de mensura, contemplación del eco que todavía retumbaba en los edificios, inercia de la explosión viscosa. A manera de una sandía, retoñaba coágulos por una grieta de pelos de gelatina. Confusión. No pueden detener de sus convulsiones al que se encontraba a centímetros de la decisión –o tal vez una súplica, quién te dice-. Grita vocales, gorgoteando la mucosa del impacto. Hubiera imaginado a la muerte algo más líquida, menos concreta. Grita porque se le presenta así: densa, física, casi clínica.
Con la cuarta se dibujaron las incógnitas en nuestros rostros. La altura de donde provenían estaba oculta en lo opaco del cielo comiendo los contornos de las altas torres. Había, en algunas cejas por ejemplo, temor. Posiblemente al no encontrar parangón cirquero para la lluvia de viejas. Algún anciano podría intentar inventar el recuerdo, pero no pude divisar a ninguno en la maraña de cabezas. Tal vez habían previsto el rito y no acudieron para no sensibilizarse. Finalmente, pertenecen a esa última raza humana carente de características justamente propias a la humanidad, principalmente el sexo. Tal vez eran la siguiente parte del número.
Toc.
Se suele tomar al suicidio negativamente: niega la jovialidad, la trascendencia y hasta la concha de su puta madre (La Psicología se encarga de los presupuestos e influencias familiares). Moralina. La cara, aunque sorprendida, no sugiere desesperación.
Está bien que se reventó el cerebro, que ya no cabría en la cavidad otrora asignada. Los rasgos están desfigurados por el impacto, aunque se improvisa una fatalidad trágica en sus intenciones. “Ya no le quedaba nada por hacer”, proponen.
Es lo que hacen cuando no quieren estorbar: ruido.
Toc.
E incluso la escena iba mereciendo los aplausos. El área de unos tres metros cuadrados donde iban quedando depositados los restos iba adquiriendo tonalidades insospechadas. Hasta las caídas, indefinidas en número, diferentes en intensidad, una muerte particular para cada anciana, un fondo que más de fuegos artificiales era de explosiones orgánicas. Seco el sonido a hueso pulverizado y a riñón estacado por costilla: Toc. Húmeda mi sonrisa, y la inconmensurabilidad de la escena.
Yacían depositados cuerpos como para merecer ser ubicados en categorías como docenas. Un semicírculo de gente rígida los rodeaba a prudencial distancia, evitando los más curiosos los eventuales salpicones de fluidos. Cada tres o cuatro suicidios, algún escéptico se apartaba imaginando una nueva estrategia publicitaria, pretendiendo arcadas o consultando el reloj.
La cuestión terminó cuando me vi arrojado al vacío por mi propia fuerza, convencido de los efectos homeopáticos del aire de un décimo piso.
Llega un punto en que no se nota la diferencia entre el sabor de la vereda y el del viento.
Toc.

(Escrito por Germán A. Díaz y Sergio A. Iturbe
el 21/12/07 en los talleres gráficos de la Habitación de la
Entropía).

23.5.08

Poesía callejera

vos no
así no
porque no
ya no
no y basta

20.5.08

Prestaciones de un Nokia 1100


Dramatis personae.
Ciudadano.
Paria.

[Son como las cinco de la mañana. Ciudadano viene bajando por una calle desolada. Por detrás viene Paria, que hiede a alcohol y a Poxi-ran (con tolueno). Alcanza a Ciudadano y le cruza el brazo por el cuello.]

Paria. -Dame el celular, pedazo de mierda. Dámelo o te quemo.
Ciudadano. -Pará, loco, tranquilizate. Es un Nokia 1100. No me lo vas a robar...
Paria. -¿Eso a vos qué puta te importa? Te dije que me lo des.
Ciudadano. -Bueno, tomá, pero soltame.

[Paria lo suelta, después de lo cual Ciudadano le da el celular. Paria intenta prender la linterna (apretando la "C", obviamente). Forcejea como pretendiendo que funcione de acuerdo a su voluntad. La luz nunca se prende.]

Ciudadano. -No, la linterna no anda. Me lo vendieron con la luz quemada.
Paria. -La concha de tu puta madre... lo que me faltaba.

[Revienta el celular contra el asfalto. Corre hasta una plaza, de las que tienen banquitos y, sentándose en uno de ellos, llora desconsoladamente. Se prende la intermitencia del alumbrado público. Para de llorar. Mira la luz maquinalmente. Sonríe. Escupe el chicle que masticó toda la noche y tantea el piso una y otra vez, hasta que amanece. El alumbrado público se apaga. Se vuelve a sentar en el mismo banco. Vuelve a llorar.]

Telón final.

Sergio A. Iturbe
20/05/08

18.5.08

El hedor del infierno (Fragmento de "Retrato del artista adolescente" de James Joyce)


El mismo aire de este mundo, este puro elemento, se hace hediondo e irrespirable si ha estado cerrado por largo tiempo. Considerad cuál no será la hediondez del aire del infierno. Imaginad un cadáver que hubiera estado yaciendo en su tumba, pudriéndose y descomponiéndose, hasta llegar a ser una masa gelatinosa de líquida corrupción. Imaginad este cadáver pasto de las llamas, devorado por el fuego de la hirviente piedra azufre de modo que exhale densas y sofocantes humaredas de nauseabunda descomposición. Y luego, imaginad este pestífero olor multiplicado un millón de veces y un millón de veces de nuevo por los millones y millones de fétidas carroñas amontonadas en la humeante oscuridad, como un hongo monstruoso de podredumbre humana. Imaginad todo esto y podréis llegar a tener cierta idea del horroroso hedor del infierno.